Aquel sucio y ajado sombrero negro

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En lo más profundo de la región y próximo a Cerro del Hierro, una extraña silueta volaba bajo el violento temporal que azotaba a aquel histórico punto de la Sierra Norte de Sevilla. Tan abominable presencia, se sentía ama de las sombras y parecía bailar entre el fuerte viento y la densa lluvia que a esas horas de la noche se oían en cada techo de la aldea.

Para este ente, sólo era un juego, pero para los otros, eran fichas en su tablero. Él siempre decidía cuándo y a quién atacar, y esa noche tenía la certeza de que iba a incluir una nueva víctima a su ya extenso listado macabro.

Moviendo sus largas orejas, ésta terrorífica cabeza avanzaba velozmente dando gritos de alegría, y sabiendo que sus peculiares gritos iban a causar pavor a quien los oyese, y con un demencial gesto, impregnado en su cara, gritaba y hacía resonar la voz en cada rincón de aquel escondido pero histórico lugar serrano.

Mientras el ruin grito retumbaba bajo la torrencial lluvia, un angustiado hombre se retorcía en su cama, sabiendo que pronto iba a llegar su fin: su sentencia había sido firmada, no le quedaba más que esperar. Y con el temor recorriéndole el cuerpo, como un furtivo parásito, miraba la ventana de su cuarto buscando una centenaria higuera que se estremecía friolera por el temporal. Este devastado hombre no tenía duda de que iba a posarse en una de sus gruesas ramas su horrible e implacable verdugo.

El desolado hombre que se retorcía en su cama era Pepe Trigo o “el Pillo”, como le llamaban en la aldea; nacido y criado en este lugar; quería a su tierra tanto como a su hijo. No había cerro que no conociera, era un auténtico hijo de la tierra. Había visto todo en su vida, pero no estaba preparado para lo que iba a ver en estos dos últimos días.

Pepe había escuchado muchas veces esos fantasmagóricos relatos de clásicas historias que circulaban en cada rincón de cada aldea, que nacían bajo el alero de un abrigador brasero y un exquisito aguardiente. Pero no le daba importancia, los veía como macabros lances que sólo servían de comidilla. Pero, horas antes, todo había cambiado, y junto a la lluvia que en ese momento cubría la aldea, el espíritu de Pepe se anegaba de momentos de terror. Comenzaba a recordar la reunión del día anterior, donde esos absurdos relatos dejaban de ser meras fantasías, para transformarse en auténticas pesadillas. Recordaba que ese día había llegado temprano a la casa de su compadre Montesinos, o “el Tip”, como le motejaban sus colegas. Y poco después llegaba el resto de sus amigos: “el Cai”, “el Mico”, “el Leo” y “el Pari”, incluso “el Tori”. Todos ellos se juntaban en la mesa que se hallaba en el patio de la casa de “el Tip”, para compartir aguardiente, música y “la imprescindible rayita”, además de un sabroso conejo en salsa que servía para coronar la amistosa reunión.

Ese invernal atardecer discurría entre charlas variadas, pero el tema principal era recordar el buen caletre que habían tenido en la última cacería de conejos. Pepe disfrutaba de estas reuniones. Después de todo, ese grupo era una parte fundamental en su vida. Y así, entre anécdotas y chistes verdes, la noche se iba adueñando del lugar, y uno a uno de sus amigos se iban yendo de la casa de “el Tip”; algunos, obligados por el frío, y otros, por los efectos del aguardiente, y mientras iba terminando la larga jornada, sólo quedaba el dueño de la casa y Pepe, su compadre, que estaba pasado de copas, y él también, pero no quería irse porque habían empezado una mano de tute y en ese momento el juego tenía más emoción, pues se habían apostado una pechuga de paloma con tomate.

El tiempo avanzaba y la mano de tute empatada, con lo que las raciones de aguardiente habían disminuido a pequeños sorbos. Pero, de pronto, una inusual polvareda se alzaba en la calle, dando paso a un extraño remolino que danzaba sin control durante unos segundos y terminaba violentamente sobre el portón de la casa de “el Tip”. Pepe no se preocupaba, se levantaba y recogía los naipes que el insólito viento había desperdigado fuera de la mesa.

Cuando volvía, se encontraba con un encorvado anciano, que los miraba desde el portón. “El Tip” se percataba de la presencia del viejo, pero para verlo mejor se levantaba y encendía la luz que daba al portón. Lo primero que llamaba la atención de Pepe era el elegante traje negro que vestía, parecía como si lo estuviese estrenando; no tenía una arruga, aunque su traje contrastaba con el tono del ajado y sucio sombrero negro que cubría sus enmarañadas canas. Otro extraño detalle era que, aun el vendaval que arreciaba, los zapatos que calzaba estaban impecables; ni una partícula de polvo, ni una gota de agua; por contra, brillaban. Pero lo que más intrigaba a Pepe era el rostro del anciano, que delataba menos edad de la que representaba su encorvada figura y su encanecida cabellera.

—¡Buenas, ¿cómo les va con ese tute?! -decía el anciano, interrumpiendo el pensamiento que nacía de la mente de Pepe.
—Bien -respondía “el Tip”, acercándose al portón.
—¿Serían tan amables de darme algo de beber? Mi larga caminata nocturna me tiene sediento –les dijo, con un desgastado y tembloroso tono de voz, haciendo notar ahora su avanzada edad.

Se apoyaba en el portón, y una burlesca sonrisa se dibujaba en su peculiar expresión.

—No tenemos nada, abuelo. Siga su camino –le dijo Pepe, tratando de no detener su peleada mano de tute.
—Sí tenemos. Pase usted. El portón está abierto -le dijo “el Tip”, con un disimulado nerviosismo, anulando las palabras de Pepe.

Pepe miraba extrañado a “el Tip” y le hacía gestos como preguntándole qué estaba haciendo. “El Tip” movía la cabeza de un lado a otro y hundía los ojos en el suelo. Pepe seguía sin comprender qué estaba ocurriendo, hasta que, finalmente el anciano abría el portón y entraba.

Con lentos pasos se acercaba hasta la mesa y dejaba su sucio y ajado sombrero negro al lado de la baraja de cartas. Mientras se sentaba le lanzaba a Pepe una malévola mirada.

—No tenemos vino, pero sírvase una copita de este buen aguardiente–dijo “el Tip”, acercándole una temblorosa copita de cristal
—Gracias. Se ve que usted es más amable que su amigo –le decía el anciano, con una penetrante mirada clavada en Pepe.

Pepe, que no acertaba a diferenciar si la mirada del anciano encerraba una mueca de burla o de odio, miraba a “el Tip”, y con un gesto de manos le pedía que se serenase. Pero el anciano seguía con la mirada fija en Pepe. Después de algunos segundos, éste empezaba a sentir un extraño cosquilleo en todo el cuerpo, como si lo recorriese una pequeña descarga eléctrica.

Pasados unos segundos, un suave susurro comenzaba a extenderse por el interior de su cabeza, pero incapaz era de descifrar lo que oía. Un minuto más, y un punzante brillo en los ojos del anciano le hacía sentir un súbito escalofrío; el terror invadía todo su cuerpo, cual fulminante relámpago, dejándole inmóvil. Pepe se percataba ahora quien era aquel misterioso anciano.

—Muy bueno estaba su aguardiente, amigo. Pero ya me voy para que sigan con sus manitas. ¡Ah, y muchas gracias!

Y dicho esto, cogía su sombrero, se levantaba de la silla y con pasos lentos se alejaba. Pero antes de cerrar el portón, hacía una irónica reverencia con su sombrero en mano, y con un: “pronto nos veremos de nuevo”, les daba la espalda y se iba por donde había venido, dejando en el más absoluto de los silencios a Pepe y a “el Tip”.

El sonido del viento y la violenta lluvia que todavía caía, sacaban a Pepe el recuerdo de ese fatídico día. Con desconsuelo, miraba hacia la ventana de su cuarto y volvía a la realidad, como un reproche golpeando en su cabeza y de igual forma que las gotas de agua impactaban en los cristales de su ventana. Sabía que era el único culpable de todo, era víctima de su incredulidad; no debía de haber negado algo de beber al anciano. Debía haber captado rápidamente que era un maléfico brujo, pero no lo hacía y con semejante negación firmaba su sentencia.

En el momento en que el temporal amenazaba con arrasar con todo a su paso, la mortal hora estaba esperando.

Con las pocas fuerzas que le quedaban a Pepe, miraba su cuarto, y como una gigantesca bola de luz, miles de imágenes pasaban por su cabeza. Se veía corriendo, como un inocente niño, por los caminos de tierra de su pueblo; recordaba el primer beso que le había dado la mujer que iba a ser, algunos años después, la madre de su único hijo; oía los llantos de su nieto, y con la emoción empañándole el alma, miraba la ventana sabiendo que al otro lado estaba ese maléfico mito viviente, esperándolo en la higuera. Pero ahora no era un anciano, se había convertido en un siniestro Lucifer.

Bajo la tupida lluvia estaba la perversa leyenda que, con gesto alegre, miraba a Pepe por última vez, el cual cerraba los ojos y sus silenciosas pero angustiadas lágrimas caían a través de sus mejillas. En el momento en que las lágrimas empapaban su almohada, unos gritos malignos retumbaban en todo Cerro del Hierro, y con un cántico de brujo, cual trágico remate final, un sucio y ajado sombrero negro caía de la higuera y se convertía en una fétida rama negra.

Fue a más el violento temporal, hasta que finalmente… Pepe Trigo, alias “el Pillo”, moría calcinado.

Autor: Antonio Chávez López

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Antonio Chávez

2 comentarios en “Aquel sucio y ajado sombrero negro”

  1. Qué horror, Antonio (qué bueno!).
    Me fascina que este relato tiene un escalón inapreciable en la lectura cuando de pronto todo parece volverse onírico y dices: waaaaa! Lo vi todo. El Tip y Pepe en su partida de cartas, y ese anciano como la higuera retorcida que es el demonio mismo, sediento, amable de momento…
    oye Antonio, y aparte de esto, ¿qué es la rayita??? jaajajajajajjaja dime que mi mente está enferma porque pensé en que los hombres se metían coca xd, por dios. Es eso????
    Besos y gracias por escribir, te leo.

  2. Reyes, una “rayita” es cocaína en polvo que esnifan los “drogatas”. Y no es que lo sepa por haber esnifado esa porquería, sino por haberlo escuchado por boca de alguno de ellos. Aún mi edad, todavía no sé a qué sabe un porro de marihuana., ¡ni falta que me hace! jajajaja…

    Besos y gracias por leerme.

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