El Cloroformo

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Me llamo Álvaro, soy doctor en veterinaria y ejerzo mi profesión en pueblos de la Sierra Norte de Sevilla, concretamente en Cazalla de la Sierra, en San Nicolás del Puerto, en Cerro del Hierro (donde tengo mi consultorio), en Constantina y en Alanís. A continuación voy a contar lo más sorprendente que me ha pasado hasta ahora en mi carrera veterinaria.

Me encontraba en “Granja Vacuno”, situada en la localidad de San Nicolás del Puerto, propiedad de un granjero llamado Carmelo.

Estaba Carmelo en el establo sujetando el rabo de su vaca. Apenas le vi la cabeza, saqué en conclusión que el barbero del pueblo, el casi sesentón Tomás, de nuevo había vuelto a hacer de las suyas. Era ese día un domingo por la mañana y todo encajaba a la perfección.

—¿Estuvo usted anoche en el bar-restaurante “La Chuleta”? –pregunté, mientras le iba poniendo el termómetro a la vaca.

Se pasó la mano derecha por la cabeza, con un evidente gesto de desconsuelo, e inmediatamente después trató de cubrírsela. No podía. No tenía gorra a mano.

—Se ha dado usted cuenta, ¿verdad? ¿Tan mal me ha dejado? Debí de haberlo pensando antes de elegir un sábado por la noche.

Tomás era el único barbero que había en mi pueblo. Le gustaba su trabajo, pero también, y mucho además, la cerveza. De hecho, cada noche llevaba sus bártulos al bar “La Chuleta”, y por el módico precio de una jarra de cerveza, hacía un corte de pelo en los aseos de caballeros a todo aquel que solicitase sus servicios. Con la cerveza a diez pesetas la jarra, era un buen negocio. Pero los clientes sabían a qué se exponían. Si sus ingestiones habían sido moderadas, salían medio ilesos de la experiencia; la moda en mi pueblo no era exigente en cuanto al estilo del corte. Pero si las ingestiones eran superiores a las seis jarras de costumbre, como ocurría los sábados noche, los resultados eran nefastos para la cabeza de los héroes que se prestaban al corte. La “renta” que merecía la cabeza de Carmelo corroboraba mis razonamientos.

Miré de nuevo su cabeza. Los antecedentes indicaban que Tomás andaría por la marca de nueve jarras cuando hizo ese corte. En la zona superior podía verse un surco, cavado al azar y ambos lados desnudos, alternados con mechones. Habría sido interesante haber podido ver la zona trasera, seguro que habría por allí algún mechón en forma de cola, o alguna otra cosa furtiva. Desde luego, aquella cabeza era un poema. Aproveché ese instante de antes de colocarse la gorra para ver la parte de atrás. Y en efecto: nueve jarras. Luego de éstas, tendía a abandonar toda prudencia y corría por la cabeza de sus víctimas con la maquinilla, dejando calvas las puntas. El típico corte del recluta, que hacía necesario cubrirlo durante algún tiempo siguiente al calvario.

Pero yo me aseguraba. Cuando necesitaba un corte, iba a su barbería y allí tenía la certeza de encontrarlo en un estado de sobriedad.

Días después de ese episodio, esperaba mi turno en la barbería, con mi perro Balú debajo de mi silla, jugueteando con las patas de la misma.

Había un tipo sentado en el sillón de barbero. Su cara, reflejada en el espejo, se contraía con espasmos de dolor. La explicación a eso era que Tomás no cortaba el pelo, lo arrancaba, debido no sólo a que su instrumental era obsoleto y pedía un afilado, sino a que con el tiempo había perfeccionado algunos movimientos giratorios con la muñeca al final de cada pasada de la maquinilla, que era la que tiraba del pelo, arrancándolo de cuajo.

Lo más sorprendente era que todos acudíamos a Tomás, a pesar de que había un barbero en un pueblo colindante, que incluso se desplazaba al nuestro con sólo tener un cliente pidiendo sus servicios. Pero preferíamos a Tomás, quizás porque nos caía bien, o quizá por ese absurdo pique entre pueblos próximos. La cosa era que los barberos foráneos no tenían nada qué hacer en nuestro pueblo.

Sentado en la barbería observaba a Tomás mientras trabajaba. Era un tipo de baja estatura, calvo, desdentado, pero con una sonrisa espontánea y agradable, que no abandonaba sus labios. Su sonrisa y una mirada especial, ultra terrenal diría yo, le daban un encanto fuera de lo común.

Después que aquel hombre se levantase del sillón, con gestos de alivio por haber terminado su Gólgota, Tomás lo rodeaba, cepillándolo y hablándole en un tono cordial. Se le veía cariño por sus semejantes y sabía mimar a su clientela, la cual le correspondía, “a pesar de los pesares…”.

En el pueblo había interés por saber dónde metía tanta cerveza como bebía. E Incluso ahora, después de varios años, veía que los fortachones del pueblo no podían competir con él. Y menos yo, que después de una jarra me mareaba. Lo curioso era que difícilmente puedo recordar haber visto borracho a un habitante de mi pueblo. No bien entraba la cerveza en sus barrigas se volvían chistosos y rara vez perdían el equilibrio o hacían alguna tontería. Tomás, por ejemplo, podía tomar seis jarras cada noche, salvo los sábados noche que la dosis la aumentaba, pero sin que cambiase su aspecto. Lo que sí cambiaba era su destreza en el corte de pelo, que para las cabezas de sus víctimas no era precisamente poco.

—Doctor Álvaro. Me alegro verlo de nuevo -me envolvió con su cálida sonrisa, y señalándome el sillón, añadió, preguntándome-: ¿está usted bien?
—Bien, gracias -respondí-. ¿Y usted? –le pregunté, a su vez.
—Bien –empezó a acomodar la tela bajo mi barbilla y sonreía al ver a Balú, que se acomodaba al lado del sillón.
—Doctor Álvaro, ¿es verdad que su perro es su amigo y que no le pierde de vista? –añadió, preguntándome de nuevo.
—Así es. Y no me gusta ir a ningún lugar sin él. Me ayuda, además de la fidelidad y el cariño que me profesa. Por cierto, ¿no iba usted con un perro el otro día? -le pregunté, a su vez, al mismo tiempo que hacía girar el sillón.

Me miró, tijeras en mano.
—Sí, una perrita vagabunda. La saqué del asilo para perros y gatos de Cerro Hiero, que tan bien dirige la Hermana Alegría, y es todo un personaje –hizo una pausa, y después añadió-: ahora que nuestros hijos se han emancipado, mi esposa y yo pensamos en un perro, y la verdad es que la disfrutamos mucho.
—¿De qué raza es?
—No sabría decirle. Aunque para mi señora y para mí, vale más que todo el oro del moro. Disculpe un momento. Voy a ir a por ella, para que la vea.

Se fue hacia la escalera, pues vivía en los altos de la barbería, y al poco volvió con su mascota en los brazos. La perra me miró con tal desparpajo que parecía que éramos amigos de toda la vida. Le correspondí con una caricia.

—¿Qué le parece? ¿A qué es preciosa? -la dejó en el suelo, para que pudiese verla caminar.

Parecía una ovejita, con pelaje gris claro, grueso y rizado. Era de un linaje extraño, pero el alegre movimiento del rabo garantizaba un buen carácter.

—Me gusta –respondí mientras la miraba-. Ha elegido una ganadora –añadí.
—Eso mismo pensamos mi señora y yo.

Se agachó y acarició a su rechoncha perrita, a la vez que cogía unos mechones de su pelo y los deslizaba entre sus dedos pulgar e índice de la mano. Semejante maniobra era extraña, pero pensé que estaría acostumbrado a hacer esto mismo en la cabeza de su clientela. “Y ella a experimentarlo”…

—Decidimos ponerle de nombre Venus –añadió, de pronto.
—¿Por qué Venus?
—Por lo luminosa que es -su tono era solemne.
—Pues sí. Un nombre muy apropiado, digno de la Hermana Alegría.

Dejó que la perra corretease por el local. Se lavó las manos, cogió las tijeras y, una y otra vez sostenía entre sus dedos un mechón de pelo. Repitió lo mismo antes de cortar. No atinaba a entender el porqué de que hacía eso…

Sentía tirones mientras las melladas hojas de las tijeras se cerraban. Pero las cosas no iban tan mal hasta que cambió a la maquinilla. Me cogí al sillón, como si en el dentista estuviese; el tirón final de cada pasada, que arrancaba de raíz hasta el último pelo, me obligaba a gesticular ante el espejo. Se me escaparon un par de ¡ay!, pero Tomás no se inmutaba. Jamás lo había visto reaccionar ante los gritos ahogados de dolor de sus clientes. Y aunque lejos de ser arrogante, se creía un barbero superdotado. E Incluso esa vez, no bien hacía el toque final, una sonrisa radiante soltó. Acercando su cara a mi cabeza, daba tijeretazos, aquí y allá, antes de sacar el espejo de mano y preguntarme:

—¿Se ve usted bien?
—Bien -una sensación de alivio daba calidez a mi voz. Lo miré y sonreí.
—No, si cortar el pelo no es difícil. El quid de la cuestión está en saber cuánto hay que cortar y cuánto hay dejar –concluyó.

Esas mismas palabras se las había escuchado decir miles de veces, pero las atendí de nuevo, mientras él me cepillaba la chaqueta.

El pelo me crecía con rapidez, pero no tuve necesidad de volver a la barbería de Tomás. Vino una tarde a mi consultorio con su perra en los brazos, que era una criatura distinta a la plácida que había visto semanas atrás. Echaba espuma por la boca, tenía arcadas y, desesperada, se frotaba el hocico con una pata delantera.

—¿Qué le ha ocurrido? ¿Se ha tragado algo? –le pregunté.
—Un hueso de pollo, Doctor Álvaro –respondió, preocupado.

Le lancé una mirada furibunda.

—¿Hueso de pollo? ¡Qué barbaridad! ¿No sabe usted que no se debe dar huesos de pollo a un perro?
—Lo sé, pero hoy comimos pollo, y Venus fue a rebuscar al cubo de basura. Está claro que no se puede perder de vista a estos revoltosos. Cuando nos percatamos, y menos mal que fue pronto, tenía en la boca un hueso y ahora se está ahogando. ¡Tiene que salvármela! –estaba casi llorando.
—No creo que Venus se esté muriendo, ni que le guste verlo así.
—Debió pensar que más vale prevenir que curar. Pero a lo hecho pecho.

Después de la regañina, miré la boca de Venus y le dije a su amo:

—Según mueve la pata sobre la boca, podría decirse que hay algo atascado en alguna parte.

Le abrí la boca y vi una astilla de hueso aprisionada entre los molares traseros que cruzaban el paladar. Esto ocurría a menudo, pero se solucionaba pronto usando unas pinzas. Puse la mano sobre el hombro de Tomás:

—Puede dejar de preocuparse, se trata de una astilla encajada en los dientes. Voy a llevar a Venus al cuarto de curas, y en pocos minutos la extraeré.

Mientras íbamos hacia la parte trasera del consultorio, donde estaba el cuarto de curas, Tomás se iba tranquilizando, acariciando y besando a su perra.

—Pensé que no tenía solución. Y le hemos cogido cariño. No puedo resistir la idea de perderla.
—Ni lo piense siquiera –dije y subí a Venus a la mesa; busqué en el botiquín unas pinzas largas-. No tardaré en sacársela –añadí.

Mi hijo Julio, que tenía ocho años, nos seguía y nos miraba, mientras silbaba una copla, y yo seguía buscando las pinzas. Aunque Julio no se hallaba siempre en el consultorio, había visto antes esta clase de operaciones, por lo que no se le veía entusiasmo. Pero en la actividad veterinaria, no se sabe nunca qué puede ocurrir. Valía la pena esperar. Podría pasar cualquier cosa. Julio, con las dos manos en los bolsillos y oscilando el cuerpo sobre los talones, seguía con sus silbidos, pero sin dejar de mirarnos.

Por lo general, estas pequeñas operaciones se reducían a abrir el hocico del perro, coger el hueso con las pinzas y sacarlo. Pero, en este caso, apenas Venus veía el brillo del metal, aterrorizada saltaba. E igual su amo. Traté de tranquilizar a Tomás para que a su vez tranquilizase a su mascota y ésta me tranquilizase a mí.

—No la voy a lastimar. Sujétele la testa unos segundos para que yo pueda hacer mi trabajo. Creo que le gustará saber que esto lo he hecho otras veces y siempre con éxito -sonreí.

Me devolvió la sonrisa, aunque forzada, cogió a Venus del cuello, y cerró los ojos.

Venus se sacudía con violencia mientras me empujaba la mano con una de sus patas, armonizando sus lamentos con los de Tomás. Cuando, por fin, pude meter las pinzas en el hocico, Venus lo cerró alrededor de las pinzas, obstinándose en retenerlas. Tomás no pudo aguantar más y dejó de sujetar a su perra, que saltó al suelo, mientras Julio la observaba con un gesto de comprensión, y yo intentaba persuadirla para que se nos acercase de nuevo.

—¡Vamos a por ella! -le dije a Tomás.

Tomás alargaba sus manos trémulas hacia Venus; pero, cada vez que trataba de cogerla se escurría. Se puso boca abajo sobre el suelo y empezó a llamarla. Julio soltó una risa. Las cosas estaban poniéndose jocosas para él. Nunca antes lo había pasado tan bien en una situación similar.

Ayudé a Tomás a levantarse del suelo, al tiempo que le dije en actitud seria:

—¡Voy a acabar ya con esto y le voy a aplicar a Venus cloroformo! ¡Y así empezaré y terminaré antes!
—¿Va a dormirla? -palideció-. ¿Estará bien? ¿No le ocurrirá nada malo? ¿Está usted seguro de lo que va a hacer?
—Confíe en mí, váyase y regrese en dos horas. Para entonces estará como si nada –le razoné y le invité a salir del cuarto-. Si seguimos perdiendo tiempo, lo único que vamos a conseguir es prolongar la ansiedad en el animal –agregué.
—Entonces me iré. Y así aprovecharé para hacer una visita a mi hermana. Volveré en dos horas –respondió, y se fue hacia la puerta de salida.
—Pero procure no venir antes -le advertí.

Esperé hasta escuchar el sonido de la puerta que se cerraba, y después preparé el cloroformo. Al igual que un niño, cuando un padre no está, en éste caso un dueño de un perro, un perro no se pone tan difícil en obedecer, por lo que no me costó volver a subir a Venus a la mesa de curas. Le inyecté el cloroformo, y en pocos segundos estaba profundamente dormida.

—Sin problemas, Julio -dije a mi hijo y abrí la boca de Venus. Cogí el hueso con las pinzas y lo saqué- ¿Ves? -tiré el hueso al cubo de basura-. Sí, muchacho –le hablé de nuevo a mi hijo-. Ésta es la forma más profesional de hacer las cosas. Fuera los innecesarios forcejeos, que resultan ridículos.

Julio asintió de malas ganas. Las cosas ahora eran aburridas para él. Pensaba en más acción, en ver que Tomás de nuevo se echase al suelo y luchase por coger a su perra. Pero el asunto se había vuelto aburrido. Mi hijo ya no reía.

Pero mi satisfacción se congeló. Estaba mirando a Venus, y vi que no respiraba. Traté de no pensar en las sacudidas que sentía en el estómago, pues siempre he sido un anestesista nervioso. Me decía a mí mismo que no había problemas. Le había aplicado la dosis adecuada, y el Pentotal, a veces causaba esta reacción. Lo sabía por experiencias anteriores. Pero al mismo tiempo le pedía a Dios que Venus volviese de nuevo a respirar.

El corazón latía perfectamente. Le presioné el costillar varias veces. Nada. Le abrí los ojos, pero no había reflejos en las córneas. Mientras examinaba la Venus, julio nos miraba. Su instinto para lo impredecible seguía despierto.

Y el instinto de mi hijo era certero. Levanté a Venus y la sacudí varias veces por encima de mi cabeza. Salí zumbando por el pasillo hacia el jardín y topé con una liana. Se podían oír los pasos de mi hijo, que se nos seguía. Creo que esta fue la única vez que él me veía en un estado de angustia. Y lo peor era que parecía que se estaba contagiando. ¿Contagiando?, nada más lejos de la realidad…

Abrí nervioso la puerta que daba al jardín y salí en tromba. Venus no se movía, y sus ojos seguían fijos. “¡No es posible que esto me esté pasando!”, pensé. Intenté disimular, para no asustar más a mi hijo, que seguía detrás de mí.

Me detuve. Cogí a Venus de las patas traseras y comencé a girar con los brazos extendidos. Al parecer, este sistema de reanimación ha caído en desuso, pero en mi época era común. Desde luego, contaba con la aquiescencia de mi hijo. En su ignorante alegría por el comportamiento de su padre, reía con tanta fuerza que caía cuan largo sobre el césped. “Y creía que estaba angustiado”, pensé. Cuando me paré otra vez y miré el costillar de Venus, aún inmóvil, mi hijo empezó a gritar: “¡otra vez, papá!”. No tuvo que esperar mucho para que su padre comenzase de nuevo a dar vueltas en el jardín, con Venus subiendo y bajando en el aire como si fuera un pájaro.

Todo aquello superaba las expectativas de mi hijo. Su curiosidad se recompensó con creces. Aún recuerdo aquella escena: mi tensión nerviosa y mi angustia por la posibilidad de que muriese la perra y, como fondo, una risa escandalosa de mi hijo, que no comprendía el peligro de muerte que acechaba al canino.

No sé decir la de veces que paré y volví a girar, hasta que, finalmente, en uno de esos tercios, el tórax de Venus comenzó a subir y a bajar con ritmo, y los ojos le parpadeaban. Jadeando de alivio, me eché boca arriba sobre el césped del jardín mientras se iba regularizando la respiración en Venus, que ya se lamía. Empezaba de nuevo Julio a decepcionarse.

—¿Ya no va a haber más, papá? –me preguntó.
—No, no va a haber más, hijo -me senté, puse a Venus en mis brazos y le hablé-: “tranquila, ya ha pasado todo”.
—Eso fue gracioso. ¿Por qué lo hiciste, papá? –me preguntó mi hijo.
—Para hacer que respirase la perra –respondí.
—¿Siempre haces esto para que respiren? –preguntó de nuevo.
—No con frecuencia –respondí. Me puse en pie y llevé a Venus a mi despacho.

Cuando Tomás regresó, Venus estaba casi normal. No podía ni imaginarse lo que había pasado, y yo decidí no informarle. Previamente le dije a mi hijo Julio que la postura de silencio que íbamos a adoptar no significaba mentir, que era lo más aconsejable en estos casos.

—Aún sigue un poco mareada, pero pronto se le pasará –expliqué a Tomás.
—¿No es maravilloso? ¿Y el hueso?
—Ya no hay hueso -le abrí la boca a Venus- ¿Puede verlo? ¡Mire, mire! –respondí, rebosante de alegría.
—¿Le causó molestias? –me preguntó, con voz feliz.

Tragué dos veces saliva antes de responder. Pensé que decirle que Venus había estado a punto de morir, le iba a causar dolor, y no le habría hecho conservar la fe en mis conocimientos veterinarios. Sólo por esos dos motivos, sensatos por otro lado, me salió la más piadosa de las mentiras:

—En realidad, ha sido una intervención sencilla.
—Muy agradecido, Doctor Álvaro -se agachó sobre su perra y de nuevo pude ver la forma extraña en que dejaba resbalar el pelaje del animal entre sus dedos.
—Así que has estado flotando en el aire, ¿no, Venus? –le dijo Tomás en voz baja, pero audible.
—¡¿Qué le hace decir eso?! -sentí una punzada en el cogote.

Volvió los ojos hacia mí, con esa su mirada ultra terrenal…

—Podría decirse que flotaba mientras estaba anestesiada. Una sensación graciosa, ¿no cree? Pero no tiene importancia. Sólo ha sido una simple ocurrencia mía.
—Ah, sí –también yo sentí algo gracioso. Lo miré-. Será mejor que se lleve a Venus a su casa. Y procure que repose. Y, en lo sucesivo, tenga cuidado con lo que come. No debe husmear en el cubo de la basura.

Cuando Tomás salió de mi consultorio con su perra sobre sus brazos, me quedé tranquilo. Flotando… flotando….

Un mes después de aquello, me encontraba sentado de nuevo en el sillón de la barbería. Por norma, Tomás empezaba a cortar el pelo con las tijeras, para luego rematar con su maquinilla de temibles dientes. Pero esta vez lo hizo al revés. En un intento por aliviar el dolor, rompí a hablar.

—¿Cómo, ¡ay!, sigue Venus?
—Muy bien -me brindó una sonrisa, a través del espejo, mientras arrancaba un mechón con su peculiar giro de muñeca-. El caso es que es bueno confiar en el veterinario. Sabía que Venus estaba en buenas manos –agregó.
—Es, ¡ay!, agradable escuchar eso. Muy amable de su parte.

Cansado de intentar hablarle mientras él seguía haciendo de las suyas, traté de concentrarme en otras cosas. Ponía en práctica ese pequeño truco cada vez que iba al dentista. Pensé con concentración en el jardín del consultorio. Era urgente cortar el césped. Estaba esa maleza que tenía que cortar, no bien tuviese tiempo libre. Consideraba la conveniencia de fertilizar los tomates, incluso la posibilidad de instalar ese nuevo sistema de riego por goteo…, cuando la voz del barbero me apartaba de mis pensamientos y me devolvía a la barbería…

—Doctor Álvaro –en ese momento retenía entre sus dedos un mechón de pelos-. A mí también me gusta la jardinería.
—¡Qué! -salté del sillón como un resorte-. Hace un instante pensaba en mi jardín.
—Lo sé -mantenía la mirada ausente, mientras seguía con su trabajo-. Es que me vienen de pronto los pensamientos. Me llegan a través del pelo.
—¡Qué! –repetí la exclamación-. ¡Explíquese, que no le he entendido!
—El pelo brota del interior de la cabeza, extrae los pensamientos y me los envía.
—¡¿Bromea?! –sonreí. Pero la sonrisa sonó a boba.
—No, no bromeo. Llevo percibiendo esta sensación desde hace cuarenta años, y aún sigo –hizo una pausa, alzó la cabeza y siguió-: pero podría originar problemas si yo confesase lo que he podido captar del pelo de los clientes que he tenido la ocasión de atender a lo largo de mi profesión. No, no hablaré. Porque si hablase… si yo hablase… Mejor no. Callar, y más en estos casos, es una virtud que sólo la tienen las personas prudentes. Y yo soy una persona prudente.

Me sumergí en la tela que me cubría. No tenía sentido lo que aquel hombrecillo me acababa de decir. Pero, por si acaso, tomé la firme decisión de no pensar en el cloroformo de Venus mientras su amo estuviese cortándome el pelo. Y si no lo pudiese evitar, contactaría con el barbero de Cazalla, o me dejaría crecer el pelo, cual profeta, a ver si esto me ayudaba a adivinar los pensamientos de los demás. A todo eso y a más estaba dispuesto con tal de que Tomás no recibiese ninguna información de mi pelo.

En efecto. Mi intuición sobre la mirada ultra terrenal de Tomás, no había fallado. En la actualidad, mi mujer y yo lo vemos a veces paseando, acompañado de su esposa, los dos ochentones ya, y recordamos “sólo” a Venus, ya fallecida, y a la astilla de hueso de pollo.

Esto ha sido, sin duda, lo más insólito e inédito que me ha pasado a lo largo de mi extensa carrera profesional, que, cada vez que lo recuerdo, no puedo evitar estremecerme.

Autor: Antonio Chávez López

Sobre el autor

Antonio Chávez

6 comentarios en “El Cloroformo”

    1. Gracias, Reyes.
      Este texto forma parte de un capítulo de la primera novela que escribí, hace ya bastantes años. Y como hago siempre, para llevarlo a relato (ahora para Literanoicos), lo repaso, añado o quito lo que creo conveniente. con la idea de que no resulte largo o pesado.
      De ahora en adelante, en todo lo que escriba, tanto aquí como en el foro, procuraré “jugar con tu mente”, frase ésta tuya que me ha hecho gracia, a la vez que me halaga. ¡Hasta sin verte, veo la expresión en tu cara cuando escribes eso!
      Un abrazo

    1. Hola, Nacho.
      Y si en lugar de un texto, plasmase, por ejemplo, una foto de una Harley Davidson ¿cómo se llamaría la transmisión? Jajajajaja..
      Gracias, saludos

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