La llamada misteriosa

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Y se Dejó Llevar por ese Impulso Irracional
Era un sueño persistente que se repetía una y otra vez a lo largo de su vida, hasta convertirse en una pesadilla. Esa obsesión fue más allá de la razón, y ya no pudo más, ya que siguió ese impulso irracional… ¡Esa fue su perdición, ya que al final perdió la vida!

—¡Araceli, Araceli, contesta, contesta…!

Aquél viejo teléfono rojo, de disco giratorio y de rosca, repiqueteaba con un timbre aturdidor, mientras que ella lo miraba horrorizada, a la vez que retrocedía. La voz cada vez se hacía más insistente.
Se incorporó de súbito de la cama, en un despertar muy alterado. Las gotas de sudor bañaban su frente y su corazón latía aceleradamente. Otra vez ese sueño tan irracional se había presentado, interrumpiendo su descanso.
Muy nerviosa, Araceli trató de recuperar el aliento. Su corazón anhelaba abandonar esa casa, pero era la herencia que le habían dejado sus padres. Con su modesto salario no tenía recursos para alquilar un apartamento.
El abuelo, ya fallecido hacía años, había dejado un viejo teléfono rojo, del cual se decían muchas cosas malévolas, y los padres de Araceli lo dejaron encerrado en la buhardilla, en aquel ático abandonado de la casa.
Entre cacharros, trebejos y cachivaches polvorientos, ese teléfono tenía más de treinta años. En la puerta habían tres cerraduras con candados de combinación y cadenas. ¡Y no era para menos! Se decía que ese teléfono estaba maldito!
Se rumoraba que por medio de él, don Mauro hizo un pacto con el diablo, y que muy pronto el maligno, después de haberle cumplido todos sus deseos, le cobró factura, y por ello amaneció muerto, de causas inexplicables.
Fue una muerte irracional, ya que el hombre estaba más sano que un toro, a pesar de su avanzada edad. Los padres de la chica cerró la buhardilla y nunca le explicaron la razón a la curiosa muchacha.
Pero le prohibieron estrictamente que abriera el ático. Por más que ella quiso investigar por qué, no tuvo respuesta ante tan irracional decisión de sus progenitores.
Araceli creció hasta que se convirtió en una joven muy trabajadora. En el día daba clases en una escuela, pero en las noches comenzaba su calvario. Mientras vivían sus padres, sus pesadillas fueron pocas y espaciadas.
En sus sueños, el teléfono sonaba y oía la voz de su abuelo que le decía: ‘¡Contesta, contesta…!’.
Pero desde que fallecieron en aquel nefasto accidente automovilístico apenas hace dos años y heredó la casa, estas pesadillas se incrementaron hasta repetirse diariamente.
Araceli sabía que detrás de esas cadenas y candados se encontraba la respuesta a su irracional obsesión por saber qué había ahí dentro. Solo intuía que un teléfono podría ser el causante de todas sus pesadillas.
Una noche ya no pudo más. Forzando las cerraduras, las cuales cedieron bajo los golpes de un mazo, ella quitó las cadenas, pero antes de abrir la puerta, se fue la luz.
El viento rugía entre las ramas desnudas de los árboles, azotando las ventanas del ático con una furia inclemente. En ese momento se desató una tormenta. La lluvia golpeaba con insistencia, en un ritmo frenético y los aullidos del viento.
Bajó a tientas para ir por una lámpara, cuando de pronto sus pies resbalaron y rodó escaleras abajo, perdiendo el conocimiento.
En su inconsciencia se vio adentro, acurrucada en un rincón del ático, y la luz de la Luna llena alumbraba una mesa donde estaba el teléfono rojo de su abuelo. El cual sonaba insistentemente.
Estaba con las rodillas en el pecho y abrazaba sus dos piernas. Su rostro estaba pálido y un escalofrío la recorrió de pies a cabeza, mientras que la grave voz de su abuelo repitió: ‘¡Araceli, contesta, contesta…!’.
Un miedo irracional y una sensación de inquietud la atenazaba. Una presencia invisible la observaba desde las sombras. De repente, aquel teléfono saltó como si quisiera acercarse a ella.
Su corazón dio un vuelco y un grito ahogado escapó de sus labios. El silencio se apoderó del ático, solo roto por el lúgubre susurro de la voz del abuelo, que se iba apagando.
No queriendo contestar el teléfono, se levantó y corrió hacia la ventana del ático, la abrió de par en par, y desplegó unas alas, con las cuales se arrojó desde ahí para remontar el vuelo y perderse hacia donde brillaba la Luna llena.
Cubierta por la lluvia, se alejó lo más rápido que pudo, mientras que los búhos ululaban y se escuchaba el sonido de la lluvia y el viento. En la buhardilla, el teléfono no dejaba de repiquetear con insistencia.
La oscuridad era absoluta, solo iluminada por los destellos intermitentes de los relámpagos. El susurro helado del anciano atravesó el ambiente diciendo: ‘¡Araceli, has traspasado el umbral! ¡Ven, ven…!’.
La chica, dejándose llevar por el viento y con las alas rotas, escuchaba aterrada la llamada irracional que la atraía hacia la oscuridad, desafiando la tormenta, para adentrarse en lo desconocido.
Así pasó esa noche tormentosa. Al día siguiente, unos familiares la encontraron muerta a pocos pasos de la puerta de la que yacían en el suelo el mazo, las cadenas y candados. Uno de los visitantes dijo:

—¡Qué barbaridad! ¡Le dio un infarto fulminante!

Entristecidos, los familiares esperaron a que llegara el servicio forense. La puerta, ya sin nada que la contuviera, ‘invitaba’ a alguno de ellos a entrar y conocer sus secretos y sus enigmáticas e irracionales pesadillas.
Todos guardaron silencio. Uno de ellos solo alcanzó a decir:

—¿Escucharon? ¡Es el sonido de un teléfono que está llamando!…

Autor: Carlos Reséndiz

Sobre el autor

Carlos Resendiz

4 comentarios en “La llamada misteriosa”

  1. Verdaderamente, amigo, te leo y pienso que, de tener los medios, podrías hacer la mejor película de terror del mundo. Mientras leía te he “escuchado” contándome esta historia… te imaginas poderlo hacer, frente a una hoguera rollo boy scouts pero en dark.
    Pues no es tontería. Podemos ponernos serios con el hilo de los hechos sobrenaturales y sacar alguna cosita en papel…
    Siempre es un gusto leerte.

  2. Yo creo que si hacemos algo más serio de índole sobrenatural, lo haríamos aquí, en Literanoicos.
    Siento que si lo hacemos en Foro de Literatura con el tiempo todo se podría perder, si el foro desaparece.
    Piensa bien tu idea y la platicamos.

  3. ¡Joder con el puto teléfono y no menos puto abuelo! Es una ficción tan bien narrada que mientras la leía, mi teléfono móvil se estremecía. Es que todos los teléfonos, fijos y móviles, son parientes, primos hermanos o algo sí, y uno y otros se acojonan con esta clase de historias..
    ¿Y tú me decías a mí en el foro de Literatura que yo servía para hacer libretos de película? ¡Pues anda que tú!
    ¡Te ordeno tajantemente que sanes ya de tu enfermedad!
    Un abrazo, Carlos
    🙂

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