Dios-a-mujer

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Lo tengo a mis pies, tal cual. Solo sabe suplicarme de mil formas diferentes que desea que yo sea su Ama, su Reina y Señora y que, su culito lindo y por estrenar, lo tiene a buen recaudo esperando el momento que yo decida hacer uso del poder que ni siquiera le pedí.

No quiero atender a su demanda, la considero una pura provocación de reclamo de atenciones y a ser posible también de unos cuantos reproches que le trasladen al mundo del sometimiento y a la euforia de sentirse altamente entregado.

Elijo guardar silencio. Y leer, atender a cada palabra, cada coma y cada deseo oculto que veo entre sus líneas y que no estoy dispuesta a otorgarle. No, aun continuo con mi propia resistencia a no dejar ver y trasladar todo el poder que puedo ejercer y que sé que tengo.

Me gusta conversar con él y preguntarle cómo es posible que a pesar que jamás he dicho que pertenezca al mundo de la dominación, no deja de identificarme como Su Reina.

Le solicito que hable con total libertad. Me responde que no lo sabe, que aquel día, y el otro y después el siguiente, llenado por conversaciones inocentes y algunas otras no tanto, sintió la libertad para expresarse sin que yo desconectara. Que todas aquellas preguntas curiosas que le hice, abrieron una puerta a mil cuestiones que por las noches intentaba responder.

Desde entonces me sueña. Y me elige.

Leo con tranquilidad y pienso de dónde nace toda su necesidad. Y desde donde yo miro sin comprender.

Le pido por favor, no quisiera aumentar su deseo y hacer crecer el calentón psicológico, que esperé en línea unos quince minutos. Acepta sin rechistar.

Me retiro de la pantalla y me marcho a la cocina a preparar un té. Salgo a la terraza y me coloco en mi rincón de pensar y cuento cuántos han sido sin preocuparme si quiera por sus nombres:

Aquel tonteo virtual sin ir más allá hace años con un chico, y qué al negarme a mostrar mi rostro y voltear el portátil colocado en mi regazo, soltó un profundo suspiro al ver mis botas altas y negras sobre la mesa del salón. No fue premeditado, pero aceptó de buen grado aquella situación para abrirse y comenzar a llorar y soltar sobre mi cabeza toda su angustia y sus miedos; cargaba con el deseo de miles de besos sobre un par como las mías, y el miedo al rechazo, a la exclusión y a la obligación de una teatralidad dominante cada vez que conocía a una chica nueva. Preguntaba, a una completa desconocida, si alguna vez una mujer le amaría.  Me conmoví ante la confesión de un hombre tan honesto que me dio un pequeño impulso por unos minutos para continuar viviendo en aquel lugar de bambalinas, me trasformé en la voz de un Dios- mujer con la autoridad de un padre inexistente que pusiera orden a la frenética situación de dolor.

-Solo debes amar a una mujer con locura y ella sabrá como hacer el resto, trátala con respeto y tu serás el único que le amarre las botas. Y ella se sentirá la Reina de todos tus sueños. -deja que la vida pase. —Le sentencié con autoridad.

Me suplicó que no le dejara, me rogó que esa podría ser yo. Ahora la angustia se transformó en demandas hacia mi persona, y trasladó el pesó del poder de una balanza a otra, dejando a mis espaldas la decisión de abrir puertas que ni el mismo había podido mantener cerradas. Me negué. No quise aceptarlo, mientras yo aprendía en un momento al ser la voz de un Dios-mujer de altas botas negras, que el hombre que suplica no ama al objeto sino al ruego. Desconecté.

Otro me pareció encantador, con una libertad para expresarse y un diálogo fluido. De estos hombres que basan la conversación en hacer reír sin descanso. Solo pretendía deslumbrarme con su dinero y con su vida de placeres, buenas fiestas y cenas; lugares simulados de paraísos que para mí solo suponían nubes de hielo en las noches. Pero acepté aquella invitación porque, al fin y al cabo, ninguno somos a la primera quienes somos y parte de ese juego de la seducción no es otra cosa, que ir desnudando al otro mientras te quitas la ropa.

—Ganarías mucho dinero. Ni siquiera te tocarían, no tienes que acostarte con ellos. Yo podría enseñarte, serian con contactos exclusivos y discretos, en buenos hoteles o casas. Tu siempre serás quien decida. Eres perfecta para ello, lo derrochas por los costados, tengo buen ojo. Lo he visto al verte entrar. —Me dijo sonriendo de nuevo como si pareciera toda una broma de las suyas. Yo me reí para continuar en mi papel de risueña sin malicia.

—No, si quieres que sea poderosa, yo seré quien cuente el dinero y tu pongas el látigo. ¿qué te parece? —le dije con la nariz alta.

Me miró al decir:

—¡Qué desperdicio!! Condenada a trabajar por un sueldo. Y yo ver como se me escapa el dinero. ¡Joder, eres de las buenas! ¿no querrás que te suplique? —dejando caer su sonrisa burlona que esta vez no quise recoger.

Nos despedimos cordialmente y respiré. A veces el precio de una mujer viene envuelto en papel de regalo y lazos estúpidos de libertad. Al tiempo descubrí que mi amiga no supo decir no. Y aún así, continúo trabajando por un sueldo.

No le pedí nada, pasamos una noche de besos sin grandes pretensiones y de cuerpos arrastrados por un par de orgasmos ambos verdaderos. Se durmió por un rato, la persiana no funcionaba bien o no quiso bajarla, y la luz de la mañana entraba por la ventana situada a la derecha del cabecero.

Me levanté tranquilamente, con parsimonia, me gustó ver el cuerpo dormido de un hombre al desnudo. En su país el sol asomaba poco y la piel era blanca casi traslucida. Delgado, como una estatua de mármol que descansa cubierta por las arrugas de las sábanas enredadas en sus piernas. Aún conservaba increíblemente en pie a su linda polla. Esbelta como nunca había visto otra, y larga, demasiado larga. Me situé completamente desnuda a los pies y me incliné. Tracé una línea simulada con el dedo desde su glande hasta ver que tocaba en el espacio la punta de su nariz. Mis propios brazos rozaron de refilón los mismos pezones que un rato antes había mordisqueado. Me convertí en la pintora que marca el encuadre del erotismo, y percibe a la luz recorriendo la piel con el trayecto dibujado por el pincel seco. Era bello, adoré su imagen llena de quietud después del despliegue de suspiros y empujones a veces descoordinados en aquella cama tan pequeña. Y me di cuenta, de la perfección de su nariz que dividía al rostro en dos simétricamente como las estatuas griegas. Allí, aquella noche había alojado mi deseo, en la belleza de un hombre en su proporción. Me sonreí por lo absurdo de mis conclusiones y orgullosa de la delicadeza de transformar lo más mundano como es el sexo, en un cuadro de colores del alba.

Se levantó para trabajar y yo me quedé en esas mismas sábanas aun calientes olientes de coño y polla, mezclado en un perfume humano que respondía a la necesidad de encontrar lo que ni sabemos que tenemos. Me desperté con un beso, unas palabras mal dichas en español, y un perfecto desayuno sobre una bandeja antigua y descolorida. No seria el primero ni el último en regalarme tanto mimo a modo de ofrenda. Y yo de tomármelo como un acto de cariño que surgía de un lugar de aprecio. Volvimos a perfumar las sábanas.

Se me ha acabado el té, y ni he comenzado la lista de recuerdos. ¿Qué los une a todos?  Me pregunto. ¿Qué me pidieron exactamente? Si tuviera que resumirles en una sola frase, ¿Cuál sería? Aparece entonces desde la nuca para recorrer en sigilo el resto de mi cabeza como un sendero de hormigas:

—La imagen de una mujer hecha a su deseo. Sí, con total seguridad, todos han soñado una mujer concreta, enmarcada bajo el poder, subida a tacones o botas altas, con el aplomo suficiente  para soportar sus perversiones y ser el brazo ejecutor que las realice. Solo buscan una mujer valiente que les arrastre y le enfrente a la verdad latente. ¿Quién sería yo entonces para ellos si alguna vez hubiera dicho un sí? … Solo el objeto deseado y transformado, repujado a la voluntad silenciosa de sus pollas duras, el choque entre la angustia y la valentía de verse a si mismos rompiendo ataduras que otros vinieron a ponerles. ¿Represento en cuerpo la libertad que no se toman o dibujarían en mí su voluntad? Todos ellos continúan siendo amos, aunque disfrazados, seres exigentes para una mujer, aun con un collar de perro puesto al cuello y palabras hirientes en sus oídos.

Aún continua en línea, para él es necesario sentir el orgullo de la obediencia. Me pregunto a qué recuerdo extraño sin sentido vuelve con este comportamiento. Quién le obligó a esperar demasiado y cuánto dolor le produjo su ausencia y la renuncia a que su voluntad no constituyera nada para el otro. Igual son imágenes absurdas en espacios alternos que se anuncian como fantasmas para recordarle de lo inverosímil de la realidad confortable que vivió cuando aún no era nadie. Tal vez no pueda superar la tristeza de la renuncia y la verdad de la soledad de todo ser humano. Nadie puede llegar a saber de tales recuerdos.

—¿No te das cuenta que lo que pides no es posible? Quisiera un pacto de amor filial sin secretos donde puedas ser tú, no me pidas más. —le he escrito rápidamente.

—¿No me crees cuando digo que estoy enamorado? esto es más que sexo. Quiero hacerte feliz. —leo inmediatamente.

No puedo evitar responder con la primera cuestión que aparece intentando apaciguar las aguas:

—¿Dejarías a tu mujer por mí?

—Si eres mi Ama, sí. Te lo daría todo.

Está claro, solo desea la utilidad de una mujer adorada bajo sus botas.

—Creo que eso no pasará, mejor dejarlo aquí. — Y desconecto.

¿Dónde está el lugar de una mujer? ¿Existimos sin ellos y su reflejo? ¿sin sus deseos interpuestos sobre nuestros cuerpos y sus miradas suplicantes o altaneras? Un lugar de refugio sin los hilos subterráneos de sumisión o dominio, a veces tan poco evidentes y tan tirantes al intentar recogerlos.

Llevo meses soportando una constante pregunta cada vez que me siento a interaccionar amigablemente en línea con hombres: —¿eres sumisa o dominante? —. Han sido tantas veces que no me quedó más remedio que dejar la perplejidad a un lado ante una pregunta tan estúpida y carente de valor. En un mundo que cada día nos grita la libertad de todas las subjetividades, donde los limites vienen marcados por la infinidad, todo se reduce a: ¿tinto o blanco? ¿de derechas o de izquierdas? ¿carne o pescado? Se dividen o multiplican o hasta se diluyen las sexualidades, y a una mujer aún se le reduce a la dicotomía en los labios de un Dios-hombre.

¡Burdos, vulgares y cobardes todos ellos!¡ no comprenden nada! Sólo una mujer sabe qué es ser mujer, y solo una mujer se construye a sí misma en un juego continuo de vida y de retornos, poder mojar las bragas con un recuerdo, levantando el culo en un pequeño gesto imperceptible pero que recoja y me haga sentir la apertura incontrolable de mi coño, muchísimo mejor si nadie de los presentes imagina que le traigo conmigo.  Gozándole con su idea en mí y la irreverencia de conversar mientras le pienso y le deseo.  Guardarle, guardarle con los muslos deseosos de sus manos y dejarle retornar entre una neblina volátil, cuando mis dedos más tarde, convertidos en los suyos me hagan gemir a escondidas en cualquier lugar tapándome yo misma la boca con la otra mano, follándo a mi propio secreto, e imaginando las caderas sujetas, sus suspiros entre mi pelo, y su lengua loca con la mía, en los descansos que los dientes muerdan sin sentido la piel y mis pezones.

¡Estúpidos todos ellos que pretende reducir mi deseo en una pregunta! Un hombre jamás puede alcanzar la magnitud del deseo de una mujer, menos aún dominarlo. Es un “algo” escrito y que aparece sin previo aviso y que me hace soñar con todas las estrategias para llevarle a mi laberinto.

Volverme loca, abocada a las ganas, a sus ojos, a su polla, a su todo. Volverle loco en un ir y venir, para ser una y otra vez una mujer distinta y nueva, que le coloque en el abismo de no poder comprender, por qué cruzo el salón soltando un comentario sin malicia: —Aún hoy no he tenido tiempo para ducharme— y que él recuerde que aun esa misma mañana le desperté con la cabeza entre sus piernas y me dejé montar,  sin saber que las sabanas mojadas solo era el anuncio de la humedad que dejó dentro y que todavía chorrea y siento.

Lo indómito no se controla, solo se disfruta, porque siempre habrá un desacuerdo constante, aunque los cuerpos estén presentes y cercanos, que marcara una distancia lejana entre el deseo de un hombre y de una mujer. Se quedarán en el camino del intento de la conquista, girando tontamente sobre sus propios ejes buscando lo inalcanzable. Solo una mujer sabe que es ser mujer, y no hay hombre que pueda contender la magnitud.

Arrodillados o en pie vestidos con trajes negros, bailan en torno al cuerpo femenino; ellos solos se esclavizan en el sueño de códigos y líneas de una mujer imaginada que no existe y desean encontrar. ¿Y nosotras? Abocadas a una máscara que oculte lo que no se nombra.

¿Dónde está mi libertad?

En mi deseo inmutable.

Solo el derrumbe de la máscara, para ser mi propia puta Ama.

Y al resto, que se taponen sus lindos culos y se peguen a la pared.

Autor: Diodama

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Diodama

3 comentarios en “Dios-a-mujer”

  1. Diodama, me ha encantado. Es un relato magnífico y esto es lo más sincero que te puedo decir.
    Tú sabes que se me piran las letras y a ratos leí “Alma” en vez de “Ama” (luego ya volví a leer).
    Pero vamos, que en el comentario que me dejaste en “Saltos” estaba convencida de que habías escrito: “Estoy intentando volar” en vez de “votar” y xDDDDDD, pues qué decir, me parecía tan coherente y bonito que ni me resultó extraño. A saber si ya es miopía presbicia x 1ooo o que los ojos ven lo que quieren ver, o ambas cosas!

    1. has visto a Paul Newman, se lo mande a Nacho en favor del lado femenino!!!! ay que cuerpos!!jajaaj. Ha sido un relato que he tenido que dedicarle su tiempo, se ha construido a ratos. De hecho eran varios que he montado en uno, creando el hilo conductor. Me alegro que te guste y gracias por leerme.. tenemos que echar otro ratito en el grupito was up

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