Recuerdos que matan

Di que te gusta
Tiempo de lectura:2 Minutos, 30 Segundos

Recuerdo una habitación y unas batidas de sexo en un día frío y lluvioso de abril. Las gotas de la lluvia dibujaban etéreos paisajes en los cristales de la ventana. La nevera ofrecía rubias cervezas que anticipaban un placentero trago. Y las blancas y negras teclas de un piano azulado, repartían la melodía de un “Me embrujaste” de ensueño.

Recuerdo en especial un beso y un suspiro, y también los pétalos caídos de una rosa en el olvido. Y te recuerdo a ti, llegando a la habitación, oculta en los márgenes del tiempo y envuelta en la bruma de mis sueños.

Recuerdo tus sonrisas cómplices, tus insinuantes miradas de pecaminosa pasión, y tu gran capacidad para hacer de una simple habitación, un palacio, donde el deseo y la lujuria eran los majestuosos aposentos de los juegos de amor.

Bebimos estimulantes rubias. Tus mareantes vaivenes eran la fascinante coreografía de la sensualidad, eran seductores hechizos que transformaban mis sentidos con la magia que sólo se desprende de una hermosa mujer. Y sonreías ocultando la belleza en el enigma de tus labios y en el negro absoluto de tus grandes y bellos ojos.

Sobraba la palabra, el silencio era el preludio de un altar, donde la piel y el alma se unían en una excitante plegaria al placer. Era testigo directo de cómo la brisa de tu aliento iniciaba los caminos de la pasión, de cómo el más leve o insignificante vaivén, era el sendero por el que suministrabas la savia que alimentaba todo mi ser. Era entonces cuando comprendía que podía pasar toda la eternidad atrapado en los brazos de una despampanante hembra, la más hembra entre todas las hembras.

Pero, ahora no soy nada, tan sólo la apariencia de unos días deshechos en un pretérito y en un agobiante fuego de una angustia inmisericorde. Y, ahora, presiento que formo parte del vacío que modela tu ausencia, y de las inquietantes sombras que se pegan al sufrimiento de un presente que se amamanta de los repulsivos pechos de la parca.

Aún sigues en mí, amándote. Aún sigue mi pecho, abierto, y aún noto mi desgarrado corazón, desangrándose en el tuyo, que se ha convertido en un cáliz del que bebo hasta saciar la sed, y tu vientre de oro en el plato del que había comido los manjares más exquisitos.

Conmoviste los rescoldos, donde sólo cabe la diabólica presencia de una llama infernal, y sabiendo que mi lucha no era contra ti, me aterra pensar que se ha acabado nuestro sueño de amor.

He permanecido algunos años camuflado entre pesadillas. A duras penas he soportado nuestros miedos, pero de nuevo y con más ansia, la sed y el hambre de ti me arrastran a querer recuperarte.

Es por todo eso que te buscaré y me expondré a todos los inconvenientes, buscando en la brisa de tu aliento el pasaje que burle al tiempo, para que me permita volver a catar la apetitosa carne de tu cuerpo.

Autor: Antonio Chávez López

Sobre el autor

Antonio Chávez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *