
Tiene el pelo rojo y los ojos tristes. El uniforme del colegio, manchado de barro, y las medias, descolgadas hasta los tobillos, dejan ver múltiples arañazos y golpes: heridas de guerra obtenidas con valor en el patio del colegio.
Nunca había imaginado que su mejor amigo fuera tan imbécil, ni que la maestra fuera tan fácil de manipular por la cara de bueno, los ojos verdes y el dinero del hijo del mayor benefactor del centro.
La pelea duró poco; no era rival. Ella estaba sentada, apartada de todo el mundo, como siempre, y él se acercó con sus amigos. Uno la llamó rara. Los demás rieron la gracia, incluso él. Ella lo ignoró, pero sabía cómo iba la cosa y que no terminaría ahí: seguirían provocando hasta hacerla saltar. Miró a su amigo a los ojos y este bajó la mirada. Cobarde. Se le revolvió el estómago al verlo ahí, arropado por los otros en un sinsentido, callado, consintiendo, atacando, intentando ser admitido en un grupo donde, seguramente, la mayoría no quiere estar. Todo a costa del dolor de ella.
La inundó la rabia. ¿Qué derecho tienen?
Se levantó y pasó entre ellos. Solo quería irse; tal vez lograría salir de allí sin tener que pelear. Alguien dijo “puta” y empezaron los insultos. Ella ya había elegido contrincante. Su amigo no esperaba el golpe. Ninguno lo esperaba. Fue rápido y certero.
Ahora ella espera en el pasillo, junto a la puerta del despacho de la directora. La secretaria la mira con una mezcla de compasión y comprensión; no es la primera vez que la ve ahí. Solo que esta vez es diferente. Desde dentro se escuchan las voces de los padres —hienas— y la de la directora intentando poner calma.
Ella respira. Mira a la secretaria y, con un hilo de voz, dice:
—¿Despertará, verdad?
