Su único amigo

Di que te gusta
Tiempo de lectura:12 Minutos, 32 Segundos

Me extrañó que Ruiz llamase a mi consultorio y me pidiese que fuese a su oficina para inspeccionar a su gato. Desde que se ofendió porque le cobré mil pesetas por una operación de castración a uno de sus caballos, que padecía de cáncer de verga, y aunque hacía tiempo de eso, acudía a otros veterinarios de la provincia de Sevilla. También me extrañó que un tipo como él se preocupase tanto por un gato enfermo.

Ruiz era el hombre más rico de la comarca. Se dedicaba al comercio con chatarras, y además tenía negocios de transportes y cuarenta o cincuenta caballos de raza para competir en carreras oficiales. De hecho, hacía lo que fuera, aunque siempre legal, con tal de obtener beneficios. El dinero era el motor que guiaba su vida. Y cuidar de un gato, no significaba negocio. De ahí mi extrañeza.

Una de las cosas que pensaba mientras conducía hacia su oficina, era el hecho de que tener una mascota, redunda en un motivo de afecto, una vena de sentimiento, y esto no encajaba en la idiosincrasia del irascible Ruiz.

Una vez que llegué, me encaminé campo a través cubierto de chatarras, hasta un cobertizo, en el que él dirigía su imperio. Estaba sentado detrás de su escritorio. Su obeso cuerpo estiraba hasta el límite las costuras de su traje azul, brillante por el uso, y sobre su cabeza llevaba un mugriento sombrero negro, echado hacia atrás. Su rolliza figura mostraba una expresión arrogante, además de despedir una mirada hostil.

—Este es su paciente -así me saludo, frunciendo el entrecejo y señalando un gato negro y blanco sobre su escritorio.

Conociendo su mala educación, no esperaba que me diese los buenos días, ni que me mirase siquiera. Me acerqué y acaricié al gato, que me recompensó con un ronroneo. Era un gato de un tamaño grande, con un pelaje largo y unas vetas blancas y atractivas en pecho y patas. Me agradó a primera vista.

—Bello felino –susurré-. ¿Qué problema tiene? –le pregunté.
—Es en una pata, cojea -respondió, mirando al gato.

Palpé a través del mullido pelaje del animal, pero al llegar a un punto a media extremidad, el gato respingó. Saqué las tijeras de mi maletín e hice un pequeño corte de pelo en una zona reducida. Y entonces pude ver una herida transversal profunda, de la que salía serosidad. Me quedé perplejo un momento. Llevé la voz hacia Ruiz, con la idea de informarle:

—Quizá sea un corte, pero hay algo extraño en él. ¿Sale al solar y juega con la chatarra?
—A veces –esto fue lo único que respondió.
—Entonces, se habrá cortado con algo punzante. Voy a inyectarle una dosis de penicilina, y le dejaré un bote con pomada para que se la apliquen en la herida, mañana y noche durante diez días consecutivos.

Por experiencia sabía que algunos gatos se resistían a las inyecciones, y dado a que su defensa de armamento incluía garras y dientes, ponían dificultades. Pero éste no hacía ningún movimiento defensivo mientras le iba entrando la aguja. De hecho, ronroneaba.

“Parece que tiene buen carácter” –dije, sin que salieran de mis labios mis palabras.

Pasados unos segundos, le pregunté a Ruiz

—¿Cómo se llama su gato?
—Cable –respondió, lacónico, desalentando más preguntas.

En vista de lo cual, saqué el ungüento de mi maletín y lo puse sobre el escritorio.

—Si no le ve mejoría, avise al consultorio. Le enviaré por correo la factura de mi visita. Tenga usted un buen día–esto fue lo último que le dije esa vez.

Como preveía, no hubo respuesta por parte de él. Salí del cobertizo, sintiendo ese resentimiento que siempre había tenido en mis pocas conversaciones con Ruiz.

Mientras cruzaba el terreno libre de chatarras, olvidé a Ruiz y repasé mentalmente el caso:

“Hay algo extraño en la herida de Cable, no parece accidental. El corte es limpio, como si lo hubiesen hecho adrede. No sé… No sé… ¿Y la llamada de Ruiz al consultorio? Más extraño aún”.

Un ligero golpe en mi espalda me sacó de mi pensamiento. Un tipo flaco, que trabajaba con la chatarra, al parecer obrero de Ruiz, me miraba de una forma confabuladora, y me preguntaba:

—Señor veterinario, ¿ha venido usted a ver a Ruiz?
—¿Por qué me lo pregunta? –respondí, con otra pregunta.
—Porque lo veo gracioso. Ruiz, con su cara de pocos amigos, preocupado por un gato.
—Eso parece. ¿Desde cuándo lo tiene? –le pregunté, de nuevo.
—Poco más de un año. Era un gato callejero. Un día apareció por aquí, se metió entre la chatarra y se quedó enredado en un cable, de ahí su nombre. Ese mismo día, sabiendo cómo es Ruiz, pensé que lo echaría a patadas. Pero no. Lo adoptó. Y no lo comprendo. Su gato se pasa todo el tiempo sobre su escritorio.
—Eso le debe gustar –respondí.
—¿A quién? ¿A Ruiz? ¡Qué va! A Ruiz sólo le gusta el dinero. Es un malnacido y un hijo de…

Lo interrumpió un grito proveniente desde la puerta de la entrada a la oficina.

—¡Eh, tú, deja de hablar y sigue trabajando! –Ruiz, amenazador, blandía un puño. Mi interlocutor lanzó una terrible mirada hacia el cobertizo y siguió con su trabajo, sin decirme nada más.

Mientras iba hacia mi coche iba pensando que así era el mundo de Ruiz, rodeado de odio. Su gran rudeza era conocida por todos, y aunque era indudable que su forma de ser lo había convertido en millonario, nadie lo envidiaba.

—¡Venga enseguida a ver a Cable! -me dijo, voz al teléfono, dos días después de mi primera visita.
—¿No ha mejorado? –le pregunté.
—¡Está peor! ¡Así que no tarde! ¡Deje ahora mismo lo que esté haciendo y no se entretenga!

Obviamente, no me conocía como yo lo conocía, porque, lejos de ofenderme su forma de hablar, me estimulaba tratándose de un animal doméstico. Cuando llegué, Cable se hallaba echado sobre el escritorio, su lugar preferido. El dolor en la pata parecía no haber aumentado. Lo extraño era que la herida se había extendido.

Cogí el explorador de mi maletín y lo introduje en la herida. De pronto, sentí que la punta del instrumento se enganchaba con algo. Tiré del objeto desconocido con las pinzas y pude sacar una venda elástica. Las cosas se iban aclarando.

—Hay una venda alrededor de la herida –expliqué a Ruiz, la corté y cayó en la mesa-. A partir de ahora, Cable sanará. Así que no tiene que preocuparse más por este asunto.
—¿Una venda? –preguntó, sorprendido-. ¡¿Y cómo es que no la vio la otra vez?!
—Porque estaría hundida en la carne.
—¡No doy por buena su respuesta! ¡¿Cómo ha llegado hasta ahí?!
—Sin duda, alguien la ha puesto.
—¡¿Qué alguien la ha puesto?! ¡¿Para qué y por qué?!
—No sé. Pero, al parecer, hay alguien perverso en este lugar.
—¡Apuesto a que ha sido alguno de mis obreros!
—No necesariamente. Cable sale todos los días solo al solar, incluso a la calle, ¿no es así?
—¡Así es!
—Entonces, puede ser cualquiera.

Frunció el entrecejo con los ojos entreabiertos, como pensando. Me dije para mí interior si estaría repasando mentalmente la lista de sus enemigos. Y si era eso, le llevaría bastante tiempo.

—Pero, tranquilícese. Lo importante es que vi la venda y la pude extraer –concluí, sin tener en cuenta su ira.

Se inclinó sobre el escritorio y pasó el índice de la mano derecha sobre la cabeza de su gato. Había hecho esto mismo una vez en mi visita anterior. Era raro, pero suponía que para él significaba lo más parecido a una caricia. Había recogido todos mis bártulos ya y me disponía a salir del cobertizo.

Camino del consultorio pensaba qué hubiese ocurrido de no haber visto la venda: parada del flujo sanguíneo, gangrena, pérdida de la pata, incluso la muerte. Pensar en eso me hacía temblar.

Dos semanas después, volvió Ruiz a llamar al consultorio. Un veterinario empleado mío cogió el teléfono y me lo pasó. Sentí una punzada de aprensión al escuchar de nuevo su voz.

—¿Aún le duele la pata a Cable? –le pregunté.
—¡Eso ya ha sanado! ¡Ahora tiene algo en la cabeza!
—¿En la cabeza?
—¡Sí, la mueve de un lado a otro sin control! ¡Venga enseguida! ¡Deje para más tarde lo que esté haciendo ahora!

Ese síntoma parecía úlcera gangrenosa, y cuando vi el gato girando la cabeza y con evidente malestar, aseguraba que era eso. Al dócil felino le gustaba que lo examinase, porque su ronroneo aumentaba a medida que le iba explorando la boca, los ojos, la nariz y las orejas. No veía nada raro. Pero seguramente que habría algo que le estaba causando molestias. Seguía buscando en el cuello, pero, de pronto, el ronroneo cambió a intenso maullido mientras le pasaba la mano por un punto determinado, justo en el lomo.

“Aquí hay algo raro” -pensé. Cogí las tijeras y corté pelos hasta llegar a la piel. Y, ¡oh, sorpresa!, había una venda del mismo tamaño y color que la otra anterior, ¡pero ahora doble! La miré con el explorador y la extraje con las pinzas.

—Otra venda –dije a Ruiz-. Y esta vez va en serio.

Vi cómo volvía a pasar el dedo sobre la cabeza de su gato.

—¡¿Quién ha podido hacer esto?! -preguntó, en voz alta.
—Habrá que buscar la forma de saberlo. La ley castiga la crueldad contra los animales, pero siempre que se atrape in fraganti al causante–aun no yendo para mí su pregunta, respondí eso.

Se quedó mirando al gato, como pensando cuándo se iría a producir un nuevo ataque. También yo pensé eso. Pero ya no hubo más ataques. El gato sanó y no volví a ver a Ruiz hasta que dos meses después, al regreso de mi ronda de visitas, tarde ya, mi empleado salió a mi encuentro. Lo vi angustiado.

—¡Hace un momento a telefoneado Ruiz, le noté preocupación en su voz; me dijo que te comunicase que vayas urgente a su oficina, dice que han envenenado a su gato!

El Cable que veía esa vez era diferente. No estaba en el escritorio, estaba encogido en el suelo, entre lodos e inmundicias. Daba permanentes arcadas y vomitaba un líquido amarillento. Había más vómitos y un charco de diarrea, del mismo color. Parecía intoxicado.

—¿Lo envenenaron? ¡Sí lo envenenaron! –se preguntaba y se respondía. ¡Alguien le ha administrado algún veneno!
—Es probable… es probable…

Veía al felino mientras se acercaba con lentitud a un plato con leche, y se sentaba con la misma actitud de encogimiento. No bebía, sólo permanecía inmóvil. ‘

“Este síntoma me es conocido, puede ser una cosa peor que un envenenamiento”, pensé.

—¡¿Lo han envenenado o no?! -me preguntó.
—No estoy seguro del todo.

Le tomé la temperatura y ahora no ronroneaba. Estaba sumido en un principio de letargo. El termómetro marcaba cuarenta grados. Le toqué el abdomen y sentía consistencia en los intestinos. No tenía tono muscular.

—¡Si no es eso, ¿qué es?! –me preguntó, de nuevo, con una impaciencia excesivamente nerviosa.
—Lo que padece Cable es Enteritis Felina –respondí, al fin-. Otros veterinarios lo llama Moquillo Gatuno. En estos momentos hay una epidemia en toda la comarca. He atendido un caso anteayer, y los síntomas que presenta este gato son los típicos en esta enfermedad.

Ruiz hizo un esfuerzo, para alzar su pesado cuerpo del sillón, se acercó a su gato y le pasó el dedo sobre la cabeza.

—¿Puede usted curármelo? –me preguntó, de pronto. ¡Pero calmado!
—Haré todo lo que esté al alcance de la ciencia. Pero le advierto que la tasa de mortandad es alta.
—¿Mueren todos los gatos que padecen de esta enfermedad? –me preguntó, de nuevo.
—No quisiera decírselo, pero sí.
—¡¿Cómo es posible?! ¡Creía que los veterinarios tenían antibióticos maravillosos! –de nuevo volvió a irritarse.
—Es que esto es un virus, y los virus resisten los antibióticos.
—¡¿Y qué va a hacer usted entonces?!
—Empezar ahora mismo con un tratamiento –respondí.

Inmediatamente después de cortar la charla, le inyecté a Cable una solución electrolítica, para combatir la deshidratación; una dosis de penicilina, para matar las bacterias intrusas; y un sedante, para controlar los vómitos. Pero sabía que todo esto era paliativo. La epidemia era consistente y en aquella época no había medicamentos para curar esta enfermedad.

Visitaba a Cable todas las tardes, y sólo con verlo me hacía sentirme infeliz. Siempre estaba encogido, junto al plato, o hecho ovillo en su cesto. No le veía interés en el mundo exterior. Cuando le inyectaba era como meter una aguja en algo sin vida. La tarde del cuarto día, noté que se iba. Pedí al cielo que esto no ocurriese.

—Hasta mañana –le dije a Ruiz, que asintió sin hablar. Nunca, al menos ante mí, mostró emoción a lo largo de la enfermedad de su gato. Ruiz era un hombre de una inexpresividad exasperante, incluso hasta más allá de lo anormal. Admitía lo bueno y lo malo con la misma impasividad.

En mi siguiente visita, no bien entré al cobertizo vi la misma escena de las otras tardes: un hombre en un estado inexpresivo, y un gato enroscado en un cesto.

Cable estaba quieto, demasiado quieto y, al acercarme vi, con un sentimiento de fatalidad, que ya no respiraba. Le puse el estetoscopio sobre el corazón y alcé la cabeza.

—Acaba de morir –informé a Ruiz, que no cambió de expresión; sólo se inclinó y pasó el dedo por la cabeza de su gato.

Se fue a su escritorio y se sentó en su sillón. Pero, de pronto, se cubría la cara con las manos. Lo miraba, impotente, mientras sus hombros se movían: lágrimas caían sobre la mesa. Se quedó así algunos minutos.

—Era mi único amigo –me dijo, levantando la cabeza.

Me era difícil hallar en ese momento una palabra consoladora. Y más tratándose de un hombre así y en una situación así. Alzó de nuevo su cuerpo, me miró, con un gesto de desafío, y me dijo:

—¡Imagino lo que está pensando: “he aquí a Ruiz, hombre fuerte y duro, llorando por un gato!” ¡Qué gracia! ¡Cuando salga de aquí se reirá de mí y se lo contará a todo el mundo!

Ruiz estaba convencido de que lo que creía un gesto de debilidad, reduciría mi opinión sobre su persona. Pero erraba. Me agradó desde entonces. De hecho, iba a menudo a su oficina y sólo para saludarlo, y a veces revisaba alguna de sus yeguas o alguno de sus caballos. Y gratis.

La muerte de Cable transformó para bien el carácter de Ruiz. Con el paso del tiempo, todas las personas de la comarca se daban cuenta de la metamorfosis experimentada en aquel hombre.

¿Qué poder de persuasión no tendrán los animales domésticos que acaban por domesticar a personas como Ruiz?
¿Por qué aún hay gente que no valora el cariño, la fidelidad y la compañía que estos animales proporcionan?
¿Cuándo se extinguirá, de una vez por todas, esa horrible desaprensión contra los animales domésticos?

Autor: Antonio Chávez López

Sobre el autor

Antonio Chávez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *