Azota Medea

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Al anudarse el delantal negro, decidió no poner el lavavajillas y llenar el fregadero con agua para lavar aquellos trastos que la esperaban desde la noche anterior.

Pensó en él, aun sabiendo que era una fantasía la relajaba. Notaba la humedad que se colaba entre sus dedos, dejando como un repujo la marca de la caricia que se desliza sin vuelta. Suspiró, ni siquiera eso llegó y soñó con sus manos agarrándola por la cintura y atrayéndola hacia él.

Nada de esto sucedería, la devastación y la aridez de un desierto llegó como un aire silencioso que recorrió la cocina por la encimera. Volvió a pensar, alargando el instante de él para con ella, en un lugar que no existiera pero que pudiera guardarlo como oro en paño y secarse las manos. Se dio el permiso para desear sin miedos ni tapujos. Los pechos se le erizaron y la ternura emanó calmada.

Aun no estaba muerta, al fin y al cabo, quedaba un lugar por recorrer. A pesar de todo, lo había hecho, con la cruceta cerrada de sus piernas, pero el deseo abierto para otro hombre.  ¡Qué no es capaz de hacer una mujer! ¡la infidelidad secreta con la que dejarse arrastrar y llevar sin cuerpos ni jadeos, ni siquiera cenas clandestinas! El equilibrio sobre la cuerda para soportar a ambos. ¡Qué no hace una mujer dispuesta a crear los sortilegios mas enrevesados y las pócimas más oscuras! «¡Bruja! ¡Bruja! ¡Bruja!» Se repitió a sí misma como si volviese a leer y oír los mensajes y los tonos de voz que marcaban su destino. 

Se sonrió para sí reconociéndose en el pensamiento sabio de las mujeres que se pierden adrede en el bosque y que acaban sin distinguir un árbol de otro, sin cesar en la repetición qué el error más grande es creer que el hombre amado esté cubierto por el amor que le previene. Un alivio torcido, que son las otras quienes no aprendieron la lección ni distinguir la luz entre los troncos, pero al deambular por mucho tiempo, solo hay uñas marcadas en las cortezas, dejadas al tiempo y a la cura del aire; heridas abiertas que se llenaran de bichos y, con suerte, albergaran algún tipo de vida, o bien se abrirán más y más hasta romper sin remisión ni pócima.

Si él supiera lo fácil que era; palabras que avivaban el deseo y buscaban el placer, sueltas, pérdidas en líneas y evocadas por fantasías masculinas sin más valor que la red que recogía ideas flotantes y deseos ocultos.  Medea recorría los bosques ataviada y dispuesta a reconocer todos los secretos bajo las piedras; tal vez, sus propias palabras taparan la sordera de quien no levantó murallas alrededor de su propia cama. Igual de cobarde como el resto:

—¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! — Le escribían a veces precisamente todos aquellos que dejaban en casa vacías a mujeres como ella. Justicieros voraces de la mujer deseante y adoradores de cuerpos que ni existen para soportar con liviandad los remordimientos de la traición y la deslealtad. Creyentes de un mismo credo de fantasías y derechos.  ¡Ay cuántas retornaran a Medeas!…

Respiró profundo, quitando el tapón del fregadero para mirar como el agua torneaba y entraba por el agujero del sumidero. Al menos entre sus piernas no abiertas y su corazón maltrecho, hubo un espacio de verdad propia, dibujada y única torcida de un llanto silencioso, pero traída con mimo a cada presente como una hamaca colombiana que se tiende entre dos árboles para dejar trascurrir la tarde.

 Medea se transformó en araña mientras tejía y tejía de aquí y allá con su propio hilo. ¡Lo que hubiera dado por no tener que ser quien fui!  ¡Por haber encontrado las murallas que la protegieran de sí misma!  «Pero Medea siempre será Medea» se dijo en voz alta para tranquilizarse: «siempre lo será cuando no haya motivos para no serlo» Sabiéndose engañada por si misma por aquellos pensamientos.  «No, no era cierto» volvió a decir, solo reclamó la libertad de su deseo y lo ejerció sin miedo, con la libertad sobre la cabeza y un hueco oscuro.

Se secó una mano con el trapo de cocina y después otra, mirando como su derecha y su izquierda debieran confluir en un centro y supo que no había forma.

¿Quién con los años puede creer el argumento de niños? Una verdad vestida de cobardía y escondida entre la morbosidad. ¡Cobardes al no poder soportar la tentación y hacerse en un acto de valentía hacia la fidelidad que nadie les obligó prometer! Ahora ya sin piel y sin cuerpos, ¡cobardes al cuadrado! “¿Qué nos queda a nosotras? ¿Sería mucho desear ser deseadas cada día, cuando todos los mitos sobre nuestros cuerpos hayan sido desplegados de mil formas diferentes y amarnos cuando quedemos realmente desnudas sin artificios? “No pudo evitar preguntar al agua que se deslizaba sin respuestas.

Una mujer sabe cómo resolver las revueltas y apagar fuegos y enfrentar al hombre y su deseo.  Medea se atavió de guerra y de furia; fue él y ellos quienes vinieron a llamarla a gritos.

«Podría, no había otra solución», volvió a sacar la voz, si ella no conformaba una realidad diferente, a pesar de todo, nadie lo haría. Cerró los ojos por un momento y volvió a la noche anterior, y a la calma de un suspiro que llegó hasta ella como una estaca; el alivio de quien confiesa, la carga perdida en el trayecto, y la resistencia que cae para afrontarse así mismo. ¿Quién puede negarle ese derecho y quien castigar por estar vivo? Las lágrimas cayeron sin desconcierto, como si estuviera desde hacia tiempo preparadas para brotar, colocadas en la esquina del ojo esperando su turno. Nunca volvería a él. Medea ocuparía todo su espacio. Muchos años fueron de interrogantes y de valentía para labrar un camino incierto de exploración, dispuesta a conocerlo todo para amarlo con todo, para sentirse amada en todo. Fatal error, hay quienes no alcanzan ni siquiera para ser peones en una partida de ajedrez.

«¿Qué deseo?» se preguntó. Se alivió con una sonrisa de soslayo, hay un placer momentáneo en el simple hecho de desear, como si su propia fuerza de existir fuera suficiente, no para alcanzar lo deseado, pero si para ser consciente que aún se da el movimiento y los espacios abiertos  De inmediato, la pena: la tristeza ancha y grotesca que se expande sin límites y que ahoga por tapar cada poro de la piel,  su deseo y su melancolía, le recordó las guerras perdidas y todas las ganadas.

«Deseo volver a la vida; a aquellas ilusiones estúpidas que la hacían sonreír sin parar, o al placer del algo aprendido que nunca antes supo y los ojos abiertos ante el descubrimiento». Se sentía vieja, agotada y cansada, tornada de mil batallas marcadas en el cuerpo y en el alma. «¿Podría rejuvenecer? ¿dónde está el elixir mágico?» Sonó como un eco, aquel que le borrara media vida sin retorno.

Volvió a pensar, pero esta vez lo hizo parando el tiempo, viajó a un lugar mirando el fondo vacío y los vasos y platos puestos a secar en el lado derecho. «Tiempo de calma» se dijo, tiempo de reborde y de talento, «ahora o nunca» sonó al fondo de su cabeza. Apareció la sensación de un requiebro, del momento justo donde la vida puede cambiar y abre puertas nuevas de mil colores, «ahora o nunca» se repitió, «es el momento de la fuerza».

Sabia que nada de lo ocurrido era por ella, pero ¿a quién rendir cuentas? ¿al destino? Todo podría haber sido diferente: no podría no existir el engaño, podría no haberse casado, podría no haberle parido hijos, podría haber hecho tantas cosas que no hizo y se quedó con todas la que sí sintiendo que eran las adecuadas. Normal la tormenta, y la frustración y el dolor y la pena. Ella también era humana y en esa humanidad la sed de venganza.

«¿Para qué? Se preguntó: «¿Para qué?». Los años y los dolores le habían enseñado a ser un poco más sabia, solo una chispitina, lo justo para intentar no repetir una y otra vez los mismos errores y no caer en la monotonía estúpida del mismo sufrimiento.

Esta vez era otro, enorme sí, pero ella deseaba a sus lindos ojos grandes. Hacia mucho que su deseo se marchó, como si su cuerpo reconociera poco a poco la fuga de ambos cada cual por su camino. Decidió entonces, con una serenidad infinita el reconocimiento que en parte ya estaba muerta. Ahora o nunca tocaba luchar por ella y su futuro.

Se secó las manos, recorrió la distancia hasta el dormitorio para buscar el pequeño bote de crema untándoselas. La tristeza se reveló por el momento de mimo que podría recordar al tacto que no volverá, a las sensaciones de amar, y a la soledad comprada en el ombligo y llevada a cuestas sin descanso.

Firmó con una promesa personal, tragarse las llaves de su libertad por un tiempo, soñando dos ideas; el mejor de los futuros para sus hijos, y el recuerdo de al menos poder contar un deseo. Aun no estaba muerta, aunque a veces eran extraños los momentos de vida de tan distantes que eran, pero aun no estaba muerta, ella sabía de sí misma.

«Ámalos y olvida, que ya solo sean tus estatuas de sal, ahora o nunca» Se dijo por si propia voz tal su vez le diera el empuje.  Apretó los labios, secó las lágrimas y rogó por su propia fortaleza. «¡Ojalá no me muera por el resto, ninguno de este par de mamones cobardes va a acabar conmigo! Se dijo y se atusó el pelo. No hay lugar para el sentimiento  y las lágrimas le mojaron la sonrisa. ´

Medea había nacido diferente con carne y piel y huesos, y un amor completo en el olvido y un corazón perdido en el arrastre.  Medea luchaba con las cuerdas para poder atarse a sí misma, y que al menos le quedara los recuerdos. Medea buscó la fortaleza de la resistencia y el amor propio que ninguno de ellos se la merecía, ¿habrá acaso mayor venganza cuando Medea escapa?  ¡Ningún otro hombre existirá para Medea! Y con ello, ¡la libertad en la propia muerte! Nunca. Entre los dos la mataron.

Autor: Diodama

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2 comentarios en “Azota Medea”

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