Eco en un pasillo

Publicado el Por Diodama
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¿Quién otorga el poder de Dios? ¿y quién puede sostenerlo?

Siempre he tenido estas dos cuestiones en mi cabeza, aunque no son mías, pertenecen a un hombre. No creo que encuentre a nadie que le supere, el egoísmo le hizo verdaderamente libre.

Es cierto que le era fácil sobreponerse a todo y a todos cuando esos todos le importaban algo así como un gran carajo, eran representados como micropenes que en nada podían competir ni mucho menos quitarle su lugar en el espacio que el había decidido conquistar. Y aunque el carajo no fuera realmente grande, lo era lo suficiente para poder escalarlo en su cabeza y abarcar imperios y grandes territorios hasta donde su mente sin límites le llevase.  Precisamente esa locura temporal lo colocaba en la puerta de salida regalándole el impulso para ir a por todas en un mundo de delirios de grandeza.

Mi padre era mucho más que un loco aumentado. Solo él podía hacerlo al estar desnudo de mil emociones y enfrentarse al otro sin miedo. Jamás una nota de ansiedad ni una queja del tiempo pasado o de la oportunidad perdida. Aceptaba el presente sabiéndose pleno dueño de su futuro, amo y señor de su tiempo, de sus fuerzas y de sus ganas.

Soy la hija que observaba desde pequeña con sus ojos azules la fiereza de La Bestia, acogiéndome entre sus zarpas con parsimonia y obligándome a soportar el temblor de mi cuerpo. Entonces, me susurraba ninguna palabra tierna, pero si sus verdades de vida: “tu peor enemigo será tu mejor maestro”, “saliendo por esa puerta solo encontraras cabrones e hijos de puta” y, sobre todo, “siempre gana quien nada tiene que perder”.  Y con todas estas frases en sus labios vivió de acuerdo a sus hechos.

Apareció una tarde por casa. Recorrió el pasillo hasta su dormitorio haciendo una breve parada en la cocina y tomando uno de los taburetes de madera ya agotado de soportar entre sus cuatro esquinas, tantos y tantos lamentos caídos de la sobremesa de mi madre.

Llevaba en la mano derecha una bolsa con un objeto dentro de ella. Le seguí en silencio deteniéndome un segundo en la puerta del baño a mitad del trayecto. Vi como colocaba el asiento frente a la puerta del viejo armario de aglomerado, como tantos otros que había en un barrio proletariado, sin grandes aspiraciones más que las de poseer un falso ropero que recordara a dormitorios palaciegos en los escasos metros pagados a treinta años de hipoteca, y antes de dejar el paquete en la esquina izquierda por detrás de la moldura que lo coronaba, se percató de mi presencia. Pero en contra de cualquier pronóstico lógico y coherente, me indicó que me acercara, y allí de pie abrió la bolsa y deshizo el hatillo para que una niña pudiese alcanzar lo que su padre le mostraba con orgullo.

No era hombre de muchas palabras y menos de explicaciones, tampoco de soportar ningún agravio u ofensa. Sin embargo, solo yo podía permitirme caminar descalza desde mi cuarto hasta el suyo para robarle sus zapatillas, que exigía estuviesen siempre colocadas bajo su cama. Era de obligado cumplimiento junto con el batín colgado tras la puerta esperando casi con vida propia, hasta que el señor del castillo quisiera darle movimiento.

Las arrastraba con mis pies pequeños por ese mismo pasillo en sentido contrario. Me dormía tranquila sin miedo al robo. Un rato después mi nombre resonaba por el eco del estrecho corredor, cuando colocaba sus pies fríos sobre el suelo de terrazo y su batín se quedaba sin sus viejas amigas emparentadas.

Entonces, caminaba sin nada hasta el borde de mi cama donde yo las había dejado, se agachaba en la oscuridad para tomarlas y en silencio, si creía que dormía, salía de mi dormitorio. Ni siquiera cuando yo permanecía despierta me levanté para devolvérselas. Mantuvimos el teatro durante años, aunque mi talla de zapatos fuera casi igual a la suya.

Al llegar el día, las zapatillas habían vuelto a su sitio para poder confirmar en la noche aquella certeza. La única que hubo en él para mí, un solo instante de padre y de la fuerza silenciosa de una niña llamándole, que siempre recorría muda la distancia descalza esperando el eco a su regreso.

Mi padre me enseñó la resistencia y la sabiduría de tu enemigo, del tiempo muerto en mitad de una guerra que nos duró de por vida, de ese lapsus para hacer una paz que marcara el anhelo secreto de un tiempo para el amor, aunque solo fueran los diez metros del largo de un pasillo que partía en dos un viejo piso.

Me atreví a coger el viejo taburete de la cocina y a hacer acrobacias sobre él de puntillas hasta llegar a lo alto del armario. Ya no tenía bolsa alguna, sentí su frialdad con el tacto de mis dedos cuando conseguí agarrar la pistola negra que necesitaba para demostrar su poder. También la pequeña bolsa junto a ella que contenía un puñado de balas.  Ni siquiera sentí miedo, y la tomé como si fuera mía, a falta de palabras, de abrazos, de sonrisas sinceras, me conformé con comprender que ante él solo existía el amo o el siervo. Y para endulzar la crudeza de los objetos y la marca de su huella en ellos, descendí para abrir el cajón de su mesita de noche, tomando de su interior la vieja pipa de madera, que coloqué en mi boca para absorber y sentir el regusto último de cuando él había fumado y llenado el aire de olor a tabaco dulce y delicado. Aquella sensación me devolvía a la suavidad de la vida, y a la luz deseada ante la extrañeza de un padre cubierto de negrura.

Pero hasta en el reino de los demonios existen límites infranqueables, me enseñó que a pesar de todo siempre hay un atisbo de moral, un resquicio de lugar sagrado y de creencias férreas en el infierno. “Jamás una mano contra un niño” grabado a fuego; en una noche de feria y de luces, mientras todos bailaban y brindaban solo él pudo ver entre la multitud un niño arrodillado pidiendo y oír la bofetada cuando cayó rendido al suelo por el cansancio. Algo como siempre se apoderaba de él, y entre aquel tumulto de gente movilizó la tierra y el cielo, llamó a los caballeros de la noche, rasgó con voces, gritos, y promesas de venganza, si alguna vez aquella mujer volvía a tocarle. A veces, los demonios guardan secretos de infancias lastimadas y dolores maltrechos. Unos ojos azules miraban al arcángel del cielo de alas negras pelear por la dulzura. Mi héroe por un rato. Para el resto, Dios y amo.

Estaba sentado en el butacón en la habitación de un hospital caro, se confirmó sus sueños de grandeza y los trajo a este mundo sin renunciar a sus reglas. Llevaba puesto su batín, olía a perfume y las zapatillas le cubrían los pies. Me mantuve firme junto a su silla, tal como él esperaba siempre de mí, su más fiel enemiga y guerrera, sujetando la barra que sostenía el tubo que le daba oxígeno. A su petición la neumóloga comenzó a explicar en un discurso aprendido y repetido como sería su sedación. Pero a él no les satisfizo, quería aún más y no dejó de preguntar hasta el último detalle. Se narró su muerte con la valentía de quien no quiere ni la locura ni el engaño; sin delirios, con la naturalidad de la realidad y la certeza de un paso sin miedo.  Y su hija lo sostenía, protegiendo de tanto dolor a sus entrañas y enlazando al abuelo con su nieta, aunque jamás llegase a conocerla y no le robase las zapatillas. Con un rezo furtivo y rabioso que su sangre muriese allí mismo.

Y cuando ya no había mucho que enfrentar, se repetía que ese día al menos no era el marcado.  Parecía que aquel duelo de palabras y de final solo le daban la energía para seguir adelante, la fuerza del que se opone cuando su destino no es el que desea.  Ordenaba que le vistieran y volvía a su casa.  

No tuvo suficiente con una, sino que necesitó tres conversaciones, de todas fui la testigo muda que escuchaba en silencio. De aquello, solo me queda el recuerdo de su fortaleza y de toda su crueldad que ni me regaló un respiro. También del recorrido sin palabras y sin cariño que me pidió para él. Ahora me robaba las zapatillas para que yo fuera a buscarlas en la oscuridad. Jamás preguntó por el nombre de su nieta, eligió irse odiando a los vivos sin un camino de humildad. Murió leal con quien quiso consagrarse, el Dios Narciso, para mal de muchos y para la libertad de si mismo. Corrieron como gacelas ante la muerte los fieles lacayos llenos de cobardía, y solo le quedó la hija que le tocaba los pies para que entrasen en calor y escuchaba con paciencia sus estertores en una noche de viernes demasiado larga.

Mi padre me dio la talla y la medida, también la libertad conquistada por la resistencia y la verdad. Creo que fui digna para oponerme; y en nuestro código de valores, solo yo pude robarle sus zapatillas a mi antojo.

Un poco antes de su enfermedad le pedí dos antiguos cuadros que hizo a la edad de diecisiete años que coronaron la pared del salón de aquel viejo piso de las mil desgracias. Una verdadera artesanía en positivo y negativo tallada en madera, llena de alegorías y cabezas deformes. Al preguntarle que representaban respondía; “las puertas del infierno”.  Desde pequeña me ordenaban limpiarlos, pero me resistía porque me causaban un escalofrió y un miedo extraño, los miraba como dos grandes enigmas que obligaban a transitar a otro mundo incierto y oscuro; algo impropio y carente de sentido. Aún no sé por qué puse interés, hacía tiempo que aquella vivienda se cerró y dentro se quedaron anclados ya por siempre los recuerdos de cuatro personas; con sus paredes llenas de sufrimiento, de almohadas mordidas para que nadie oyese el llanto de los niños y las lágrimas de una mujer, con el luto constante por una muerte anunciada que nunca se resolvía, y el hambre de todo. Formará parte de los misterios del cuento narrado desde dentro, imagino que tal vez, a falta de las caricias y de un solo beso sincero, la niña en silencio encontró la forma de tocar lo que sus manos sí habían acariciado y puesto su amor con el arte.

¿Quién otorga el poder de Dios cuando Dios ha muerto? ¿y quién puede sostenerlo?

Solo Eco con sus propias palabras y dos cuadros guardados al fondo profundo de un trastero.

Autor: Diodama

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