Alexia y su nuevo padre

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“Siempre muere uno”, susurraba, con la mirada perdida.

Alexia dejaba de mirar por la ventanilla y llevaba los ojos al hombre que hablaba.

Durante los cinco meses escolares que había cogido el mismo autobús se había sentado junto a ese hombre, pero ésta era la primera vez que él dejaba oír su voz.

—¿Me habla a mí? –respondía Alexia, y, de pronto, en sus ojos aparecían lágrimas.

Miraba el hombre por encima, más allá de Alexia:

“¿Por qué esta nieve?”­, preguntaba, sin dirigir sus palabras a nadie.

“”Voy a morir pronto”, añadía, objetivamente.

—Mi padre murió –decía Alexia, mirando al hombre.

El hombre, por primera vez centraba su atención en Alexia. Su voz dejaba traslucir cierta turbación.

—¡Oh! -se disculpaba-. No me daba cuenta de que hablaba en voz alta. Estaba repasando el texto de una novela.

—No importa, señor.

—Siento haberte hecho llorar.

—¡Yo no estoy llorando! –respondía en tono enérgico, a la vez que se secaba las lágrimas con la manga de su chaleco.

—¡Claro que no! –agregaba él enseguida, mostrando una sonrisa amable.

De pronto, sentía Alexia un dolor en la boca del estómago. Se percataba, avergonzada, de que hacía mucho tiempo que no pensaba en su padre.

El rostro de aquel hombre era delgado y contraído.

—¿Vas a la escuela secundaria? –le preguntaba, de pronto, a Alexia.

—Sí -respondía.

—¿Qué año cursas?

—Segundo.

—Había pensado que estabas en el último curso.

Un leve rubor teñía la cara pálida del hombre, que se apresuraba en añadir:

—Es decir… no quiero que te ofendas. No entiendo mucho de jovencitas, además soy una persona distraída.

—No se preocupe, señor. A todos les pasa lo mismo, todos piensan que soy más mayor de lo que represento.

El hombre sonreía, advirtiendo que le había agradado.

—Disculpa de nuevo –insistía, y alargaba mecánicamente la mano-. Soy A. ChaLop –se presentaba.

Los ojos de niña se agrandaban por la sorpresa, a la vez que estrechaba la mano que le tendían.

—¿Usted es ese…?

No le daba tiempo a terminar su pregunta.

—Sí, yo soy “ese” A. ChaLop.

—¡Pero…! -titubeaba-. ¡Si coge este autobús todas las mañanas…!

—¿Conoces una manera mejor para ir a la estación del ferrocarril? -sonreía.

—¡Pero se están estrenando dos obras de teatro suyas en dos importantes salas de Madrid!

—Ya, pero no sé conducir –explicaba, y añadía preguntando-: ¿cómo es que sabes tanto de mí?

—Todo el mundo le conoce

—No, no creo que tus compañeros del colegio sepan quién soy. Quizá conozcan a las actrices y los actores, pero no a los escritores.

—Yo voy a ser escritora –anunciaba, de pronto, irguiéndose.

—¿Y por qué no actriz? Se ve que eres devenvuelta, además de bonita para ser actriz.

—Gracias –respondía, al tiempo que se sonrojaba-. ¿Pero acaso hago algo malo con que quiera ser escritora?

—¡Claro que no! Pero no es corriente. Muchas niñas soñadoras quieren ser actrices.

—Tal vez también sea actriz dentro de algunos años, pero ahora tengo otras preferencias –se reafirmaba.

—Pareces decidida. Me gustan las personas como tú -la animaba.

El autobús había llegado a la estación del ferrocarril. A. ChaLop se levantaba de su asiento y, sonriendo le decía:

—Nos veremos pasado mañana y hablaremos otro poco, ¿te apetece?

—Por supuesto que me apetece -respondía Alexia.

A través de la ventanilla veía desaparecer a una figura alta y delgada, vestida con un impermeable gris, hacia la sala de espera del Talgo Sevilla-Madrid de las 8,07 HORAS AM..

Uno de sus compañeros del colegio, Pedro, la estaba esperando en la puerta de la escuela.

—¿A que no sabes a quien he conocido ahora en el autobús? -le preguntaba y, sin esperar su respuesta, decía-: ¡al escritor A. ChaLop! ¿Te das cuenta? ¡He venido sentada a su lado todos los días durante el curso, sin saber quién era!

—¿Y quién es ese? –le preguntaba Pedro.

—¿Y quién es Dios? ¡No te jodes! -respondía, con un rostro de pocos amigos.

Cuando Alexia tenía diez años, ocurrían dos cosas que después cambiarían su vida. La primera era que su madre se volvía a casar. Y la otra que escribía un cuento, que transformaba en una obra de teatro que era representada el último día de clase. La había titulado Escena sangrienta. Y lo era, puesto que al caer el telón no quedaba nadie vivo en el escenario.

En su calidad de autora, se había asignado el papel de una malvada súbdita, condenada a muerte por el Rey, pero que resucitaba, como una bruja, dispuesta a vengarse.

Disfrutaba Alexia con su sensación de poder. En ese periodo era la colegiala más famosa del Quinto Curso.

Por primera vez sentía el impacto que causaba en los demás, a la vez que reconocía que todo lo que había escrito era la fuente de la sensación de poder.

Más tarde, llevando en alto el premio al más imaginativo trabajo literario que se le había otorgado, y aún con la cara negra por del tizne del maquillaje de bruja, se iba hacia la sexta fila de butacas, donde estaba su madre, y le decía con énfasis:

—¡Voy a ser escritora, mamá!

Su madre, Marta, que se encontraba sentada en una butaca junto a la butaca de A. ChaLop, sonreía. No había prestada atención a la representación de su hija. Estaba absorta, pensando en la proposición matrimonial que le había hecho el señor Chalop.

—¡Eso es magnífico! -respondía-. Pero quiero recordar que me habías dicho que querías ser actriz.

—Eso pensaba antes, pero ahora he cambiado de idea.

—Estabas muy bonita -añadía su madre-. ¿No la viste tú así, Antonio?

—¡La más bonita de todas –asentía, entusiastamente!

Alexia se quedaba mirándolos. Estarían ciegos. El maquillaje iba destinado a hacerla parecer una bruja horrible.

—¡Pero si mi maquillaje era un espanto! –respondía, al fin.

Marta se sonrojaba, pero respondía:

—Pues nosotros te veíamos muy bonita.

Luego de despedirse de los padres de otros alumnos, se fueron a cenar al Sevilla es especial: un restaurante con vistas al Guadalquivir, con mesas iluminadas con velitas color cielo.

—El señor ChaLop y yo tenemos que decirte algo -anunciaba, de pronto, su madre mientras les servían los postres.

Alexia no escuchaba lo que le decía su madre porque estaba mirando a un hombre y una mujer, borrachos “metiéndose mano”, sin cortedad, en una de las mesas del fondo del local.

—¡Alexia! –gritaba su madre.

—¿Sí, mamá?

—Te decía que tenemos que comunicarte algo.

Y Alexia se convertía, de pronto, en una niña obediente.

—Sí, mamá.

La madre se iniciaba a hablar, confusamente.

—Desde que murió tu padre, bueno…, ya sabes lo complicado que me ha sido ocuparme de ti y tu hermano y a la vez acudir a diario a trabajar en la oficina del señor ChaLop.

Alexia empezaba a comprender, pero no estaba segura de sí le iba a gustar lo que seguía a continuación.

Marta llevaba sus ojos hacia ChaLop, en busca de ayuda, que asentía con la cabeza. La mano del hombre cogía la mano de la mujer por debajo de la mesa.

—Hemos pensado que sería bueno que tuvierais de nuevo un padre. Tu hermano tiene ocho años, y un niño necesita un padre para que lo acompañe en algunas cosas. Ya sabes, jugar al fútbol, ir de pesca… y así por el estilo.

Miraba Alexia primero a su madre, y después al pretendiente de su madre, que le parecía que lo conocía.

—¿Quieres llegar a decirme que vas a casarte con él? -había un dejo de antagonismo en su voz. A ChaLop y su difunto padre eran muy diferentes. Su padre era divertido, pero ChaLop casi nunca sonreía.

—¡Alexia, ¿qué forma es esa de hablar del señor ChaLop?!

A. Chalop tomaba la palabra por primera vez, tranquilizadoramente. Como si lo hiciera con el director de su editorial.

—Seré bueno con vosotros. Tú eres una niña encantadora y me gusta mucho tu hermano.

—¿Y yo no le gusto? -decía, con lapidaria lógica infantil.

—¡Claro que sí! ¡Por supuesto! –respondía enseguida, nervioso-. Pensaba que había quedado sobreentendido.

—Su retórica está muy bien para la galería, pero no lo dijo.

—¡Alexia! –de nuevo se oía la voz aguda de su madre-. ¡No te permito que le hables así al señor ChaLop!

—No pasa nada, Marta -terciaba él, quien añadía, mirando a Alexia-: tú me gustas mucho, y me sentiría muy orgulloso si quieres que sea tu padre.

Lo miraba detenidamente, y entonces le venía a le memoria que lo había conocido siendo una niña en el autobús que la llevaba a la escuela y también llevaba al escritor A. ChaLop a la estación del ferrocarril. Recordaba también que era un señor con una bondad y una ternura ocultas, además de ser sumamente despistado.

—No pretendo reemplazar a tu verdadero padre. Pero amo a tu madre y seré justo y comprensivo con los tres -añadía ChaLop, al no obtener respuesta de Alexia.

Alexia, de pronto empezaba a sonreír. Le dijo a A. ChaLop:

—¿Puedo ir en el cortejo nupcial?

A. ChaLop la miraba aliviado

—Tendrás mi aprobación en todo lo que sea normal, que entonces podrás hacer lo quieras–respondía, sonriendo por primera vez, y llevando su mano sobre la mano de Marta-. Menos ser la novia, claro –sonreía.

Al año de la boda, A. ChaLop adoptaba legalmente a los hijos de su esposa, con lo que el primer apellido de la ya adolescente niña pasaba a ser ChaLop. Una tristeza la invadía la primera vez que lo escribía. Ya no quedaba nada que le hiciera recordar a su padre biológico. Pero al mismo tiempo sentía ilusión y alegría por llevar el apellido del mejor escritor español de la época.

Autor: Antonio Chávez López

Sobre el autor

Antonio Chávez

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