La entrega de los Oscar

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En el escenario, el cantante, un joven mulato, terminaba su canción. Un nerviosismo reinaba en el concurrido cuarto de control, ubicado en lo más alto de la parte trasera de la sala. No se trataba de un programa de los llamados corrientes; era, nada menos que la retransmisión en directo del acontecimiento más importante del mundo de la cinematografía: la entrega de los Oscar.
Aplausos impacientes se oían mientras el cantante se inclinaba y mostraba una sonrisa, tras la que se ocultaba una indignación; la orquesta había arruinado sus arreglos musicales y había ahogado sus últimas notas.
De pronto, una voz enérgica sonaba en el interior del cuarto de control.
—¡Un minuto más, y pausa para la publicidad! -era la voz del director.
—¿Qué canción era ésa? –añadía preguntado el director, con una expresión de despistado.
—La segunda -respondía su ayudante Samantha.
—Pues era malísima. ¿Qué es lo que sigue ahora?
—El premio a la mejor adaptación cinematográfica de una novela. Vamos a enfocar ahora a los cinco candidatos.
El director miraba las cinco pantallas, cada una captaba a una persona diferente; cuatro hombres y una mujer. De un riguroso esmoquin ellos, nerviosos. Pero ella se mostraba indiferente frente a todo lo que la rodeaba; los ojos los tenía semicerrados, los labios ligeramente abiertos y movía la cabeza convulsivamente, como si estuviese oyendo una música proveniente de su interior.
—¡Parece que esa chica está drogada, pero qué bonita es! –exclamaba el director.
Empezaba la cuenta atrás para los comerciales. No bien acababan, se encendía una luz verde en cada pantalla. Podía verse al maestro de ceremonias regresar al estrado. El director hacía una toma de él, y su ayudante de dos famosos artistas, un hombre y una mujer, que subían al escenario entre los aplausos de la concurrencia. Las palmas despalmaban tan pronto empezaban a leer los nombres de los cinco candidatos, que a medida que los iban nombrando, ellos trataban, sin éxito, de aparentar indiferencia, mientras ella seguía dando la sensación de hallarse en otra galaxia.
Llevaban el sobre al escenario, que, con la acostumbrada pompa y solemnidad, era abierto con cierto suspense.
—¡El Oscar a la mejor adaptación de una novela corresponde a…! –la artista invitada hacía un receso en el momento culminante, miraba a su compañero, quien agregaba, con más énfasis…
— ¡¡Vivian Perkins, por… Las chicas malas están muy buenas!!
Un cámara fijaba a Vivian, que en principio parecía no haber escuchado. Sus ojos se abrían y sus labios esbozaban una sonrisa forzada. Empezaba a caminar. Otro cámara la seguía mientras se iba hacia la parte delantera del escenario. Sólo después de que bajase los escalones y se volviese hacia el público, le hacían una toma completa de su cuerpo.
—¡Oh! -exclamaba la ayudante del director, rompiendo el silencio del cuarto de control-. ¡Esa mujer no lleva ropa interior bajo el vestido transparente! ¡Quítenla del primer plano! -ordenaba.
—No –decía, lacónico, el director-. Dejemos que se le empine un poco a los cámaras.
Mientras Vivian caminaba hacia el micrófono portando su Oscar, parpadeaba varias veces seguidas, como batallando contra el sueño o contra el llanto, vayan a saber. Pero cuando abría sus bellos ojos, lucían resplandecientes.
—Damas y caballeros de la Academia, público en general –empezaba en un tono suave-. Si les dijese que no me siento orgullosa, mentiría. Esto es algo que sólo ocurre en los más disparatados sueños de un escritor o escritora…
Los aplausos la interrumpían, pero cesaban a petición de la galardonada, que hacía un gesto de calma con la mano que le quedaba libre.
—…sin embargo, siento resentimiento y pena a la vez. ¿He merecido este premio como mujer o como escritora? Creo que no hay duda de esto en la mollera de los cuatro caballeros candidatos, de haber sido uno de ellos el ganador. Pero todo lo que tuvieron que hacer era escribir su libreto, no estaban obligados a acostarse con todos y cada uno los participantes de la película para conseguir que ésta se llevara a cabo. No obstante…
Rugidos broncos corrían por la sala, confusionismo y nerviosismo invadían el cuarto de control.
—Comiencen ya a grabar! -se oía la voz del director-. ¡Corten! ¡Esperen dos segundo más! ¡Ahora! ¡No! ¡Pongan el VTR! ¡Quítenlo! ¡Dos segundos más! -se sentaba a medias en el asiento que ocupaba de detrás de su escritorio y echaba un vistazo a la sala a través de la ventanilla-. ¡Hagan tomas de las reacciones del público! ¡Ahí abajo se está formando la de Dios en Cristo!
Imágenes del público aparecían en las pantallas: mujeres aplaudiendo, gritando… Hombres abochornados, perplejos…
—¡Vivian, cuenta toda la verdad! –decía una señora, puesta en pie, y un cámara le hacía un primer plano a su acompañante, que intentaba por todos los medios hacerla sentar de nuevo. El director del cuarto de control ordenaba que dos cámaras siguieran permanentemente a Vivian cuando prosiguiera con su discurso.
—…no debo pasar por alto las manidas e hipócritas costumbres de dar las gracias a los que han contribuido a que ganase este Oscar. En especial y ahora sin hipocresía pero con cariño, a Chad Taylor, un detective de la policía de Hollywood, y a su encantadora hija Elizabeth. Les pido el mayor aplauso de la noche para estos dos grandes ausentes –la sala estallaba-. Mi siguiente agradecimiento es para mí agente, que siempre me decía que lo único que importaba era conseguir que se hiciese la película -llevaba la mirada hacia el lugar donde sabía que estaba, y no lo podía ver por culpa de las luces de los focos, pero dirigía su voz hacia ese sector-. “Supongo que estarás más tranquilo, ¿no?, como ves no ha sido tan difícil” –y seguía hablando para el gran público-. Todo lo que he tenido que hacer era, “simplemente”, acostarme con el productor, lamerle la entrepierna al primer actor y agitarle el sexo a la esposa del director. Gracias a ellos, porque han sido, tal vez, los que lo han hecho posible.
—¡Hostiaaaaa! -exclamaba el director del cuarto de control.
Pero el ruido del vocerío general, de nuevo medio ahogaban las palabras de la galardonada.
No obstante encendidos los micrófonos, la voz de Vivian podía escucharse por encima del griterío, que de nuevo cesaba cuando nuevamente aparecía la voz de la triunfadora de la noche:
—Y por último, dar miles de gracias a los miembros de la Academia por haber tenido el privilegio de haber sido la elegida como ejemplo de la escritora del año. Y en su honor, voy a descubrir una estatua que he mandado hacer expresamente para ellos.
Sonreía burlona mientras la mano que le quedaba libre tanteaba por detrás del cuello. De pronto su vestido caía al suelo, y Vivian se quedada quieta, con el Oscar en pose invertida sobre su desnudez. El cuerpo del muñeco cubría parte de los pechos y el estómago, y la boca de la cabeza calva parecía reír a causa de las cosquillas del vello del pubis.
Un escándalo monumental recorría la sala. Algunos espectadores, en pie, gritaban, jaleaban, vitoreaban, reían, mientras dos guardias de seguridad corrían hacia el escenario para intentar cubrir a la oscarizada. Cuando llegaban, uno de ellos trataba de cubrir a Vivian con su guerrera, pero ella, gloriosa y triunfal, apartaba la guerrera, a la vez que se bajaba del estrado luciendo, con un contoneo deliberado, su espectacular anatomía.
Una mezcla de asombro y felicidad se reflejaba en la expresión del director del cuarto de control, que antes de dar paso a la publicidad, decía:
—La entrega de los Oscar no volverá a ser igual después de lo ocurrido esta noche.
—¿Cubriremos los índices de audiencia? -le preguntaba su ayudante
—Eso espero…. Si no, sería una pena que la verdad no tenga la misma oportunidad de salir a la luz como la mentira.

Autor: Antonio Chávez López

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