
Escúchame un momento, no te pido que creas mi historia, solo que la escuches. ¿Qué puedes perder? Tenemos todo el tiempo del mundo.
Todos cometemos errores cuando somos jóvenes. Algunos se olvidan con el tiempo, otros con un poco de suerte. El mío todavía persiste; fue pedir un deseo y que me lo concedieran. Lo terrible es que un día comprendes que el deseo se cumplió exactamente como lo pedí.
Todo comenzó hace ya tanto tiempo; entonces era yo joven, trabajaba para una tabacalera y estaba disfrutando de un congreso en Catemaco, una pequeña ciudad situada en la región de Los Tuxtlas, una zona de selva volcánica muy fértil del estado de Veracruz, México. El hotel estaba lleno de gente y por la noche nos reuníamos a beber margaritas y tequila. Aparte de nuestra convención, había otras dos, una de maquinaria agrícola y otra anual de brujería. En el bar nos mezclábamos todos y, la verdad, era divertido coincidir con gente tan diversa.
Quedaban tres días para mi regreso a la rutina y el congreso ya había terminado. Tres días libres para hacer turismo, pagado por la empresa. La barra libre es un peligro, las margaritas estaban frías, la comida deliciosa y la gente desinhibida y alegre. Un patio de colegio.
Estaba en la barra pidiendo mi enésima copa cuando escuché la conversación de una pareja a mi lado. Hablaban con un hombre mayor que parecía estar fuera de lugar en el hotel. Indio cetrino: bajito, desdentado, pantalón de traje negro y sucio, camisa blanca y raída, unas tallas más grandes de lo que su pequeño cuerpo necesitaba y calzado con sandalias de cuero viejo. Al parecer, ellos estaban de viaje de novios y el hombre era un chamán de la convención de brujos. Hablaban de hacer una excursión al cerro del Mono Blanco. Me pareció un plan ineludible, así que me uní a su conversación y quedamos los cuatro para salir pronto al día siguiente.
Durante el trayecto, Juan, que así se llamaba el chamán, nos fue contando sobre el sitio que íbamos a visitar. El cerro del Mono Blanco no es un monte espectacular, sino una elevación cubierta de vegetación húmeda. Según nos contó Juan, Catemaco es uno de los lugares más famosos de México en lo relacionado con brujería, curanderismo y rituales espirituales; un lugar donde conviven prácticas muy distintas: tradiciones indígenas, santería, espiritismo, magia popular y ritos heredados del catolicismo. Según él, ciertos puntos del monte concentran gran energía y allí es donde la santería es poderosa y donde vamos a hacer un rito para dar felicidad al matrimonio de los recién casados.
Llegamos a un claro donde el hombre montó su espectáculo de brujería: huesos, plumas, tequila escupido sobre velas ardiendo, todo un despliegue de brujería barata al que solo le faltaba el pollo decapitado. Mientras la pareja recibía las bendiciones del chamán, yo paseaba por el entorno y así encontré un agujero en la tierra en el que estuve a punto de caer. Era profundo, muy profundo. Lancé una piedra y no conseguí escuchar el ruido que esperaba cuando chocara con el fondo.
Cuando me di la vuelta, el chamán estaba a mi espalda. Me dio un susto de muerte.
—Ese no es un buen lugar para lanzar nada —me dijo.
—No. ¿Por qué?
—Dicen que llega al mismo centro de la Tierra Es un agujero sin fin, puede ver tu alma, tus deseos y en ocasiones hacerlos realidad.
—¿Un pozo de los deseos?
—Si quieres verlo así, sí. Aunque es algo más poderoso.
—Entonces, ¿cómo funciona? ¿Tiro una moneda y pido un deseo?
—No, lanza algo que temas perder y siente lo que deseas en tu corazón. Así funciona.
—Bueno, yo siempre he querido ser inmortal.
Al decirlo, me giré y tropecé con la mochila que había dejado en el suelo y que, con el empujón, cayó rodando por el agujero sin fin. ¿Algo que tema perder? Pues ahí fue, con mi documentación, el billete de vuelta y todo el dinero que tenía. Eso desde luego fue una ofrenda que me dolió.
La empresa me ayudó con los trámites en la embajada y los vuelos y pude regresar a casa sin más contratiempos. Mi vida continuó y yo olvidé esa aventura.
Pasaron los años, muchos años. La gente a mi alrededor, mis amigos, mi familia, todos fueron muriendo y me quedé solo. En mi 125 cumpleaños vino la televisión a hacerme un reportaje; al parecer había batido el récord de longevidad que tenía una mujer francesa, Jean Calment, que vivió 122 años y 164 días.
Cuando cumplí los 130, la presión mediática era insoportable. Mi cuerpo había envejecido, pero se negaba a morir; mis huesos estaban débiles, mi piel parecía pergamino seco y arrugado, mi sangre apenas conseguía circular por un sistema colapsado.
Decidí huir, dejar atrás la prensa, la gente, los médicos y la puñetera humanidad al completo. Viví varios años —no llevé la cuenta— en completo aislamiento, en una cueva escondida en una montaña solitaria. Me alimenté de raíces y agua.
¿Sabes el dolor de morir de hambre y sed y mantenerte vivo? ¿Lo imaginas?
Tu cuerpo grita pidiendo un alimento que no puedes darle, sobrevive donde otros habrían muerto, se consume tirando de las reservas que tiene hasta agotarlas y cuando ya no hay reservas, cuando no hay ya de dónde sacar, cuando debería estar muerto, pero no tiene pasaje para la barca de Caronte, solo queda sufrimiento.
Me encontraron unos excursionistas. Al principio pensaron haber encontrado una momia; casi mueren del susto cuando abrí los ojos. Los médicos no daban crédito, dijeron que todo en mí fallaba, que debía estar muerto, que nada en mi cuerpo era compatible con la vida, pero ahí estaba yo. Me convertí en un mono de feria, una rareza, algo y no alguien. Así permanecí en un hospital dos décadas más.
Luego sucedió. Siempre había pensado que la tierra acabaría consumida en una guerra nuclear, bombas lanzadas por todos contra todos y que todos moriríamos.
No fue así.
Yo, para entonces, debía estar a punto de cumplir cuatrocientos años; era pura mojama a pesar de los cuidados médicos y de sus intentos por mantenerme hidratado. Cualquier movimiento de mi cuerpo provocaba un dolor indescriptible, y eso que a esas alturas yo tenía experiencia de sobra para describir muy bien lo que era el dolor.
El final de todo vino del sol, de nuestro sol. El que da la vida y el que trajo la muerte a la tierra.
Mi única conexión con el mundo exterior era lo que podía ver desde la ventana de mi habitación. No era mucho, porque me mantenían en una especie de incubadora gigante para no exponer lo que quedaba de mi cuerpo a la contaminación y los virus.
Desde mi cama veía cada mañana, una tras otra, levantarse el sol sobre la copa de un árbol de hojas oscuras. Al ser toda mi distracción, se convirtió también en algo muy conocido y por eso mismo pude detectar leves cambios: pequeñas manchas, brillos extraños.
Un día amaneció con una llamarada de radiación extrema que llegó a la Tierra arrasando todos los sistemas eléctricos, satélites y estaciones espaciales. Horas después, una nube de plasma a millones de grados impactó contra el campo magnético terrestre.
El cristal de mi cúpula se derritió, cayendo licuado sobre mí; sentí cómo mi piel se incendiaba, los huesos crujieron, me vi envuelto en llamas. Durante un instante pensé que aquello era el final.
Mi cuerpo desapareció…
Pero yo seguí allí.
Pasé a formar parte de la Tierra, de todo. Me di cuenta de que la vida no está ligada al cuerpo, pero sí al miedo.
Al librarme de mi cuerpo pensé que el dolor había terminado, pero solo estaba comenzando.
Unos siglos después del final de la vida en la Tierra, las ciudades colapsaron y la vegetación se hizo dueña de nuevo del planeta. Viví cómo los glaciares avanzaron y retrocedieron, los continentes cambiaron y las erupciones de volcanes crearon nuevas tierras.
Pasaron algunos cientos de millones de años; el Sol se hizo más luminoso, aumentando la temperatura global, evaporando los océanos y haciendo desaparecer la mayoría de los ecosistemas.
Finalmente, el Sol entró en su fase final: se expandió hasta convertirse en una gigante roja, ocupando gran parte del cielo; el calor era insoportable y la superficie empezó a fundirse. Era la segunda vez que el sol me incineraba y no era el fin esperado.
Ahora formo parte de otro todo, de nada.
Sigo vivo.
Entendí hace muchos miles de años que seguiría vivo eternamente, sin descanso, sin redención, tal vez sin nada más; y por eso te cuento mi historia desde mi mente trastornada, porque quiero creer que aún estás a tiempo de no pedir ese deseo.

Debo decir y no lo dudo, la historia o confesión, de acuerdo a quién lo interprete, se desarrolla en un tercer plano, es decir en otra dimensión; razón por la cual, no es posible emitir una correcta apreciación sobre el escrito, y menos que menos catalogarlo de acuerdo a los canones establecidos.
Lo que si, aconsejo leerlo con tranquilidad y así no se perderán los pequeños detalles.
Querido Ignacio, lo dije y lo reitero, eres un escritor especial, distinto, digno de aplaudir.
Va un abrazón fraterno.
Shalom javer
Gracias Beto, me alegra que lo hayas apreciado, un abrazo igualmente. Espero que estés bien, están los tiempos bastante revueltos.