Buscando a Peter

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La noche empieza a consumirse. Un reloj dorado colgado de una pared gris y que parece a punto de caer, marca las dos de la mañana. Sin embargo, mi reloj de mano apunta a las dos menos cinco, y yo sin saber quién de los dos me engaña. Es un sábado hecho de la misma materia que el resto de los sábados que recuerdo de esta vida mía, cada uno reflejo de cualquier otro y todos ellos ociosos e insulsos. En días como estos me siento enemiga del tiempo. Miro las baldosas del suelo, blancas y negras, que tanto me recuerdan a un tablero de ajedrez en el cual no soy más que un insignificante peón, preparado para abandonar la partida en cualquier momento, partida que, por otro lado, no sufrirá ninguna alteración con mi ausencia.

Después de tantas noches acontecidas en el mismo pub, soy capaz de predecir qué canción sucederá a cada una de las cuales aparece como vieja amiga. A mi alrededor, las mismas caras petrificadas sonríen. Yo, por mi parte, me dejo convencer para pedir la última copa de la noche. Parar nunca es una opción, yo siempre quiero algo más de diversión.

Reviso el local con la mirada y observo algunos rostros conocidos en pleno rito de apareamiento ocioso. Entonces me doy cuenta de que esta luz tenue sienta bien a cualquiera, lo cual supone un gran peligro y puede llevar a situaciones violentas en las mañanas de resaca de los domingos. Esas mañanas preferiría estar en misa, al menos una copa de vino me llevaría.

Finalmente me canso de mirar tantos rostros perpetuos que nada revelan del que a mí me interesa. Desearía poder contemplar el inmaterial, pero es invisible a los ojos. Los cristales están empañados, fuera parece hacer una tormenta de mil demonios. “La gota fría…” y así me doy cuenta de que he vuelto a malgastar otro año más. Me pongo de un humor de perros, enfadada con todo el mundo, pero, sobre todo, conmigo misma. No sé en qué momento dejé de gustarme… Y pensando en esta idea, mientras me despellejo ansiosa la piel de los dedos, aparecen mis amigos con las copas prometidas y unos chupitos imprevistos. Empiezo por el chupito. Por un momento se me desfigura el rostro y se me encoge el cuerpo. Recompuesta, continuo con la copa.

El alcohol inunda mi mirada, aromatiza un aliento mortal y dirige con torpeza cada uno de mis movimientos. Los ojos se balancean como la proa de un barco que se enfrenta a la tormenta, lo cual me provoca una terrible sensación de mareo. Intento deshacerme de ella fijando la mirada en un punto concreto. Mi objetivo es la puerta de madera del local. De repente, mi curiosidad despierta: qué sucederá antes, entrará o saldrá alguien del local. Es extraño, pero tengo el presentimiento que entrará alguien inminentemente, alguien que traiga consigo una oscura aventura. Abandono a mis amigos y me aproximo a la puerta lentamente. Sigo la llamada de mi destino.

La puerta se abre de golpe y la entrada se inunda de agua. Entra bruscamente un joven que enseguida me mira y me coge por los hombros. Me tambalea y grita desconsolado. Su mirada es la de un loco, con unos ojos de imperceptibles pupilas y tan abiertos que ocupan casi todo el rostro. Son de color verde y parecen emitir fluorescencia, resaltando sobre una piel más oscura que la noche. Enseña constantemente sus dientes blancos de esmalte de porcelana, entre los cuales destacan unos colmillos prominentes. Me asusto e intento escapar de sus manos, pero, entonces, él empieza a llorar angustiado. Se derrumba mi desconfianza y su faz dibujada por la congoja se instala, así de fácil, en mi corazón. Lo abrazo. Y él es consciente de que estoy atrapada. Mi joven loco cae al suelo mientras sus lágrimas se diluyen en el agua torrencial. Beso su mejilla húmeda y acaricio sus rizos divinos. Una voz entrecortada se abre paso entre sus temblorosos labios, aunque apenas la llego a percibir. Se acerca a mí, acortando la distancia entre nuestras pieles hasta el estrecho espacio que ocupa un grano de arena. Cierro los ojos esperando lo inevitable, no dispongo de fuerzas suficientes para ofrecer resistencia, pero entonces murmura a mis oídos “Peter, Peter, Peter…”. De repente, empieza a gritar enloquecido “¡Prometió que vendría! Peter Pan me prometió que vendría!”. Vuelve a agarrarme de los hombros y me tambalea mientras pregunta reiteradamente “¿¡Dónde está!? ¿Dónde está Peter Pan?”. De nuevo, el miedo domina mi cuerpo. Sin embargo, una luz radiante ilumina su rostro, el cual oscila indeciso entre el de un lunático y el de un beato sagrado y venerable. Me pregunto, ¿será un ángel caído o un demonio ascendido? Vacilo, pero inevitablemente vence el amor. Le cojo de la mano y abandonamos el local mientras suena el nostálgico Van Morrison. Antes de desaparecer de la escena observo a mis amigos, quienes me miran como un juez al delincuente, sentenciándome con la mirada.

Bajo la lluvia fría, le murmuro a los oídos “Encontraremos a Peter Pan”. Su mirada se calma, sonríe y, convencido como un científico del valor del empirismo o un obispo de la fe, me besa violentamente. Me lanzo al abismo y respondo a su beso con mis labios. Y mientras nuestras lenguas se enredan, mi cuerpo tiembla y mis vísceras se deshacen en cenizas. Un tempestuoso viento separa nuestras bocas y echamos a correr cogidos de la mano a través de calles torrenciales. En nuestra marcha, nos encontramos algunos callejones estrechos inundados que tenemos que atravesar a nado, esquivando contenedores, gatos ahogados y ratas que nadan con habilidad.

Cada vez hay más agua, y cada vez es más violenta. Nuestros brazos se fatigan, tan solo podemos dejarnos llevar por la corriente. Descendemos por los callejones convertidos en ríos sin separar nuestras manos. La travesía nos lleva hasta una azotea en la cual decidimos descansar. Nos echamos sobre un suelo encharcado. “Peter me comentó que vivía en una estrella próxima a la Luna” añade mi ángel caído y demente mientras contemplamos un cielo nublado que oculta todos sus astros y anuncia la condena inminente. Intento deshacerme de la premonición fatal con un beso, pero sus labios están impregnados con el sabor del fatídico desastre. No hay nada que podamos hacer frente al insuperable peso del destino. Consagramos nuestro amor y terminamos refugiados en un abrazo que ojalá hubiera sido eterno. Trato de mantenerme despierta, pero los párpados se vuelven pesados y caen sin remedio. Me pierdo en un sueño profundo.

Sin saber cuánto tiempo ha transcurrido y si permanezco en la misma noche, en la siguiente o incluso en una lejana, me despierto alarmada, con el presentimiento de que mi aventura ha llegado a su fin. Mi ángel caído está tendido al lado, mirando con unos ojos sin vida una luna clara. Tambaleo su cuerpo, pero no responde. Ahora soy yo la que chilla y llora desconsolada.

Ante mí, un chico de cabello rubio me sonríe maliciosamente. Siento el peligro en su mirada. Se aproxima a mí dando unos inquietantes brincos mientras se presenta con una voz rota: “Me llaman Peter Pan. Soy mercader de consuelo”. Extiende su mano y me ofrece un caramelo de aspecto extraño. En él se ve el Universo en miniatura. Estoy tan cansada, tan vencida, que no encuentro fuerzas suficientes para oponer resistencia. Sencillamente, cedo, extiendo la mano para recibir mi dosis de destrucción. Mientras este atraviesa mi garganta se me hiela toda la piel. De pronto, Peter ya no está, tampoco el cuerpo de mi estimado inmaculado.

Mi cuerpo empieza a convulsionar y, de repente, aparezco de nuevo en el mismo local donde acabo todos los sábados de esta vida mía, maldita y roída por la humedad del hastío. Estoy tendida en el suelo y no me puedo mover. Mis amigos, desencajados, se esfuerzan para reanimarme. Intento decirles que lo dejen estar, que no gasten ni un ápice de energía en un cuerpo muerto, pero mis palabras ya no tienen voz. Alrededor de mi cuerpo, los mismos rostros perpetuos dejan caer sus miradas sobre mi pálida figura. Miro por la ventana, que está siendo golpeada por una lluvia intensa, y me concentro en escuchar su sonido sobre todos los otros. “Maldita gota fría, al fin será la última…” y la luz tenue se apaga.

Autor: Paula Brunot

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Paula

7 comentarios en “Buscando a Peter”

  1. Excelente relato. Un loco que logra seducir a la protagonista es algo digno de contarse.
    Pero parece que todo fue producto de una alucinación alcohólica, de la cual la protagonista tardará mucho en despertar.

  2. Me ha parecido un relato magnífico. Desde el título intuí que quizá tenía que ver con Peter Pan, pero ni de coña me imaginaba que todo tomaría ese trayecto oscuro hasta el abrupto final. De alguna forma, el personaje de la chica murió y ella misma se está viendo desde fuera (no se sabe si por disociación momentánea o porque ha muerto de verdad).

    Me parece tremendamente brillante que tu Peter Pan se defina a sí mismo como mercader de consuelo, y por supuesto entiendo bien (ay) lo que esto significa, por lo menos para mí. El caramelo te lleva a perderte en el universo anhelado y ficticio para soltar (perder, perderte) definitivamente el control. Has dado en la diana de una gran necesidad, debilidad-fortaleza humana.

    Me encantó la profundidad kamikaze entre líneas. Además, está muy bellamente escrito.

    Gracias.

    1. Muchas gracias, Reyes!! No sé si merezco tus palabras, pero, como bien dices, qué necesario es a veces perder todo el control y dejarse caer, aunque no sepamos a dónde ni si podremos regresar… Saludos!

  3. No había visto que estaba también en Literanoicos el relato y lo he vuelto a releer, teniéndote que informar que no pierde ese toque onírico que me despertó en la primera lectura y que tanto me gustó.

    Felicidades por el relato y un saludo Paula…

  4. Paula, leí este relato tuyo en el foro y quiero recordar que te dejé un comentario. Manejas bien la pluma.

    Un afectuoso saludo desde Sevilla

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