Los niños del fuego

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Una de las pocas cosas útiles que he aprendido en mi vida es que, la mayoría de las veces, uno es demasiado pequeño para todo lo que ve, para todo lo que vive, para todo lo que siente. ¿Puedes entenderme? La intensidad nunca se destruye. Y creo que, si hoy necesito escribir, es sólo por eso: porque lo único que puedo hacer para tolerar esa intensidad, para soportarla, es transformarla. Dejar que salga de mí sin hacer daño verdadero a nadie.

Escribir es dar libertad a todo aquello que no podemos contener. En ocasiones, el único refugio posible vive entre el verbo y el silencio. La palabra es el lugar inmaterial donde la paz es cierta… cuando elegimos hablar. O cuando podemos.

Siempre pienso en los Niños de Fuego. Soy enfermera, y por tanto soy capaz de pensar en muchas personas todos los días, tantas que yo misma me sorprendo. Nunca querría olvidarlas. Ojalá pudiera aliviar la carga de cada uno de ellos, pero otra de las cosas que uno aprende es que el sufrimiento de alguien no se disuelve solo porque tú te acerques y quieras compartirlo.

Conocí a los Niños de Fuego en un presunto centro de acogida donde trabajaba. Recuerdo a cada uno de ellos con precisión asombrosa a pesar del tiempo que ha pasado; sus caras, sus voces, y cómo estar con ellos (su presencia) se sentía. Y sin embargo ahora, mientras tecleo, realmente no sé si seré capaz de escribir sobre ellos.

 A veces uno es demasiado poco; demasiado frágil y pequeño para todo lo que ve, oye, recibe y da. A veces la intensidad es demasiada hasta para dejarla salir. Sé que es absurdo pero, en la fantasía, uno teme que la intensidad le quiebre y le destruya… otra vez. Ese miedo es muy real, igual que lo son todas las memorias.

Niños, lo siento mucho. Siento que el tiempo que pasé con vosotros fue muy poco. En el fondo de mí, sabía que me necesitabais… y es estúpido quizá suponer que otros te necesitan, pero seguro es aún más estúpido suponer que no. Todos necesitamos a alguien, o algo de alguien, sobre todo cuando somos niños.

Los Niños de Fuego tenían todos menos de dieciocho años. Cuando alcanzasen la mayoría de edad, la casa de acogida dejaría de encargarse de ellos. Cuando ese momento llegara, seguirían igual de jodidos y rotos, pero con la diferencia de que ya no tendrían un techo, ni un lugar en el que estar (y del cual querer escapar), ni personas responsables alrededor que, sin llegar a ser sus amigos realmente, les recordasen las pautas de una vida “normal”. Una vez hubieran dejado legalmente de ser niños, ya nadie esperaría nada de ellos. Es irónico esto si lo piensa uno: nadie esperaría que fueran responsables de sí mismos, justo en el momento en que la ley estimaba que lo podían ser.

La vida de esos niños había drenado en este desagüe de carroña (esto se ajusta más a la realidad que el término “casa de acogida”, y no digamos “hogar”), porque todos ellos procedían de lo que higiénicamente llamamos “entornos disfuncionales”. Un entorno disfuncional significaba, para estos niños, que o bien su familia no se podía hacer cargo de ellos, o bien no tenían a nadie, o a lo peor no había persona que quisiera o supiera quererles. Directa o indirectamente, la causa de su situación era la ausencia de amor o el amor tergiversado. No es de extrañar; esa es la causa oscura de muerte en nuestro reino interior siempre que en verdad nos sentimos desgraciados, abandonados, desamparados y solos.

Aparte del dolor emocional, algunos de estos niños también estaban enfermos física y/o mentalmente.

Alex tenía diecisiete años. Era diabético, insulinodependiente. El hecho de que tuviera que venir a la enfermería a que yo le pinchase la dosis de insulina, a diario, fue clave para que pudiera acercarme más a él.

Solían llamar muy a menudo del instituto al que iba, ya fuera para notificar faltas de asistencia como por fracaso en las notas o conducta inaceptable. Le expulsaban habitualmente de forma temporal porque tenía crisis de ira incontrolables, fumaba en los pasillos, insultaba y amenazaba a los profesores, se pegaba con los compañeros. ¿Cómo te digo yo ahora que siempre supe, de verdad, de corazón y a ciencia cierta, que era un niño bueno? Por encima de todo juicio que implique el bien o el mal, tenía un fondo increíble y muy fácil de ver en su transparencia. Y yo le entendía. No iba a aplaudir su conducta, pero le entendía. Resulta que, si desde que eres pequeño han sobrepasado los límites más básicos para abusar de ti, pues tenía gracia que de pronto te exigieran que tuvieras límites tú mismo, ¿verdad? Se han propasado contigo durante más de la mitad de tu vida, y después de eso eres tú quien tiene que adaptarse al mundo. Te han hecho más daño del que literalmente puedes poner en palabras, y se espera de ti que acates normas y que vivas “como un niño normal”. Se espera de ti que respetes la autoridad, cuando a ti la autoridad jamás te ha respetado hasta ahora. Y a tu alrededor se limitan a condenarte por tus reacciones, porque a nadie se le ha ocurrido nunca que tal vez necesites una mínima indemnización emocional. Pues no, no tiene sentido. Claro que no. 

Con Alex fui una mala enfermera. Fumaba cigarros con él detrás del polideportivo cuando acompañábamos a Cristian a clases de natación. Decía tacos sin cortarme un pelo en su presencia, sólo para hablar su mismo idioma, porque yo quería adaptarme a él y que por una vez él no tuviera que adaptarse a nadie.

Me cogió mucho cariño, y yo a él, pero eso no arregló nada. O al menos no ayudó demasiado. Es duro que el cariño no siempre ayuda, pero es verdad. Había una señora rica que daba dinero a la asociación propietaria de esta casa de acogida; no recuerdo el nombre de ella, pero tenía querencia por Alex. Era buena persona esta señora, y seguramente tenía buena intención, pero Alex quedó destrozado. Te cuento por qué. Esta mujer solía venir a llevárselo todos los sábados al cine, o al burger, o a donde fuera. Alex tenía, en su fuero interno, la esperanza de que ella hiciera esto porque eventualmente pediría custodia y se quedaría con él. Pensaba que esta señora iba a adoptarle, pero ella era bastante mayor y nunca dio señales de querer hacer eso, es decir, ella no tenía la menor intención de ser una madre a tiempo completo para él. Y Alex tuvo que pasar el trago de darse cuenta de esto y aceptarlo.

Cuando digo que la casa de acogida era lo menos parecido a un hogar es por razones. Si Alex tenía alguna crisis de ira en la casa, le contenían a la fuerza y le encerraban en una habitación del tamaño de una cabina telefónica de las de antes, oscura, sin ventana alguna, a la que los mandamases ahí tenían el cuajo de llamar “Sala de Reflexión”. “Sala”. Por protocolo, ni los educadores ni yo podíamos hablarle desde el otro lado de la puerta cerrada cuando estaba ahí. No podíamos ni siquiera decirle: “Alex, respira, intenta tranquilizarte porque si no lo haces nadie te va a sacar”. Es cierto que Alex se ponía muy violento durante las crisis de ira que sufría, porque evidentemente no sabía canalizar el dolor de otra forma. Pero allí no había personal especializado; sólo estábamos un equipo joven que éramos los educadores y yo (la enfermera); no había psicólogos ni psiquiatras, sólo personas que habían estudiado magisterio, pedagogía, terapia ocupacional o educación social. Un educador reconduce a una persona o lo intenta, pero no está necesariamente cualificado para guiar a alguien en las raíces profundas de su dolor. Un educador, lo que hace en la mayoría de casos es poner límites saludables para resolver conflictos. Y claro, esto es vital para que una persona no se destruya, pero volvemos a lo mismo: “por qué voy a encajar yo límites impuestos, si nadie ha tenido límites conmigo”. “Por qué tengo yo que aprender a comportarme ahora porque tú lo digas, cuando conmigo nadie lo hizo”. Entendía y entiendo su ira, pero qué podía hacer. Los cimientos y los métodos de aquella asociación eran un fracaso desde el inicio. Viendo lo que ocurría, era fácil para uno comprender por qué esa casa nunca sería el lugar correcto para rehabilitar a nadie… y sin embargo ya ves, ahí estaba yo. Qué estúpida.

Trabajé en aquella casa maldita seis meses y luego me marché. No pude más. Estoy en el saco de todas las personas que fallaron a Alex y a los demás niños.

A las pocas semanas de haber salido de allí, tenía un mensaje en el contestador del teléfono fijo de mi casa. Nunca oigo los mensajes a tiempo porque me da terror el contestador automático, tampoco viene al caso que ahora me ponga a contarte por qué; el caso es que ese mensaje lo escuché tarde, no fue una excepción en eso, igual que todos los demás mensajes que no eran importantes. Se trataba de Alex, invitándome de viva voz a su decimoctavo cumpleaños, diciéndome que me echaba de menos y que siempre iba a ser bien recibida por él si quería volver a verle.

Una vez, trabajando allí, escuché que le decía a otro chico de la casa: “Tranquilo, con Reyes puedes hablar. Ella es como nosotros”. ¿Te das cuenta de lo cierto que era esto, y de lo peligroso que podía volverse para él…? No creo que la idea que él tenía de mí le haya ayudado. Y, joder, tampoco el vínculo que trazamos.

¿Los vínculos ayudan siempre? No lo sé. Es la primera vez que me lo pregunto.

Aquellos días, a pesar de yo ser igual de pequeña que siempre, mi tristeza era inconmensurable. Pero si yo seguía ahí, en aquella casa, era porque sabía que mi tristeza nunca fue lo importante a la hora de la verdad. Y era imposible hacer algo si me dejaba devorar por ella.

Seguramente, si hubiera ido allí a trabajar con la edad que tengo ahora (y no con veintipico como en esos tiempos), habría actuado de forma distinta con mis propias emociones, fundamentalmente con la tristeza y con el miedo. Se las habría mostrado a Alex y a los otros niños, sin esconderlas, solo para decirles que yo también las tenía. Para decirles que se puede ser humano sin avergonzarse, que no existen sentimientos malos, y que sentir emociones no tiene por qué conllevar ser arrastrado por ellas. Pero en esos tiempos yo tenía la certeza de que mostrarme era lo que menos iba a ayudar, lo cual fue un gran error por mi parte. Y sabes, he aceptado que no puedo volver al pasado para rectificar, pero todos los días me acuerdo de Alex, de Cristian, de Borja, de Emilio, de Joel, de Fei, de Nerea.

Cristian tenía doce años. Era el niño con quien me habían “emparejado” en la casa, porque dentro de que todos los adultos nos hacíamos cargo de todos los niños, a cada uno de nosotros nos asignaban un niño en especial o dos. Una especie de tutoreo personalizado.

La madre de Cristian tenía un retraso mental lo bastante grave para ser una persona dependiente. Ella no podía darle a su hijo los cuidados que necesitaba, y por eso Cristian estaba en esa casa. Cómo fue engendrado este niño puedes imaginarlo. Sí, la peor posibilidad que estás pensando, eso fue lo que pasó.

Cristian no había sido ni mucho menos un niño buscado ni deseado. Ni su propia madre sabía quién era su padre. Ella le transmitió su condición cognitiva por vía genética y, además, por su parte, Cris tenía trastorno de hiperactividad. Estaba muy medicado.

De él te puedo decir que era un cielo de niño, y a la vez muy complicado para mí. Era difícil el día a día con él; me resultaba agotador porque tenía que reconducirle todo el tiempo. Las tareas diarias, o lo que llamamos órdenes sencillas, eran imposibles de cumplir y de seguir para él. Con esto me refiero a que si le decías, por ejemplo: “Cris, lávate los dientes y ven al cuarto a hacer los deberes”, él no llegaba a hacerlo porque literalmente se dispersaba por el camino, se perdía en el baño, se quedaba con la atención colgada en cualquier otra parte y tenías que ir a buscarle. Si le pedías más de dos cosas seguidas (“Cris, hay que recoger los rotuladores, lavarse las manos, secarse bien y bajar a comer), el pobre te miraba colapsado porque su cabeza había hecho cortocircuito. Y había que incentivarle a hacer cosas, porque era importante fomentar su independencia en lo posible. Yo tenía la sensación de estar en lucha contínua con el pobrecito, y siempre me aterraba desesperarme y perder la paciencia con él. Al fin y al cabo, yo no estaba formada pedagógicamente, y menos para atender a un niño con una situación tan concreta.

Cris asistía al colegio público cada día. Daba clases con niños que estaban un par de cursos por debajo de su edad, sin recibir atención específica para sus necesidades especiales. Traía deberes como lo habitual en cualquier niño, y odiaba hacerlos. Resolver una multiplicación grande le tomaba unas dos horas entre que iba y volvía dentro de su cabeza, y si volvía era porque alguien (normalmente yo) hacía lo posible por traerle. El día a día era complicado para mí, pero sobre todo era muy estresante para él en algunos tramos. Sin embargo, casi de coña descubrí algo que le fascinaba y le motivaba de verdad: las historias. Tanto contarlas como escucharlas. Tenía una preciosa y desbordante imaginación, y me dejó entrar sin dudarlo en su paracosmos particular.

Descubrí esto porque Cris era un niño de salud frágil, lo cual significaba que yo, al ser su tutora asignada, tenía que acompañarle a muchas revisiones. Siempre tenía cita con el pediatra, con el psicólogo infantil, con el oftalmólogo o con el dentista… aparte de las clases de natación en el polideportivo, a las que solía llevarme a Alex también. Entonces, por el camino que recorríamos a pie, en transporte público o en mi coche, practicábamos un juego increíble: uno de los dos empezaba una historia, y el otro la seguía, y luego el primero retomaba, y el otro volvía a continuar. Y así pasábamos los trayectos, con historias eternas que se ramificaban de mil formas. Era impresionante. No podía llevar a cabo más de dos tareas sencillas, y sin embargo en las historias no se le escapaba detalle. Le exploré en ese sentido y comprobé que las seguía perfectamente; de hecho, cuanto más florida fuera la historia y más extraños personajes tuviera, mejor. Le llamaba la atención de manera poderosa. Le apasionaba. Si te inventabas un argumento sin pies ni cabeza (no sé, un vampiro llorón que lavaba las sábanas sucias de un fantasma devorador de estrellas llamado Josete), para él tenía todo el sentido; le sacaba cuerda a lo que fuera y para mí no suponía ningún esfuerzo. Yo amaba ese juego porque le veía disfrutar de verdad: tenías que verle cómo gesticulaba, cómo se emocionaba;  si te descuidabas iba como un torpedo por la calle sólo por recrear los movimientos de los personajes mientras caminaba. ¡Había que tener mucho ojo y atraparle en los semáforos, porque era un peligro al cruzar! Se notaba que despegaba, que simplemente dejaba de estar en la tierra y de ver por dónde andaba mientras vivía cada historia.

Me di cuenta de que a través de ese juego podía llegar a él y acceder a compartimentos secretos. A cosas que él sentía, que le incomodaban o que necesitaba.

Nunca imaginé que ser escritora sin manos (constructora de historias con él) fuera mi mayor fortaleza situacional, la llave maestra que me permitiría acceder a la concentración de Cris, pero sin duda lo fue. Me dije que podría intentar deslizar este juego entre las obligaciones y las actividades diarias para facilitarle las cosas; no siempre funcionaba, pero a veces sí. Quizá no era lo más profesional por mi parte o lo más correcto, pero a él le hacía sonreír, y para mí era un camino. Ten en cuenta que en este “hogar de acogida” tampoco había mucho más entretenimiento al alcance de los niños: a lo más te encontrabas un par de libros ilustrados y un parchís en estado lamentable, y en la sala de estar una televisión, cuyo uso estaba restringido para ocasiones especiales, y un aparato de DVD con una única película: “El Zorro”. No te haces idea de la ilusión con la que todos, todos los niños sin excepción, veían esa misma película una vez por semana. Y claro, que en esta asociación (presidida por aristócratas, por cierto) no tuvieran más que una película cochambrosa no se debía a la falta de donaciones, por supuesto. Para los directivos no se trataba de desempeño profesional nuestra labor, sino de caridad, y lo más terrible es que la caridad era un negocio.

El primer niño que conocí cuando empecé a trabajar allí fue Borja, de quince años. Fue el primero que conocí no porque me abriera la puerta de la casa ni nada por el estilo, sino porque se había fugado y me metieron en una de las patrullas de búsqueda para encontrarle. Según me explicó un compañero educador social, se escapaba de vez en cuando, coincidiendo las fugas con brotes psicóticos que sufría. Era un chaval tremendamente inteligente; seguía los pasos de sus cuidadores, les conocía al milímetro y sabía aprovechar el mínimo descuido para salir de la casa.

Borja era un niño bello y delicado como muñeco de porcelana. Al mirarle, jamás te imaginarías el entorno marginal del que procedía, ni que había terminado en el hogar de acogida porque su madre era heroinómana. Ella se había pinchado durante la mitad del tiempo que duró su embarazo, y la otra mitad la pasó retorciéndose en la cama por el síndrome de abstinencia. Su pareja —el padre de Borja— quiso ayudarla a desengancharse cuando estaba embarazada; el hombre hizo esto con la mejor voluntad y por su hijo, pero claro, en la medida de sus posibilidades, es decir, aplicando el método de desintoxicación casera: impedir que su mujer volviera a consumir y punto. Encerrarla y amarrarla al colchón para que no fuera a buscar jaco, todo a pelo y sin ningún control médico. Así que, bien por la presencia o por la ausencia de la droga, Borja tuvo sufrimiento fetal durante los siete meses que pasó en el vientre materno. Después de nacer él, su madre se desenganchó de la heroína finalmente, pero su padre, que había sido adicto años antes, recayó. Al final, la tutela del menor fue cedida a la Comunidad de Madrid, y la guardia y custodia a la asociación propietaria del hogar donde yo trabajaba.

En mi primer día de trabajo, finalmente encontramos a Borja en las inmediaciones de un edificio en obras. Bajamos del coche y él echó a correr en dirección contraria, girándose hacia nosotros solo para arrojarnos piedras, ladrillos y cascotes. Hubo que meterle a la fuerza en el vehículo para llevarle al centro de vuelta; estaba fuera de sí, emprendiéndola a patadas y a puñetazos con todas sus fuerzas porque no quería volver. Al día siguiente me dijo, con una corrección y serenidad asombrosa: “Hola, Reyes, soy Borja. Encantado de conocerte. Siento mucho lo que pasó ayer, yo no soy así”. Y me dio un abrazo, y luego otro y otro. Mi compañero me dijo entonces que lo de los abrazos era algo que él solía hacer con el personal nuevo, no realmente por cariño sino para medir la fuerza que tenías (y tu capacidad potencial de contenerle).

Este niño estaba en seguimiento psiquiátrico una vez cada dos semanas, aunque su doctora no nos había facilitado pautas para actuar con él en el día a día. Recuerdo que se ponía especialmente contento cuando llegaba la tarde de ver el DVD de El Zorro. Era un niño que podía llegar a darte miedo porque bajo su rostro angelical parecía capaz de todo, pero a la vez muy inocente. No hay día que no le recuerde. Salvo vigilar que tomara regularmente su medicación, realmente no hice nada por él. No supe. Le tenía miedo.

De todas las historias vividas por los niños que habitaban ese hogar, la que más me sobrecogía, sin embargo, era la de Fei. Fei era una niña china que había sido rescatada de una mafia de trata infantil para turismo sexual. La trajeron a España cuando tenía doce años, y la adoptó una mujer mayor que vivía sola.

Durante los primeros años que vivió en España, Fei se desnudaba en los parques para que cualquiera que pasara por allí la tocase. A sus doce-trece años, buscaba abiertamente sexo con hombres mayores, de forma compulsiva. Supongo que la realidad que vivió desde muy pequeña le resultó tan insoportable, y a la vez la tenía tan integrada, que terminó desarrollando un modo contrafóbico del lado del placer para digerir su nueva vida. Pero quién soy yo para suponer nada. Fuera como fuese, la mujer que la adoptó no supo sobrellevar esta conducta, y puso su caso en manos de servicios sociales.

En la casa de acogida, Fei era una niña ejemplar. Jamás entraba en conflicto con nadie y ayudaba en todo. Por supuesto, no podía ir sola y sin supervisión a ningún sitio, pero ni siquiera protestaba por esto. Hoy me horroriza pensar que quizás ella aceptaba las circunstancias actuales como consecuencia de haber hecho algo mal… como quien asume sin quejarse el castigo que cree merecer, ¿me comprendes? El castigo de la falta de libertad.

Podría estar hablando páginas y páginas sobre los niños devorados por el fuego. Pero ya, hoy, no puedo escribir más. No puedo, porque nada de esto es ficción, porque en verdad los conocí. Y la cercanía de su recuerdo es demasiado fuerte, demasiado viva a pesar del paso del tiempo. Todos los días me pregunto qué habrá sido de ellos, cómo estarán. La intensidad jamás se destruye, y el único refugio vive a veces entre el verbo y el silencio.

Gracias por estar al otro lado. Probablemente necesite seguir escribiendo sobre esto en otra ocasión.


Autor: Reyes

Sobre el autor

Reyes

3 comentarios en “Los niños del fuego”

  1. No creo que nadie esté preparado para tratar con lo que hayan vivido ni las herencias que tengan estos críos. Seguramente hay protocolos, estudios, rutinas, medicación, … pero ¿Quién te prepara para ahondar en los cuentos de un niño o enfrentarte a un menor que te abraza para medir tu fuerza? Rompemos ángeles y luego queremos arreglarles con tiritas. Me ha encantado tu relato, la dureza al presentar las cosa como son y sobre todo la verdad que hay en lo que cuentas. Hay algunas joyas en literanoicos Reyes y esta es una. Un placer tenerte aquí compartiendo esta pasión de contar historias para despertar almas.

    1. Nacho, gracias a ti por aceptar aquí lo que te envío siempre <3. Literanoicos es muy especial para mí, y tú lo has creado: Gracias. En verdad significa mucho este lugar para mí.
      Esto es que es como un grifo que se abre y da un poco de miedo por el caudal (tipo vértigo: "puedo decir tantas cosas", "y si nunca se cierra el grifo???"). Es mi miedo de siempre, nunca parar. Y tú entiendes, yo sé, que cuando se trata de escribir "nunca parar" es bueno. Aunque luego uno no publique, da igual.
      Gracias porque estoy aprendiendo sobre mí también. Soy puro entusiasmo no importa el sentimiento motor. En ese sentido es como si me creyera invencible cual príncipe de Eternia xd, porque nada me paraliza. Estoy pudiendo hablar de muchas cosas gracias a que se las cuento a Morgan primero y luego Literanoicos existe; "gracias" se queda corto.

  2. Sin embargo, tus profundos sentimientos hacia los demás se ven y casi se palpan. Son bagajes tuyos que sólo se quedan para ti, que, aunque quieras compartirlos, o no aciertas a transmitirlos adecuadamente, o no te atreves a hacerlo por temor a no ser comprendidos. Consecuentemente se agranda tu pesar. Pero si tus experiencias las vas almacenado sin compartirlas con nadie, casi que no te sirven de nada; las buenas, con el tiempo se van olvidando, y las malas se pudren o te queman por dentro.
    🙂

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