Dioses oscuros – Amari el eterno

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Ahí está, en la proa como una estatua de ébano cubierta de sal, con la vista perdida en algún misterio oscuro que solo ve él en el horizonte. No come, ni bebe. ¿Cómo lo podría hacer con la boca cosida? Sobrevive del aire y de algún odio ancestral que tiñe de rojo sus glaucos ojos. No intento hablarle, ya me dirá lo que tenga que decirme cuando sea necesario. Solo sigo su bastón que indica el rumbo, dos golpes en cubierta que resuenan como truenos en un valle desierto llaman mi atención para que corrija el timón del Sol del Norte. Su vara indica con precisión donde hay que ir, hace mucho tiempo que no consulto ningún instrumento, solo sigo su vara apuntando al sur. El frio y el viento van cesando según avanzamos, el gris que cubre los cielos del norte se torna azul y voy quitando capas de ropa a mi indumentaria. Nunca había podido imaginar que en el mundo pudiera haber más que niebla y lluvia y que un cielo azul y un sol furioso pudieran calentar tanto.

Me sigue inquietando lo que pasó hace dos días. Dormía agotado cuando el barco empezó a zarandearse violentamente, salí del camarote y me vi envuelto en agua y viento, el manto de lluvia se mezclaba con las enormes olas que nos cubrían una y otra vez, parecía que el aire se hubiera convertido en agua. Tomé el timón sin mucha esperanza, no había nada que hacer ni forma de gobernar el barco, pero el instinto es así, ante la catástrofe busca algo a lo que agarrarse para sobrevivir, y yo me agarré al timón con todas mis fuerzas. El gigante sin embargo permanecía de pie en la proa, alzando su vara al cielo, cazando los rayos que algún dios furioso nos lanzaba, absorbiendo su poder. Señaló al horizonte, blanca cómo la nieve, una roca se alzaba en el mar. Dirigí allí la nave. Al acercarnos pude ver que era poco más que una montaña, un enorme bloque de piedra blanca, un colmillo gigante de algún monstruo marino hiriendo el mar en busca del cielo abierto con una ensenada a cubierto de la tormenta. Conseguí llegar, casi un milagro, esquivando las afiladas rocas de la estrecha entrada. Capeando los golpes de viento y los empujones del mar logramos anclar el Sol del Norte en el pequeño refugio. Ante nosotros se alzaba una pared que se perdía en la tormenta, lisa y blanca cómo marfil pulido con una escala de pequeñas muescas que incitaban a trepar hacia la cumbre.

Subimos simplemente porque había que subir, me sangraban los dedos que apenas entraban en las pequeñas hendiduras y el viento parecía quererme arrancar de la pared, cómo si dos poderes jugaran con nosotros, uno incitando la escalada y otro intentando impedir que llegáramos vivos a la cima. Finalmente llegamos. La cumbre no tendría más de un kilómetro cuadrado, seguramente menos, cubierto de suave musgo pardo que cedía leve y mullido a nuestro paso parecía llevarnos hacia una pequeña construcción indudablemente hecha por la mano humana y claramente habitada a razón de la luz titilante que se veía por la ventana. La luz me hizo avanzar el paso, estaba mojado, helado, herido y agotado, ya podía habitar la casa un demonio come almas que me daba igual si me dejaba acurrucarme al lado de esa hoguera.

No era un demonio sino una pequeña mujer anciana la que nos abrió la puerta. Hubiera preferido al demonio.

  • Entrad, os estaba esperando.

Dentro el fuego ardía alegre y olía a un exquisito guiso que hizo rugir mi estomago. Algo en mi interior me avisó, era muy raro todo, la montaña, la tormenta, la escalada, esta anciana viviendo sola en esta cima desolada, que predijera nuestra llegada. Tarde, cuando atravesé el umbral el mundo se tornó negro.

África, calor y moscas, el sol está alto en el cielo del mediodía calentando inmisericorde el techo de paja y las paredes de adobe de la cabaña. En su interior las mujeres ríen y cantan alegres. Acabo de nacer. Siento las manos de mi madre, su olor, la sangre pegada en mi cuerpo, la vida. Las voces a mi alrededor me resultan familiares, escuchadas a diario tamizadas desde el acogedor vientre que acabo de abandonar. Es todo nuevo. Empiezo a distinguir movimiento, mis ojos no están todavía desarrollados así que solo son manchas que se mueven de un lado para otro a mi alrededor. Siento miedo. Lloro. El mundo explota, escucho llantos, lamentos, gritos, muerte y entiendo que soy el culpable.

Ha pasado tiempo, estoy sentado bajo una acacia junto al viejo Hakim. Me entretengo aplastando enormes hormigas con un palo mientras Hakim habla. Es muy viejo y está arrugado, intenta enseñarme. Él me cosió la boca. Cuando lloré y murieron todas esas mujeres incluida mi madre. Cuando la choza se convirtió en una bola de fuego de la que solo yo salí indemne. He escuchado la historia mil veces, la historia de cómo llegó el Ekwnesu a la aldea; cómo trasformado en una pequeña criatura indefensa nació para extender su reinado de maldad y terror. Solo Hakim me defendió, solo él, cuando los hombres llegaban con palos y cuchillos dispuestos a ejecutarme, Hakim se interpuso y les convenció. Les contó una historia antigua, quien sabe si improvisada; la profecía de un guerrero que llegaría a la aldea envuelto en fuego y que haría grandes cosas por el poblado, por su gente. Les contó que debían protegerme y que yo les protegería en el futuro con mi poder. Les dijo que lo sucedido era culpa suya por no haber visto los augurios, el cuervo blanco que rondaba la aldea, los llantos de la hienas avisando en la oscuridad, los dibujos en las noches estrelladas trazados por veloces iluminarias. Un accidente, demasiado poder en una criatura que no era consciente de tenerlo ni capaz de controlarlo. Entonces fue cuando me cosió los labios.

Soy adulto, me alzo por encima de otros guerreros que me acompañan. Noto su miedo. Ante nosotros los rostros de nuestro enemigo amenazan muerte con sus pinturas de guerra. Caras rojas y dientes afilados. Nos superan en número y sabemos de sobra que no habrá clemencia. Me gustaría que Hakim estuviera a mi lado, hace tiempo que murió dejándome solo. Nadie se acercó a la cabaña donde vivíamos. Nadie hasta esta mañana en que vinieron a solicitar mi ayuda; a llamar al gran guerrero que debe proteger la aldea. Hakim me avisó, estaba preparado.

El enemigo está frente a nosotros, sus guerreros se golpean el pecho con furia y amenazan con sus lanzas y cuchillos, avanzan lo que harán con nuestros cuerpos muertos y cómo violarán y mutilarán a nuestras mujeres e hijos. Intentan quebrar nuestros corazones, no hay mayor miedo que el que uno pueda imaginar anticipando lo que cree que pueda suceder. Desenvaino mi cuchillo y corto el tejido que cierra mis labios. Los guerreros atacan. Grito.

Han pasado unos años desde la guerra, las cenizas de nuestros enemigos abonan nuestros campos y nuestra tribu es temida, la tribu del Ekwnesu que quema cuerpos y consume almas con su voz. Las hebras del sisal cierran mis labios de nuevo. No es necesario matar de nuevo si la primera vez lo haces bien, ese día cayeron trescientos valientes guerreros consumidos por el fuego de mi grito. Lloré por ellos, pero me felicité porque no fueran de mi tribu. Desde entonces aparecen tributos en mi puerta, no veo quien los deja, solo sus pisadas. ¡Que desperdicio!, me apena ver cómo se pudre la comida y evapora el agua. Nunca he necesitado alimentar mi cuerpo, solo mi alma.

Escucho los gritos a lo lejos, en el poblado. Duran poco. Silencio. Los monos han dejado de gritar, los pájaros callan, ni tan siquiera el aire resuena entre las hojas. Pareciera que el mundo se ha parado. Camino hasta la aldea. No hay nadie, pero percibo que están todos y siento un dolor en el estómago que no presagia nada bueno. Se donde tengo que ir y lo que encontraré. Ahí están todos, una montaña de cadáveres apilados, desnudos, descuartizados, mezclados sus brazos y piernas en una orgía sangrienta y macabra, separados de sus cuerpos y cabezas, un puzle humano desnaturalizado. Mi tribu. El odio llena mi alma. ¿Quién o qué?. Corto mis ataduras y grito por tercera vez en mi vida. El fuego purifica y saca todo mi dolor. Me quedo mirando cómo arden mientras pienso en cómo encontrar al quien hizo esto. Cuando los cuerpos se consumen puedo verlo. Redondo, negro, brillante, ajeno al fuego y las cenizas, ajeno a este mundo. Me acerco, lo toco.

Abrí los ojos desconcertado, intentando volver a ser yo, la experiencia fue tan intensa y real que no lo tenía claro. A mi lado estaba el gigante Amari, ahora sabía su nombre y había vivido su historia. Tenía una de sus enormes espadas en la mano y la grotesca cabeza cortada de una especie de iguana en la otra. De la casa no había ni rastro, ni de la montaña o la tormenta. El Sol del Norte se bamboleaba plácidamente en la ensenada. Vomité. Estábamos en una playa, tal vez inducidos a las alucinaciones por alguna magia del ser que el gigante había decapitado. No me contó nada sobre el tiempo que estuve sin sentido reviviendo su vida, no había nada que contar. Subimos al barco y proseguimos el rumbo. Ahora sé lo que intenta encontrar, sé porque lo busca y sé lo que pasará cuando lo encuentre.

Dos golpes en cubierta me sacan de mis pensamientos, con el sol acariciando mi piel y la dulce brisa en mi cara me parece un mal sueño todo lo que pasó, pero sé que fue real. Miro a Amari y me parece ver una triste sonrisa en su boca cosida mientras señala al sur con su vara.

Autor: Ignacio Chavarría

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