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Está cambiando el tiempo, se calman los vientos helados, los días ya no amanecen pintados de gris y el sol se abre camino entre las nubes para calentar la tierra. Es uno de esos días en los que apetece conducir. Una buena canción en la radio, algo fresco y alegre, rítmico, que invite a cantar a gritos como un loco, abrir la ventanilla y respirar el aire de primavera perfumado de flores y olor a tierra mojada. Miro la carretera que humea vapor a través de mis RayBan de mercadillo, me gusta conducir a esta hora, cuando amanece, cuando muere la noche y el sol asoma tímido y colorado por el horizonte, cuando se ocultan los malos y la gente de bien sale a trabajar con cara de sueño y recién duchados.

Este es el último creo, cierro la noche. Ha sido un largo turno pero ha acabado bastante bien, no ha muerto ninguno en el trayecto. La sirena ruge alocada anunciando nuestra presencia, las ruedas chillan en cada curva, el camino está despejado, todavía no es hora punta, no hay casi tráfico, esto en una hora será un hervidero de gente llevando a los niños al colegio o acudiendo a sus puestos de trabajo. Ellos empiezan y yo termino. Me tomaré una buena cerveza en el bar que hay enfrente del hospital antes de ir a casa, me gusta ese momento porque coincide con el cambio de turno de las enfermeras.

El hombre que llevamos no parece estar muy mal, es anciano, pero estaba consciente al menos. Odio cuando sangran, las cuchilladas, los disparos, las peleas, odio la sangre, deja la ambulancia hecha una mierda y ¿a quien le toca limpiarla luego? pues a mi.

Acelero, tengo toda la avenida para mi, en el horizonte puedo ver la fachada del hospital. No sé si tiene turno Lucía hoy, espero que si, creo que esa mujer y yo tenemos un café pendiente como dice el anuncio.

Lo bueno de conducir la ambulancia con las luces y sirenas cantando es que todos los cruces son tuyos, a pesar que los semáforos estén cerrados, lo malo es que hay gente que anda pensando en sus cosas con sus cascos y la música a tope y dan por supuesto que un semáforo en rojo no les va a matar. Odio la sangre, sobre todo en mi parabrisas.

Autor: Ignacio Chavarría

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Ignacio Chavarria

7 comentarios en “Vía libre”

  1. Ay la ostia…
    cuándo escribiste esto, Nacho? jajajjajaja porque vamos!!! Ni a posta!! ya entiendo la sincronía de las imágenes!
    waaaa…

  2. Pues es precioso, sí!! Es un regalo la inspiración mutua y es una cadena…
    de hecho tuve una idea cuando vi la imagen de este mes, para este reto, aunque no sé si sería viable… ya te la comentaré… de momento voy a ver si puedo promocionar y divulgar los retos por ese gran loverhater que es twitter, jeje

  3. Lo malo de esto es que se averíe el motor al furgón-ambulancia en pleno trayecto; enronces, adiós relax de tráfico, adiós a la música y adiós al “café pendiente” con Lucía

    (Joder, Nacho, ¿dónde están los emoticonos en Literanoicos) Si no pongo el mío “sagrado” de sonrisa al final de mis escritos, parece que no he escrito nada)

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