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Todo empezaba esta mañana sobre las ocho y cuarto.

Salía yo de la ducha cuando llamaban a la puerta. La abría y veía a un hombre de poca estatura, calvo, con bigote y vestido con traje gris, camisa celeste y corbata verde. Sostenía una carpeta en una de sus manos.
 
—¿Don Eusebio Miranda Segovia? -preguntaba.
—El mismo.
—Yo soy inspector de FUSIÓN y vengo a entregarle una notificación.
—¿FUSIÓN? Nunca he oído hablar de esa entidad.
—No es una entidad, FUSIÖN es un organismo nuevo. Se trata de una fusión de los departamentos del Censo y de Hacienda. El gobierno los ha fusionado en uno para solucionar, por ejemplo, casos como el de usted.
—No le entiendo…
—¿Me permite pasar? Será más fácil si le entrego este comunicado y se lo leo tranquilamente sentados.
—¡Claro, por favor, pase, pase…!
¿Qué ha querido decir con eso de “casos como el mío”? –le preguntaba, una vez sentados en el sofá del salón.
—Hemos comprobado que usted lleva algunos años sin pagar sus impuestos. El total acumulado, junto con los intereses fijados, se eleva a una suma que no va a poder pagar. Y lo sabemos porque lo hemos revisado. Aun vaciando su cuenta en su Banco y vendiendo su casa y su coche, sólo cubre el 52% del total.
—¿Y qué va a hacer FUSIÓN, enviarme a la cárcel?
—No, eso supondría que el Estado tendría que mantenerle. Y, francamente, ya nos ha costado usted mucho dinero.
—¿Entonces…?
—Le denegaremos sus derechos como ciudadano. Ha sido usted eliminado del Censo y de todos los organismos con los que tenga relaciones. Y todo esto con carácter retroactivo. Oficialmente usted no existe.
—¡Pero esto es muy grave! ¿No hay otra manera de solucionarlo?

El tipo aquel me daba un papel mecanografiado que sacaba de su carpeta.

—Tenga. Este es un documento donde se le comunica la pérdida de sus derechos y las gestiones que tiene que hacer para poder recuperarlos.

Cogía el folio que me tendía, sin saber qué decir.

—Y ahora, si usted me disculpa, tengo más documentos que entregar y el tiempo se me echa encima.
 
Lo acompañaba hasta la puerta de mi casa, y él desaparecía tras la puerta del ascensor.
 
Pasado una media hora, salía a la calle y entraba en un bar a tomarme un whisky, para empezar a digerir esa extraña visita.


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Un tal Pepe Galán estaba sentado en un taburete de la barra del bar, bebiendo cerveza, cuando un desconocido se sentaba ante él en una silla de madera de una mesa cercana, con un vaso con whisky en una de sus manos, Llamó la atención de Pepe Galán y empezó a contarle su historia. Al principio, a Galán le fastidiaba esa gente que se pone a contar sus penas al primero que pilla, por lo que se mostraba indiferente, pero, intrigando le estaba la historia. Mientras veía Galán cómo el hielo se iba derritiendo en el vaso con whisky deldesconocido,le preguntaba:

—¿Y qué hizo usted después?

El desconocido alzaba la cabeza de pronto, como si acabase de despertar.

—Pues que dejé el papel que me dio sobre la mesa del salón y me fui. Era tarde para acudir a mi trabajo. Pensé que lo leería con más calma cuando volviese a casa. Pero no me imaginaba el error que estaba cometiendo. Y lo primero que hice, antes de coger el autobús que me llevaría a mi oficina, fue pasarme por uno de los cajeros de mi Banco para sacar dinero. Y allí comenzaron mis desventuras. Una vez introducida mi tarjeta y tecleada mi contraseña, aparecía una ventana en pantalla que decía que mi tarjeta no era válida y que quedaba confiscada. Entré al Banco y me fui a la caja. Reyes, la guapa y amable cajera, me recibió con una sonrisa y me preguntó en qué podía servirme. Le dije lo que había pasado, y Reyes me pidió mi talonario. “No lo llevo encima”, le dije. “No se preocupe; ¿me permite entonces su DNI?”. Se lo di, y empezó a teclear en el ordenador

—Lo siento, señor, no consta que usted tenga cuenta con nosotros.
—¡Imposible -dije, confundido-; llevo gestionando mis transacciones en este Banco desde hace años, tú misma me ha atendido en numerosas ocasiones! -me sulfuré.
—Lo lamento, señor, pero no recuerdo haberlo visto en mi vida.
—Por favor, Reyes, dile al señor Román si puede recibirme.
 
==Román, el director de esa urbana del Banco, que yo conocía desde quince años atrás, no sólo me confirmó lo que me había dicho Reyes, sino también que no me conocía de nada. Grité, supliqué… Inútil. Tuve que salir del Banco, bajo la admonición de Román de llamar a la policía si persistía en mi actitud. Cuando salí del Banco miré mi reloj. Era ya tarde. No llegaría a tiempo a la oficina. Eché mano del móvil para avisar que iba a llegar un poco más tarde, pero, tras marcar, una voz grabada me decía que el número desde el que llamaba no estaba registrado. Recordé en ese momento lo que me había dicho el inspector del FUSIÓN: “oficialmente, usted no existe”.

“¡Por qué me han hecho esto!”, grité al aire.

==Subí al autobús y al abrir mi billetera para pagar el billete, vi que mi DNI no estaba. No podía ser, una cosa es que te hagan desaparecer administrativamente y otra borrarte del mapa. Recordé que había sacado el DNI en el Banco, y por esto pensé que lo habría dejado allí olvidado, pero también pensé que estaba seguro de haberlo metido de nuevo en mi billetera. Cuando me bajé del autobús, me fui a una cabina de teléfono y llamé a mi Banco. ¡Ni siquiera recordaba Reyes que hubiese estado allí! ¡Y eso que sólo había pasado escasamente media hora! No sabía qué pensar ni qué hacer, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando al entrar al edificio de mi oficina, Curro, el portero, me espetó.

—Disculpe, señor. ¿A dónde va?

—¿Y a dónde quieres que vaya, Curro? A Sampedro S.A, por supuesto.

—¿Tiene usted cita?

—¡Por Dios, Curro, ¿es que no me reconoces?!

—No recuerdo haberlo visto nunca, señor.

—¡Pero si llevo quince años trabajando en Sampedro S.A. y pasando todos los días frente a tu portería!

—Lo siento, señor.

==Se repitió el mismo episodio del Banco, y otra vez tuve que salir pitando, bajo la amenaza de policía.

“¡La mano de FUSIÓN es larga con cojones”, grité de nuevo al aire.

“¡Claro, el papel que me dio aquel hombrecillo, seguro que en él está la explicación para salir de este embrollo!”, me dije.

==Cuando llegué a la puerta de mi casa, vi, perplejo, que mi llave no encajaba en la cerradura. Frustrado, di tres puñetazos a la puerta, pero, para mi sorpresa, se abrió y me encontré, cara a cara, con un hombretón y además cabreado.

—¡¿Qué coño pasa aquí?! ¡¿A qué vienen esos golpes?!

—¿Quién es usted y que está haciendo en mi casa? –le dije.

—¡¿Su casa?! ¡No me haga reír, esta es mi casa y llevo viviendo aquí toda la vida!

==Nueva amenaza con la policía me hizo irme de allí a todo gas, no sin antes comprobar  que no me había confundido de edificio. Debí caminar sin rumbo una hora o más. La cabeza me daba vueltas.

“¡¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden borrar la existencia de una persona?!” -iba pensando.

==Me irrité de nuevo. Tenía que haber algún indicio o alguna constancia de mi existencia en alguna parte; debía haber alguien que me recordase. “¡Rocío!”, pensé de pronto,

==Entré a una cabina y llamé a Rocío, mi novia.

—¿Sí? -escuché la voz de ella.

—Rocío, soy Eusebio.

—Hola, cariño.

“Me recuerda!”, me dije, feliz, apartando la boca del teléfono

—Rocío, necesito verte pronto. ¿Estarás en tu casa dentro de media hora?

—Sí. No pienso salir. Pero qué te pasa, te noto extraño.

—Te lo contaré cuando llegue. No te preocupes, estoy bien.

==Colgué y salí pitando hacia su casa. Cuando llamé a su puerta, la abrió, pero con la cadena de seguridad por dentro. “¿Que desea usted?” -preguntó, después de mirarme. Eso me dijo mi novia, y se me cayó el alma a los pies.

—¿Es que no me reconoces?

—¿Debería?

—¡Rocío, soy Eusebio, tu novio desde hace seis años!

—Yo no tengo novio.

—Espantado y cabreado me fui de allí.  Y ya en la calle vomité. Estaba mareado y todo me daba vueltas.

“¿Cómo me puede pasar esto? ¿Es que nadie me recuerda? Tiene que haber alguien que… “¡Mamá!”, pensé.

==Llamé a mi madre. Reconocí su voz en el acto.

—¿Diga?

—Soy yo, mamá, Eusebio.

—¿Quién?

—Eusebio, tu hijo.

—¿Qué es esto? ¿Una broma de esas que hacen por la tele?

—No es una broma, mamá… yo…

—Escúcheme usted quien sea -me interrumpió-. No tengo ni puñetera idea de quién es usted, pero no es mi hijo. Y esto es seguro porque yo no tengo hijos.

==Y colgó. No sé cuánto tiempo estuve inmóvil dentro de la cabina, incapaz de reaccionar, hasta que un señor mayor dio dos bastonazos al cristal, como exigiéndome que dejase libre el habitáculo. He estado todo el puto día dando vueltas por mi ciudad, caminando sin rumbo, sin prestar atención a nada y con la mirada perdida. Hasta que he pasado por las puertas de una tienda de electrodomésticos que hay al lado de este bar.

—¿Y qué pasó entonces? -preguntó Pepe Galán al desconocido, mientras tomaba un trago de cerveza.

—¿Conoce usted esa tienda? -le pregunté.

—La conozco.

—Entonces sabe que en el escaparate de fuera hay una enorme pantalla que está conectada a una cámara enfocada a la calle. De modo que quien pase por delante, se ve reflejado en ella.

—Así es.

—Pues bien, cuando he mirado la pantalla pude ver la calle, los coches y los peatones que pasaban en ese momento, los árboles, los edificios. ¡Todo! Excepto a mí. Yo no aparecía. Y no he podido más, he entrado a este bar dispuesto a coger una borrachera.

—Una historia increíble esta suya, que seguro debe tener una explicación para todo lo que le está pasando.

—¿Usted cree? ¿Se le ocurre alguna?

—En este momento no.

—Ya.

—Sin embargo, le diré lo que vamos a hacer. Ahora voy al baño. Esta es mi séptima cerveza y ya no puedo más. Cuando salga, pensaremos en ello.

—Se lo agradezco muchísimo.

==Usted se levantó y se fue corriendo hacia el servicio de caballeros. Estaría orinando un rato, porque siete cervezas dan para mucho. Cuando salió vio usted la mesa vacía y llamó al camarero.

—Curro, ¿dónde se ha metido ese hombre que antes hablaba conmigo?

—Más te vale que no bebas más hoy, Pepe.

—¿Por qué lo dices?

—Porque has estado solo todo el tiempo.

—¿Entonces de quién es ese vaso con whisky a medio acabar que hay en esa mesa?

—¡Vaya, no lo había visto! No sé de quien pueda ser.

—Qué extraño. Bueno, olvídalo y sírveme otra cerveza.

—¿Seguro?

—Seguro. Habré pegado una cabezadita y lo he soñado.

==Usted volvió a sentarse en el  mismo taburete de la barra mientras el camarero le servía otra cerveza y retiraba la jarra vacía y mi vaso con whisky sin acabar en una mesa. Bebió un trago, frunció el entrecejo y dijo a media voz: “Qué extraño. Me parece que estas cervezas se me han subido a la cabeza. Por más que me esfuerzo, no consigo recordar que estaba haciendo antes de entrar en el aseo de caballeros”.

Autor: Antonio Chávez López

Sobre el autor

Antonio Chávez

4 comentarios en “No existo”

  1. Cosas extrañas hacen la Cerveza y el Whisky, pero algo similar hace esta historia en quien la lee, pues,… al final queda uno como si hubiera sido el que tomara las cervezas y el whisky todo de seguido.
    Verdad que engancha cuando comienzas a leer la historia, pero al final,… quedas como en una nube de desconciertos.
    Un abrazo.

    1. Hola, paisano.
      Pues el final casi se puede adivinar, que el pobre Eusebio acabó en un psiquiátrico, sin fuerzas ni ganas por averiguar y demostrar quien era.
      Gracias por leerme y por colaborar.
      🙂

  2. Antonio, está tremenda la historia! Genial escrita, aparte. Qué horror no sólo desaparecer, sino nunca haber existido. Como alegoría, por otro lado, tristemente se adapta a los tiempos que corren.
    Jaaja y qué bonito que hayas usado mi nombre, gracias por eso!!
    Un abrazo. Voy a ver el privado del foro.

    1. Hola, Reyes
      Pues, según el enmarañado panorama actual de la sociedad, no te fíes de nadie, que es posible que cualquier día que se presente alguien frente a ti que quizás tenga poderes para hacerte desaparecer 🙂
      No cabía otro nombre que Reyes en la cajera del Banco, es que guapa y amable no son todas las mujeres.
      Te va a gustar el texto del privado del foro. Es algo doloroso que viví en primera persona y me salió del alma.
      Otro abrazo para ti
      🙂

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