El balcón

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Mi amigo secreto:

Sé que hace tiempo que no recibe noticias, lamento haberle hecho esperar, pero doy por descontado que después de tantos años de misivas, sabrá que es debido a mi necesidad de largos silencios en los que me dejo arrastrar por la melancolía.

 Le pido disculpas, y no le rogaré que no me pague con la misma moneda como tantas veces anteriormente. Esta carta es diferente. Tómela como la última voluntad susurrada en su oído, no sería yo si me olvidase de usted, y no sería vos si quebrantara nuestro pacto de secretos compartidos. Ha sido la vasija que contiene mi ser, el alivio en las soporíferas tardes de domingo y la evasión a la pesadumbre de esta vida.

No puedo evitar imaginar oír sus palabras repitiendo que debiera comenzar por el principio; tal y como me ha señaló tantas veces, cuando nos quedábamos a solas en nuestros paseos por los jardines y me incitaba con una honesta curiosidad que compartiera algunos de mis pensamientos. Su paciencia ha sido infinita y aún más su complacencia hacia mi persona, siempre la he recibido como un regalo de los dioses y hasta casi una ayuda divina, por eso le pido, que vuelva a dedicar su tiempo y que sea testigo de lo que me acontece, siendo innecesaria cuando llegue esta carta una respuesta.

Observo y clasifico al resto de los mortales en dos categorías, es una de esas malas costumbres que delicadamente y con acierto rotundo puntualizó aquella tarde de otoño cuando tropecé y nos reímos con el peldaño oculto en la entrada a su caballeriza:  la polaridad en los pensamientos y las generalizaciones que no me llevan a conclusiones acertadas. Pero ya sabe, mi queridísimo confidente, que hay que preservar algo de todos nosotros sin corregir para tener y sentir la premura y hasta el alivio de los cambios venideros. Por esta razón solo soy capaz de ver a los que vienen y a los que van, atisbando que ninguno de ellos tiene conciencia de serlo.

Los de ida se sostienen en un columpio de cuerdas toscas y ásperas, que atan y presionan, manteniendo un equilibrio incierto, tambaleándose entre lo de fuera y lo de dentro; lo veo en las eternas reuniones, los tés en el saloncito verde, las tarjetas de visitas, las condolencias absurdas, los comentarios pretenciosos que solo esconden chismes lastimeros que a nadie realmente parecen importar. Siempre entre lazos de seda, pliegues y corsés se esconden falacias que no permiten ver ninguna verdad. Ninguna.

 Para los que vuelven, tampoco existe la calma, han pagado el precio del olvido de la ida y comprado sin desearlo, el saber de la soledad en la que vivimos. Estas son las conclusiones a las que llego cuando me escapo a pasear y me niego en rotundo a pasar las tardes bordando o rezando a dioses, que no he tenido aun el placer de conocer ni ellos la cortesía de presentarse. 

Nos paren y en ese “nos,” violan nuestro primer deseo no dicho; entonces la vida se nos impone sin permiso ni delicadeza, rompiendo abruptamente lo que antes ni existía. Nadie quiso preguntar por este derecho impuesto; nadie ni nada resultó ser tan educado y considerado como para privar a mis espaldas de los sufrimientos que la propia existencia trae consigo. Por este motivo, me gustaría devolver aquello que ni siquiera fue pedido; la esencia vital que me atraviesa y que provoca esta violación silenciosa.  Lo absurdo de este pensamiento radica en que no soy nadie sin el derecho maltrecho y la vida tampoco sería tal sin mí. Una verdad que crea una confusión constante y que solo he sido capaz de resolver reconociendo la igualdad que existe entre la vida y mi derecho ultrajado; ninguna de nosotras seriamos sin la otra y por ello, me creo en el deber de romper este contrato impuesto que tal vez a ninguna de las dos nos interesa.

 Pero no se asuste, no cambie de color al nombrarla, es la mejor de nuestras amigas, la mejor de las compañeras; fiel, leal, certera y clara, solo la muerte nos recuerda la vida. Volveré a ser lo que ni fui por una mano justa y huesuda que corte estas ataduras, y tal como siempre me sugirió, este es el comienzo de cualquier historia; la sombra de la muerte a lo largo de una existencia. Con ello, solo pretendo mostrarle cuánto aprendí de vos y cuánto disfruté de nuestros debates. Gracias por permitir que mi naturaleza femenina no fuera un obstáculo para su escucha en el ir y venir de las ideas.

Para los que van, Thanatos es el miedo a la libertad, a la elegancia innata de las ideas surgidas sin previo aviso, a la revolución y a todas las involuciones que el ser humano debiera experimentar; es quien ata y oscurece, pero un acto necesario para que un simple rayo de luz rompa la negrura e impulse al ser humano a buscar un hueco aun mayor por donde mirar al mundo. Para las afortunadas como yo, se resuelve con vidas apáticas, faltas de grandes sueños y pasiones frenadas por los convencionalismos; leyes impuestas sin sentido y normas que esclavizan. Nos creemos ricos en una libertad que no es más que una gran jaula de oro. Ni pan ni lumbre nos falta y, aun así, permanecemos dormidos, arrinconados en la comodidad de la opulencia y en una felicidad no conquistada; ¿qué valor tiene lo que no se lucha? ¿qué orgullo reside en lo heredado? El valor viene del esfuerzo, y sin él, solo son hojas secas caídas en el otoño, bonitas, moribundas y frágiles.

Para los que tienen menos suerte, los oigo en las madrugadas con el frio del invierno, tirar de caballos y bueyes camino al trabajo; agotados, famélicos, pero persiguiendo sin descanso la luz blanca de un amanecer que probablemente nunca llegue; una Tierra Prometida que ahoga, pero levanta templos, Santos y Santas, Padrenuestros y culpas para justificar la aceptación de la vida como una bendición divina. Les colocan en la deuda eterna que los impulsa al sufrimiento cuando exhaustos quisieran no vivir una vida como las suyas; ¿no será un engaño de la muerte disfrazada cortada por sonrisas torcidas?

Para los que vuelven, aquellos que comprendieron que no hay otro lugar donde habitar, que acostumbraron sus ojos a mirar como los gatos en los viejos callejones, encontraron una luz de verdad que solo aparece tras la negrura más negra y la ceguera más absurda. Aceptan que la muerte es el final seguro del descanso, y la vida un viaje solitario que cada cual debe realizar por sí mismo.  Ellos olvidaron las culpas y abrazaron a la soledad y al menosprecio de sus propias vidas, sabedores de lo efímero y pasajero de cada instante. La pequeñez de un derecho que ni es derecho ni deseo; ¿qué valor tiene lo que no se pide ni se sueña?

Llegué, pese a todas las contradicciones existentes a mi alrededor, que solo la muerte regula la vida; ¿es la oscuridad la que da lugar a la luz o la luz a la negrura? No existe la una sin la otra, porque ambas son la misma ocupando el mismo espacio y lugar. ¿Quién cree que vive más, el que teme o el que espera? Como ve mi queridísimo amigo, es la muerte el comienzo y el final de todo, la vida, un mero instrumento necesario.

Ya sabe que ni la temo y, sabe también de mi carácter impaciente, tampoco quisiera esperarla.  He rechazado todos esos placeres que solo son entretenimientos absurdos; pasatiempos que ponen de manifiesto el vacío en esta espera o ante este miedo. Me gustaría ejercer mi libertad de pensamiento que tanto me gusta practicar y que tantas veces he tenido que ocultar para poder vivir la vida según los otros. No soy libre, y la libertad solo vendrá con la muerte. No se imagina cuanto añoro volver a aquel estado en que solo estaba yo. Sería la paz para una mujer que ni quiere ir ni volver.

De hecho, visité a todas las emociones calladamente, ya recordará aquella hilera de parlanchines, curanderos, médicos y cualquier otro que mi padre decidiera a buen menester visitarme para encontrar una cura a la languidez que tanto distingue mi persona. Podría decirle que, hasta sentía un gozo extraño cuando se preocupaban durante las largas temporadas que me negaba a hablar con el único objetivo que mis pensamientos volaran lejos. Me sentía un águila sobrevolando a pequeños conejos. No encontré a ninguna que me diera la paz y allanara esta sensación de un algo yermo. ¿Qué valor tiene mi vida y su tiempo, si ella misma no lo tiene? ¡Qué absurdo es dar importancia al continente más que al contenido! Y yo, amigo mío, no tengo mucho más para llenar este vacío que me cubre por dentro. El cauce se ha perdido y el caudal ya ni emana del pequeño manantial que hasta este momento evitó esta sed de descanso perpetua.

Perdóneme por el peso que al leer estas letras dejaré caer sobre usted, pero con un solo pensamiento de alegría será más que suficiente en mi memoria y el secreto de nuestra correspondencia; no quisiera causar más dolor a quienes me rodean con todas las ideas que no debieran corresponder a una mujer. Viva o muerta, continuaré depositando en vos la confianza surgida en aquel instante en el balcón del salón de baile…

Gracias por siempre, por todas las palabras al aire y recogidas.

Amanda.

Autor: Diodama

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