El cementerio de las palabras olvidadas

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Tiempo de lectura:2 Minutos, 35 Segundos

En algún lugar hay un cementerio de palabras perdidas, mis palabras perdidas, esas que no encuentro cuando escribo, las que esquiva mi mente para evitar dar sentido a ese concepto que se escabulle, que me rehúye. La sensación de tenerlo en la punta de la lengua, pero que no llega a convertirse en palabra, que la mantiene oculta, esa sensación que me atraganta, que me quita el aire.
Puede que sea por los años, por el tiempo que llevo usando de ellas, por mi avaricia al encadenarlas al papel. Puede, sí, puede que sea eso; o una enfermedad degenerativa que asoma por fin y las entierra en el cementerio de palabras perdidas donde los viejos escritores no tenemos acceso.
Miro el papel, veo esa frase inacabada, pendiente, expectante, tullida. Mi mente rebusca, sé lo que quiero decir, lo he dicho muchas veces, es eso, esa palabra que necesito. En la desesperación van surgiendo otras, pero no son, no encajan, no definen, no nombran lo que tiene que ser nombrado. Mi pulso se acelera, mi pecho busca aire, mi cerebro divaga, se sobrecalienta, mis dedos tiemblan, incapaces de escribir. ¿Existirá esa palabra? ¿Será tan solo un concepto imposible de nombrar? Pierdo el sentido de lo que quiero contar, ya no importa el relato, no importa la trama, toda mi atención, toda mi vida está pendiente de encontrarla.
Intento concentrarme, definirla, rodearla, desenterrarla, busco sinónimos que me lleven a ella, camino por oscuros recuerdos, por vivencias donde esa palabra existía, araño mis neuronas buscando restos, migajas, sedimentos que puedan recuperarla. Busco en los posos de la taza de té o en el ámbar de un vaso de ron el sortilegio que me permita rescatarla. Incluso zombi, llena de tierra removida, con costras de carne podrida, la recibiría con anhelo.
Me doy por vencido, pongo otra en su lugar y continúo escribiendo, pero mi mente sigue allí, en esa palabra estéril que afea mi relato, esa mancha que vuelve mi atención una y otra vez hacia atrás. Termino, pero ¿termino? No, sigo viendo esa frase con ese agujero mal tapado y vuelvo, retorno, releo desde el principio con la ilusión, con la esperanza de que la velocidad al lanzarme desde el inicio y el vértigo de la lectura haga que la palabra surja. Pero no es así, y desisto. Me levanto agotado, frustrado, decaído y camino. Camino con las manos en los bolsillos y el ánimo ceniciento, camino pisando los charcos, enfadado con el mundo, resentido con mi incapacidad, camino con la reticencia de la palabra a mostrarse, con el miedo a perder más palabras, a quedar seco, a vivir solo de conceptos que no puedo expresar, a dejar de escribir, a estar vivo y muerto a la vez.
Entonces aparece, estaba en la punta de la lengua y finalmente salta, haciendo cabriolas delante de mí. Corro, retorno a casa como un loco, repitiendo la palabra como un mantra, fijándola, haciendo que sea real. Soy una ambulancia con un herido camino del hospital, aullando, esquivando, luchando contra el olvido. Llego frente al papel, tacho, escribo, por fin respiro.

 

Autor: Ignacio Chavarría

Sobre el autor

Ignacio Chavarria

Un comentario sobre “El cementerio de las palabras olvidadas”

  1. Querido amigazo
    Desde el comienzo quedé preocupado, como si el problema del escritor sería el mío propio…
    Con ansias, reconozco, apuré la lectura para llegar al final…
    Contento con la alegría del desesperado y ya desfalleciente escritor, que por fin logró su cometido.
    Me permito preguntar: ¿cuál era la palabra buscada?
    Shalom javer

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