
Miras el techo de la habitación con desidia, antes lo hacías con rabia, pero ya hace tanto tiempo que te has acostumbrado a que ese sea tu horizonte, los desconchones mal disfrazados del techo y algunos rostros que aparecen y desaparecen enmascarados y anónimos. Has comenzado a reconocer a algunos, pero cambian tanto que no te da tiempo a crear ningún vínculo. Todos te hablan igual, como si fueras idiota, y no lo eres, tan solo estás roto.
Esta mañana te trajeron una pequeña tarta, que no puedes comer, con una velita que no puedes soplar. Hace un año que pasó; a veces te parece un día, otras una eternidad. Quieres estar muerto, pero algo en tu interior te mantiene con vida, algo que no puedes definir, que no controlas, que deseas que desaparezca y te dé paz, pero que acoges con cariño por permitir que sigas vivo.
Estabas haciendo el tonto con tus amigos una tarde soleada de verano. Celebrabas con ellos que te habían admitido en el máster de robótica; Maribel y tú os habíais besado en la piscina, recuerdas vívidamente sus ojos violeta, sus pómulos pecosos, el aroma de su piel bronceada cubierta de crema solar, su pequeño bikini rosa, y sentirías el roce de sus labios sobre los tuyos si todavía tuvieras mandíbula. Repites una y otra vez en tu mente el camino hasta el descampado, las escaleras de hormigón para subir, como tantas veces, al edificio abandonado, las risas en la azotea, el suelo caliente y lleno de piedrecitas que se clavan a través del bañador. El sol que se oculta en el horizonte dejando una mancha de yema de huevo. Todos embelesados, juvenilmente enamorados, contemplando cómo anochece más allá del mar. Después el suelo que se acerca hacia ti a toda velocidad y después… después el techo del hospital.
Entonces todo terminó para ti: se terminaron los estudios, se acabó el verano, desaparecieron tus amigos, te olvidaste del equipo de baloncesto, olvidaste que alguna vez pudiste andar, olvidaste que Maribel te olvidó. Ahora solo eres un amasijo de carne y huesos rotos con media cara destrozada, la movilidad y dotes de comunicación de un extintor en la pared del instituto y el futuro de un ratón de laboratorio. Tan solo ese pequeño fuego, ese recuerdo, te mantiene vivo.
Un día apareció ella. La reconoces porque la habitación se impregna de olor a jazmín cuando entra, un olor que se mantiene suspendido en el aire y se va diluyendo con la levedad de una caricia cuando se marcha. Te habló con voz de hada, manteniendo sus ojos en tu cara desfigurada, sin mostrar repulsión, mirando más allá, mirando en ti. Te propuso el proyecto. Experimental, arriesgado, increíble. Parpadea una vez si aceptas, dos si declinas. Aceptaste sin pensarlo.
Le llamas Jimmy, aunque su nombre es JMMYC2001A. Es un robot experimental, un prototipo de “cuerpo externo”, como lo definió Olor a jazmín. Pasaste por todas esas cirugías cerebrales y en tu sistema nervioso y ahora estás lleno de conectores que integran tus sentidos con Jimmy. Ves, oyes, hueles, sientes, andas, vives a través de él; ahora eres Jimmy, un avatar de aluminio y chips que se mueve por el mundo que a ti te está prohibido. No eres libre de moverte por donde quieras, te trasladan en furgoneta, tienes un ejército de guardaespaldas, mecánicos y científicos que te siguen a todas partes, pero puedes hablar a través del robot, puedes ver, andar; tienes un simulacro de vida que, tal y como están las cosas, es más de lo que tenías, aunque menos de lo que fuiste.
El módulo de comunicación es increíble, te envía directamente a tu cerebro toda la información que requieres a través de asistentes virtuales, y se queda grabada en el neocórtex directamente. Lo que habrías dado por tener este superpoder cuando estudiabas. Finalmente hiciste el máster de robótica en dos semanas y te graduaste con las máximas calificaciones. La robótica pasó a ser todo tu mundo; querías saberlo todo, investigar, avanzar lo suficiente como para ser autónomo, enterrar tu cuerpo mutilado y ser el primer ciudadano híbrido en un mundo que todavía no estaba preparado para eso. Lo intentaste todo, pero no fue suficiente: demasiadas leyes, demasiados miedos, demasiada burocracia, demasiado riesgo que nadie quería asumir.
Tu cuerpo se muere, solo esa pequeña llama lo mantiene todavía. Hablas con olor a jazmín y le pides, le suplicas, un último deseo. Una última reunión con tus amigos. Ha pasado mucho tiempo, años, pero has seguido a todos a través de sus redes sociales. Ni siquiera imaginan que sigues vivo. No, no irás en persona, claro, sería demasiado para ellos ver al monstruo. Irá Jimmy por ti. Será divertido. Ella accede. ¡Cómo podría negarse a una última voluntad!
Lo han dispuesto todo, será una sorpresa; les han convocado con la excusa de una reunión de antiguos alumnos en un salón de un elegante hotel. En el centro de la sala está Jimmy, estás tú Quieto, como un juguete, como siempre desde el accidente. Los ves entrar, no han cambiado tanto, quizás un poco más adultos, más serios, menos gamberros, más tristes. Se miran como desconocidos. Se saludan, te miran con curiosidad. Cuando todos han llegado, hablas. Les dices quién eres, miras sus caras de asombro, les cuentas lo que es Jimmy, les hablas de tus operaciones, de tu soledad, del dolor. Cuando has conseguido toda su tristeza y toda su vergüenza, sueltas un par de chistes malos y relajas el ambiente. Empiezan las preguntas, sobre ellos, sobre sus vidas; ellos a ti te preguntan poco; ya saben demasiado. Mientras estás llevando al límite las baterías de Jimmy; es algo más avanzado que las de un portátil, se trata de un núcleo de fase sólida que ayudaste a diseñar. Has hackeado los sistemas de seguridad y las alarmas para que no avisen de la sobrecarga. Ves sus caras sonrientes, te hacen bromas, los ojos de Maribel siguen siendo preciosos y sus pecas resaltan sobre la piel blanca del otoño; miras sus labios, aspiras el perfume suave de su piel, los sensores de Jimmy son muy precisos y tu cerebro lo percibe todo como aquella tarde en la terraza de aquel edificio en ruinas. La capacidad del núcleo ha llegado a su límite y pierdes la conexión. Sabes lo que ha pasado, sabes que en esa sala no ha podido quedar nadie vivo; incluso puede que en la planta del hotel haya que llorar víctimas inocentes, pero así es la vida, cruel como la muerte. Miras el techo por última vez y sientes en tu espalda muerta e insensible la mano que te empujó aquel día; la sientes como la has estado sintiendo todo este tiempo, esa pequeña llama que te ha mantenido con vida y que poco a poco se apaga llevándote con ella.
