Dignataria Muerte

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Banda sonora

No quisiera un entierro lento, tampoco uno demasiado rápido que no me regale tiempo para ver las flores blancas sobre el ataúd; pequeñas, con sus puntas redondeadas y sus centros marcados por briznas de amarillo salpimentado.

El tiempo justo, ni más ni menos, la música acompasada y la soledad más infinita. Sola, absolutamente sola en esta soledad, que te envuelve hacia adentro y te cambia el color de la piel por un rojo intenso para secar la sangre al sol y dejar el resto al aire.

Así lo he planeado, con la dulzura de mis manos preparando la tela de muselina que lo envuelve, la más delicada y suave, en un blanco puro. Sumergido en el fondo, he tenido que bucear sin aire y sin ojos que vieran para arrancarlo del lugar que siempre elegí para su trono.  

No puedo contener el llanto, y me recorre un escalofrió, como la última sensación que roce este cuerpo. Miró con detenimiento lo pequeño de su forma y lo grande en su existencia, el fulgor que una vez reavivara mañanas y cambiaba luces y traía noches cortas y besadas sin descanso. Ahora no puedo encontrarlo en este bulto, apagado y decaído, se ha transformado en un recuerdo tan perdido y tan muerto que ni el retumbar de un hilo de vida cabria en sí mismo; muerto en profundidad, en todo su ancho y su longitud, desde la raíz hasta su centro.

No, no quiero campanas a entierro. Pienso velarlo en la intimidad de lágrimas constantes y en esperanzas efímeras de un resurgir que mueren en el mismo instante de su nacimiento, y que, con este acto, golpea a la idea de una huella marcada que cambia el caminante, pero jamás al sendero.

Mejor será el silencio, el absoluto, y algo de paja para llenar el hueco y no volarme en los días de tempestad, tal vez hasta debiera mejor ser piedras, que me aten así al recuerdo y a la pesadez de la pena de una presencia que se desdibuja, y a cada paso cargar con mi propia condena por un asesinato, arrastrando el hedor a muerte en mi misma.

Lo he matado, con estas mismas manos que lo amortajan, apreté sin dudar hasta acabar con el aire que lo rodeaba para volar a otros cuerpos y que creciera en cualquier otra alma. Lo adoraba como a un Dios que se reencarna, a él al completo, a la propia idea que le revuelve en un movimiento de existencia y luz. Y en el reducido espacio entre los dedos, en la grieta entre la carne y la uña, acomodé todas sus futuras semillas y les he prendido fuego.

No quisiera un entierro feo, al menos algo de bello por todo lo que un día siempre supuso para mí. Tampoco un ataúd tan minúsculo, necesito uno mayor para acunarme con el amor muerto y morir despacio. Sin su vida la mía se acaba.

Ya solo quiero un entierro y unas pequeñas flores blancas. ¿Vendrá alguno de ellos a cubrirme de tierra? ¿Serán capaces de velar el trozo mío y la herida abierta por donde su vida huyó?

Solo deseo un infinito y un momento de silencio. La quietud de este instante con el amor por el amor que amaba.

Ya solo quiero la muerte para quedarme con un pequeño hilo de vida. Aspiro tan solo a un entierro bello y a un último momento digno.

Autor: Diodama

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Diodama

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