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Reflexiones de Gaspar San Pedro antes de morir

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Tiempo de lectura:6 Minutos, 52 Segundos

Mierda, mierda. Mierda.

Lo que más me jode de morir es no saber qué será de mi hijo. Tanto tiempo. Tanto esfuerzo. El resto se pueden ir a tomar por culo, pero él. Pobre diablo. Sin mí está jodido. La zorra de su madre es capaz de prostituirlo por un pintalabios. Seguro que cuando empiece a darse cuenta de qué clase de bicho es su madre, le preguntará por esas bragas rotas que tiene enmarcadas encima de su cama. Ella no se cortará, nunca lo hace cuando ventila su zafiedad. Le contará con su voz de urraca que son el recuerdo del mejor negocio de su vida: el polvo que lo engendró.

No creo que le cuente cómo me cameló para quedarse embaraza. Espero, hijo, que no seas tan pardillo como yo. Cinco juicios perdidos, y lo peor, el cachondeo de los jueces y los abogados. Me condenaban por gilipollas. Lo sé. Toda la vida pensando que tenía la llave y mira dónde he acabado, a punto de ahogarme por intentar estafar cuatro perras a quien no debía. Todo por quinientos cochinos euros. Hijos de puta. Voy a morir por calderilla. Me he gastado más dinero en botellas de Moët en una sola noche que por esta mierda. ¿Voy a morir por quinientos euros? Es humillante. 

Este maletero huele a muerto. No es la primera vez que llevan alguien aquí. Lo sé. Reconozco el olor a pis, a mierda. A miedo. 

Quinientos euros le dejé en la mesilla a mi amiga colombiana. ¿Por qué soy tan idiota? Siempre gastando y racaneando a destiempo. ¿Quinientos euros?, hijo de puta, cuantos billetes de quinientos he quemado en una sola noche por nada. Por nadie.

Quinientos euros me costó el juicio rápido con aquella zorra de Wallapop que me acusó de acoso. Me gasté más en sus bragas, en sus sujetadores y en sus vestidos. Zorra desalmada. Tú te divertías posando para mí y yo soltándote billetes, como si fueran cacahuetes y tú un mono. Cuando se te agotó el ajuar, no te bastó. Viniste a por mí.  

Quinientos euros me costó el viaje a Roma con la madre de mi hijo. Hotel, copas y risas. Poco dinero para la única alegría de mi vida. Podría haberle cogido cariño a su madre, ser unos padres normales, pero no. Tuvo que ser así. 

¿Por qué cojones tuve que ratearle quinientos euros al maldito ruso? Solo me queda la duda de si me dispararán en el maletero y me echarán a un vertedero después, o me harán cavar mi propia tumba. Odio cavar.

Sí, no huele a sangre seca. Solo a pis y a sudor. Dios… voy a morir sudado. Por favor, por favor. Si me sacas de esta, te juro que nunca más haré nada que te avergüence. Sé que he sido un mal hijo, un disoluto, un crápula, un puto desgraciado. Pero se acabó, ¿me oyes?, ¡se acabó!

Cabrones, no saben ni conducir. Cada bache es como una patada en los riñones. No. Lo saben y cogen todos. O eso o estamos llegando al descampado. No estoy preparado. No puedo morir. No ahora. No por quinientos cochinos euros. Es demasiado estúpido y patético, incluso para mí.

Espero no terminar en un descampado al lado de condones usados y kleenex llenos de sangre y semen. Sería romántico después de todo, morir donde tantas vidas dejé morir ahogadas dentro de un látex barato. Quizás hasta una de mis amigas rumanas me vean, medio enterrado, con la cara fuera. Me reconocerán. Hablarán de mí, sí, y dirán, el cabrón de Gaspar, que siempre iba corto de dinero. Que siempre nos chuleaba unos minutos de más. Pero alguna me tiene cariño. Lo sé. Al fin y al cabo escuchaba sus mierdas. Las invitaba a comer un bocadillo caliente mientras se reían de mí. Mierda de vida, tenía que haberle hecho un hijo a una de ellas, no a la gran zorra. Al menos ellas eran sinceras y tenían una sonrisa bonita. 

Cuando no tienes nada, sólo te queda eso: una sonrisa bonita. Así quedaré yo, luciendo una sonrisa estúpida medio enterrado entre condones y colillas.

Me gasté mucho más en olvidar a Freya. La mexicana que me eligió para echar su último polvo. Su buena obra para entrar en el cielo. Su último polvo antes de morir, por pena, decían. Yo pensaba que la pena recaía en mi lado, pero ella sabía lo que hacía. Se tuvo que morir la única mujer que no quería nada de mí. Todos en la oficina evitaban la muerte pintada en su rostro. Ni siquiera tendré la oportunidad de verte, Freya, pero que sepas que de todas las mujeres de mi vida, eres la única. Sí, la única. Mierda, no llores, cabrón. ¿Para qué la mientes si no la vas a ver? Vas a ir al maldito infierno. Tantas mujeres. Tantas mentiras. Todas compradas, engañadas, disfrazadas y pintadas. Ni una sola auténtica. Tú tampoco, Freya, tú tampoco. Todas necesitaban algo de mí y yo de ellas, como tú. 

No fue por los quinientos euros, no, fue porque tenía que mentirle al rey de los mentirosos. Ni siquiera son los quinientos euros, he caído tan bajo que me he colado en el infierno y el gran cabrón habla ruso. Здравия желаю, товарищ.

Si me dieran un euro por cada noche que llegué a casa borracho y habiendo perdido a alguien, sería millonario. ¿Soy tan viejo?, pero ya no recuerdo nada de antes de que nacieras, hijo. Ya no recuerdo mi vida de mierda antes de ver tu sonrisa. Ahora recojo pedazos de lo que fui. Solo espero que no seas como yo, que esquives la bala genética de tu madre y de tu padre y que seas mejor que nosotros. Es fácil porque somos mierda, auténtica basura. Espero que me troceen y me metan en bolsas de basura. No merezco otra cosa. Me acabo de acordar que le debo quinientos euros a Lola, la asistenta. Joder, prometí que le pagaría lo del mes pasado. Mierda. Pobrecilla, encima tuvo que soportar la humillación de que viera sus videos guarros. Los hombres son unos hijos de puta. Le haces una mamada a un amigo de la familia por dinero y te extorsiona para que le hagas más. Y encima gratis. El mundo está lleno de hijos de puta. Le ayudé con eso, sin pedirle nada a cambio. Me puso cachondo como un perro, pero me porté. Está jodida con un hijo de seis años, intentando protegerle para que este mundo de mierda no entre por sus ojos y le coma por dentro, como a nosotros. Pero le debo dinero, a la única persona que se ha portado bien conmigo y con mi hijo le debo dinero. Soy un cabrón. Pero, ¿qué puedo decirle?, ¿que me lo gasté en putas?, ¿que me lo bebí disuelto en ginebra?, ¿que me lo esnifé con la coca?, ¿en pagar a abogados?, ¿en suscripciones a onlyfans? Si supiera quién soy, saldría disparada por la puerta. Como todos. No engaño a nadie con cincuenta años. Puedo engañarles a todos por internet, incluso al ruso, pero cuando me ven, me reconocen de inmediato. Es mejor morir aquí y ahora que ver esa expresión en mi hijo tarde o temprano. 

Ya estoy preparado.  Venga, dios, dile al ruso que termine y deje de joderme los riñones con los baches. Joder. ¿Ya?

Dios, la luz… de la luna. ¡Qué desagradable puede ser!

—Выходи, грёбаный ублюдок!

—Ya voy, ya voy…

Ahí están todos, con sus orejas de ratón y sus cabezas rapadas. Me miran y se toman su tiempo mientras ríen.

—Tenemos regalo… de jefe. Bueno regalo. Tú gusta… o no gusta, no importa. Tú coge.

Asiento con la cabeza. Mientras miro extrañado a una limusina blanca.

Una chica joven y guapísima sale del asiento de atrás, envuelta en un abrigo de piel gris.

—Toda tú. Por trabajito con americanos. Nos metimos… ¿cómo decir? Hasta olla. Tú gana bien. Ah, pero esos quinientos euros… ¡descontar próximo trabajo! No hacer otra vez.

Miro a mi alrededor. No es coña. La rusa está tremenda. Abre el abrigo. Está desnuda y me sonríe. Me hace señas con el dedo y se mete en el coche. 

Dios. Gracias. Gracias. Gracias.

 

Autor: Nicholas Avedon

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Un comentario sobre “Reflexiones de Gaspar San Pedro antes de morir”

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