La lata de Cola Cao

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Eran días de tranquilidad en mi pueblo. Uno de aquellos días recordé los primeros meses de recién acabada la carrera de veterinaria, cuando mi colega y después también socio, Pérez, y su hermano Toni, estudiante aún, ambos de la ciudad de Huelva, y yo residíamos en la ciudad de Sevilla. La fonda para estudiantes era un buen lugar para vivir

—¿Sabes Alfonso? -recordé a Toni preguntándome uno de aquellos lejanos días-. A menudo me pregunto si habrá en este mundo alguna otra casa en la que la preferencia de una dama por su caballero la demuestre a través de estiércol de cabra.
—También he pensado yo eso mismo -respondí.

Acabamos de desayunar. Rosa, nuestra ama de llaves, ponía la correspondencia de cada uno junto a nuestro plato. En el de mi socio Pérez, dominando la escena como un arco de triunfo, había una lata que la señorita Laura le había enviado.

Aun su envoltorio rojo, todos sabíamos lo que había dentro, pues siempre usaba el mismo tipo de envase: una lata vacía de Cola Cao, de 12 centímetros de ancho y 20 de alto. O las conseguía de los tenderos de la región, o le gustaba en demasía el Cola Cao. ¡Vayan a saber!

De lo que no cabía duda era del cariño que la señorita Laura sentía por las cabras. Parecía que estos animales dominaban su vida. Lo cual era raro, pues el cuidado de cabras era, como mínimo, una dedicación sorprendente para una belleza de mujer, que bien podía estar en el mundo del cine o en el de la televisión. Encantos intelectuales y físicos no le faltaban.

Otra de las rarezas de la señorita Laura era que permanecía soltera. Cada vez que iba a su granja, para examinar a algunas de sus cabras, me sorprendía que mujer como ella pudiese mantener alejados a los hombres. Tenía 33 años: alta, morena, ojos verdes. Un auténtico palmito ‘10’. Mientras miraba el contorno de su rostro, me preguntaba si su mandíbula firme era lo que hacía que no se le acercasen ni un pretendiente. Pero no. Era una mujer con un buen carácter. Concluí que no le quería emparejarse. Vivía en una mansión, tenía fincas urbanas y rústicas, coches de lujo, y, por supuesto, mucho dinero. Aparentemente era feliz. ¿Se podía estar en mejor situación?

Pero, con el paso del tiempo descubrí que ese estiércol constituía una muestra de su afecto. Se tomaba en serio su oficio como ganadera, y quería que las heces de sus cabras se analizasen con regularidad en un laboratorio, en busca de parásitos. Las muestras siempre iban dirigidas a Pérez, y yo no había reparado en ello hasta que una mañana, días después de que le hubiese causado alegría cuando extraje una brizna de paja incrustada en un ojo de una de sus cabras, el envase aparecía junto a mi plato, “Doctor Alfonso”. El teclado de una vieja Olivetty había escrito mi nombre en una etiqueta adhesiva.

Fue entonces que me percataba de que esto significaba un gesto de aprobación. En la antigüedad, los caballeros feudales llevaban un guante prendido en la silla de montar, o un pañuelo en la punta de la lanza, como señal de la admiración que sus damas sentían por ellos. En el caso de la señorita Laura, era el estiércol de cabra. Evidenciando con ello que gustaba de conservar algunas tradiciones.

Cuando fui yo quien recibía la ínclita lata, el rostro de Pérez mostraba un gesto de sorpresa o, más bien, de contrariedad, y supongo que en el mío habría uno de vanidosa satisfacción.

Pero Pérez tenía de qué preocuparse, pues la lata aparecía de nuevo en mi lado, con mi nombre impreso. Después de todo, eso era normal, porque si el verdadero atractivo masculino tenía que ver con la situación, “no cabía duda de que yo le sacaba a mi socio una evidente ventaja, Jajajaja….

Toni perseguía a las chicas, con esmero y no menos éxito. Pérez no tenía motivo de quejas, en este aspecto. “Pero yo estaba en una escala superior: las volvía locas, no tenían que perseguirlas, ellas me perseguían, jajaja”. Cuando Pérez, Toni y yo nos conocimos, pude ver que lo que decían sobre el atractivo del hombre de cara angulosa, era verdad. Si a esto se le sumaba “mi encanto natural, jajajaja, y mi personalidad, era inevitable que la susodicha lata apareciese siempre junto a mi plato”.

Y así ocurría algún tiempo, sin importar que tanto Pérez como yo, acompañados de Toni, fuésemos a revisar las cabras de la señorita Laura. Nuestras visitas eran frecuentes, pues la ganadera nos avisaba al más mínimo asomo de malestar en alguna de sus cabras.

Pero una mañana en que escuché su voz al teléfono, me percaté de que esta vez no era para algo tan banal. Hablaba nerviosa, llorosa. Llamaba desde su mansión en la “Granja Rupestre”, a diez kilómetros de nuestro pueblo.

—¡Doctor Alfonso, Tina enganchó el lomo en un clavo, y se ha hecho una herida grande! ¿Puede venir a examinarla, por favor? De ser afirmativo, no se retrase.
—¿Tina? ¿Quién es Ti…? –me interrumpí.
—Tranquilícese. Iré enseguida –no le pregunté sobre ese nombre porque supuse que sería el nombre de una de sus cabras.

Sentía una satisfacción que me recorría el cuerpo. Este era un trabajo de sutura, y a mí me gustaba esta clase de trabajos, eran fáciles e impresionaban al cliente. Me desenvolvía mejor en este campo que en el del diagnóstico. Era por eso que cuando la señorita Laura me preguntaba sobre las enfermedades de las cabras, me ponía en un aprieto. En la facultad no enseñaban gran cosa sobre las cabras y, aunque había leído algo de ellas, no me consideraba experto. En realidad, tenía poca noción sobre la vida y las costumbres de estos rumiantes trepadores.

Iba saliendo, cuando Toni emergió de la profundidad del sillón en que se pasaba buena parte de su tiempo. Se estiró, bostezó y se levantó. Parecía muy interesado en la llamada telefónica. Me dijo:

—¿Era, por casualidad, la señorita Laura? ¿Algo sobre sus cabras? Te acompañaré. Esta mañana me apetece salir.
—¡Vamos pues! –sonreí. Pero Toni era siempre una buena compañía.
La señorita Laura nos recibió desprendiendo un embriagador aroma y embutida en un sedoso mono beige que en nada disminuía sus encantos. Al contrario; tenía tal color y tal ciñe, que parecía su propia piel.

—Muy agradecida por venir tan pronto, doctor Alfonso, señor Toni. Síganme, por favor -y empezó a caminar con un contoneo natural, pero excitante.

Ir detrás de “algo así”, era un premio y un peligro para los ojos. De hecho, al cruzar el cobertizo, Toni, hipnotizado con lo que estaba viendo, tropezó y cayó. La figura que nos precedía se giró en redondo, preguntó si algo había sucedido y sin dar mayor importancia al asunto, sonrió y apresuró el paso hacia el establo, que se encontraba al fondo.

—Ahí está –nos dijo cuando llegamos. Se cubrió la cara con las manos-: ¡no puedo mirarla, me causa pena, llanto y miedo!

Tina era un bello ejemplar de la raza ibérica, pero su belleza estaba deteriorada, debido a una herida en forma de “V” que le había desgarrado la piel a la altura del hombro, dejando ver los músculos hasta el hueso. Causaba impresión, pero la herida era superficial, por lo que yo podía cerrarla fácilmente, a la vez que me esponjaría ante su dueña. Ya me veía insertando por última vez la aguja, a la vez que señalando la invisible herida y diciéndole: “ya terminé; ¿la ve usted mejor?”, mientras la señorita, más tranquila ya, me miraba embelesada.

Pero, por el momento, sólo veía una mujer triste, entrelazando los dedos a la vez que me preguntaba:

_¿Cree usted que puede salvarla, doctor Alfonso?
—Por supuesto –asentí rotundo-. Requiere de una laboriosa tarea de sutura, pero seguro que lo aguantará. Estos ibéricos son fuertes y resistentes.
—Gracias. Traeré agua caliente –contestó y empezó a caminar hacia la mansión.

En un momento estaba listo para la operación. Toni sujetaba la testa de la cabra, mientras yo limpiaba la herida. Comencé a coser. La señorita Laura, que ya había regresado con el agua, me facilitaba las tijeras para ir cortando cada punto. Todo empezó normal, pero la herida era alargada y llevaría tiempo en cerrarla. Traté de buscar un tema de conversación, para que la clienta se evadiese un poco. Pero, de pronto, Toni intervino. Al parecer, había pensado lo mismo que yo.

—¡Bello animal la cabra! -exclamó, dando sublime importancia a su dicho.
—¡Ay sí! –la señorita Laura suspiraba, regalándole a Toni una sonrisa luminosa-. Coincido con usted, señor Toni –añadió, mirándolo.
—La cabra se puede ver como el animal doméstico más arcaico –seguía Toni-. Las pinturas rupestres nos muestran que las cabras han sido una parte de la vida del hombre desde tiempo inmemorial. Un pensamiento, éste, fascinante -acabó, por el momento…

Desde mi posición en cuclillas lo miré pasmado. En nuestras conversaciones había descubierto cosas sorprendentes, pero las cabras no estaban incluidas en ese lote.

—Tienen un buen metabolismo. Comen lo que otros animales ni siquiera miran, y de esos alimentos producen buena y abundante leche -añadió.
—Así es -asintió, agradándole la charla, a la vez que se mostraba interesada en el tema elegido por “el catedrático en cabras”.
—Tienen carácter y son duras en todos los climas, además de tener un estómago temerario por ingerir impunemente plantas venenosas que pueden matar a otros animales -añadió, de nuevo.
—Sí, son asombrosas –la señorita Laura lo miraba extasiada, mientras estiraba el brazo y me daba mecánicamente las tijeras, sin mirarme siquiera.

Contrariado, sentí la necesidad de intervenir en la conversación.

—Las cabras son animales extremosos… -empecé a decir.
—¿Pero sabe usted qué? -Toni volvía a la carga-. Lo que más me gusta de ellas es su naturaleza afectiva. Quizá por eso usted se haya aficionado a las cabras.
—Cierto –afirmó, convencida de lo que estaba escuchando-. Veo que es usted un entendido en cabras, señor Toni –agregó.

Toni extendió la la mano y empezó a “coquetear” con el heno del pesebre.

—Veo que alimenta bien a sus cabras: cardos, ramas de arbusto, plantas fibrosas. Es evidente que sabe que prefieren este tipo de alimentos. Y es por esto que están tan sanas.
—Muy amable, señor Toni -se ruborizó-. Pero también les doy algún concentrado, alternándolo con la alimentación natural.
—Cereales integrales y productos alimenticios, supongo –añadió, convertido ya en el protagonista del, para mí, demasiado largo diálogo.
—Siempre. Y creo que esto es lo que los ustedes los veterinarios recomiendan.
—Eso les mantiene alto el pH. Si el pH está bajo pueden padecer de hipertrofia en las paredes intestinales, o inhibición de las bacterias que digieren la celulosa.

La señorita Laura miraba a Toni como a un profeta. Estaba realmente extasiada.

—¿Me alarga las tijeras? –gruñí.

Estaba empezando a sentir unos calambres por la posición en que estaba, y un disgusto por la creciente sensación de que la señorita Laura se estaba olvidando progresivamente de mí. Empero, seguía con mi tarea. Pero una parte de mí estaba feliz por ver cómo la piel estaba cubriendo la parte descubierta, y la otra parte, escuchaba sorprendido a Toni. “También yo me hallaba ya en el trayecto hacia el éxtasis”.

Después de un espacio de tiempo, dedicado exclusivamente a mi tarea, inserté el último punto y me levanté penosamente, debido a mi posición en cuclillas.

—¡Terminé ya! –exclamé, pero sin causar el impacto que esperaba.

Y no había causado el impacto deseado porque la señorita Laura y Toni estaban enfrascados en una distendida conversación acerca de los méritos relativos de las diferentes razas de cabras.

“¡Sin duda, acabo de llegar al éxtasis!” -me dije para mí

De pronto, la señorita Laura parecía que se percataba de que había acabado mi trabajo, pero no sabía ni cuándo ni cómo. Finalmente, me miró.

—Gracias –me dijo, como distraída-. Se ha esforzado usted tanto en su trabajo que finalizado ya es el momento para que ambos tomen una taza de café o cualquier otra cosa que les apetezca.

“Y encima ha pronunciado la palabra ambos”, me dije.

Con nuestras tazas sobre la mesa del lujoso salón de su mansión, Toni hablaba incansable sobre la alimentación de las crías destetadas y la anestesia para quitar los cuernos. Pero, de pronto, la señorita Laura se volvió hacia mí. Seguía, sin duda, bajo el influjo de Toni, pero los convencionalismos sociales le decían mi inclusión en la conversación. No tardaba en hablarme.

—Doctor Alfonso, hay algo que me preocupa y desearía que me lo aclarase –hizo una pausa-: yo comparto pastos con la granja junto a la mía, y mis cabras pacen con las ovejas de mi vecino. Ha llegado a mis oídos que sus ovejas padecen de Cocidiosis. ¿Hay posibilidad de que mis cabras se contagien?

Di un prolongado sorbo a mi café, con la idea de que me diera más tiempo para pensar algo…

—Diría que… –empecé a decir, pero…
—No, no es probable -Toni volvió a intervenir-. La mayor parte de los cocidios que causan la enfermedad es específica en los animales que lo portan. Distinto es que alguna de sus cabras haya contraído la enfermedad por sí misma.
—Gracias, señor Toni –pero, se dirigió de nuevo a mí, como queriendo darme una última oportunidad, y me preguntó:
—¿Y qué me dice usted de los gusanos, doctor Alfonso? ¿Podrían contagiarse mis cabras de los gusanos de las ovejas?
—Bueno… –empezó a brotar un sudor frío en mi frente.
—Por supuesto –soltó de nuevo Toni, entrando una vez más en escena. Y no sabía si era en mi ayuda, o por lucro personal-: cómo iba a decir el Doctor Alfonso, hay riesgo de infección, pues el germen causante es común en ambas especies. Tiene usted que desinfectar sus cabras a menudo. Si decide hacer eso, el doctor Alfonso puede facilitarle un programa.

Me hundí, más todavía de lo que ya estaba, en mi sillón, y dejé que Toni siguiera hablando sobre lo que le diese la real gana, e incluso agotar las cuerdas vocales. Cuando, por fin, terminó, nos fuimos juntos hacia el coche, no sin antes llevar mi mirada hacia la señorita Laura, como reclamando su atención. Le dije:

—Volveré en diez días para retirarle los puntos a Tina.

Tuve la sensación de que mis últimas palabras fueron lo único que atendió, con relativa atención, la espectacularmente bien hecha señorita Laura.

Entramos a mi coche, y yo era el que iba a conducir. Y conduje dos kilómetros, casi volando. Después paré el coche en un carril y miré con expresión de asombro a mi acompañante.

—¿Desde cuándo eres un experto en cabras? –pregunté, con aspereza en la voz-. ¿Y de dónde sacaste ese tecnicismo que predicaste, y precisamente a la señorita Laura? –añadí, en el mismo tono.

Toni se echó hacia atrás en el asiento. Finalmente, soltó una risotada.

—Lo siento Alfonso –respondió, dejando de reír-: como sabes, presentaré mi tesis este lunes, y escuché decir que el catedrático la está orientando hacia las cabras. Llevo un mes preparándome, y anoche mismo terminé de estudiar todo lo que encontré a mano sobre estos animales ¡Es increíble la oportunidad que he tenido de sacarlo a la luz tan pronto!
—Ya, ya veo…. De ser así, me gustaría ver lo que leíste. No me había dado cuenta, hasta ahora, de lo ignorante que soy.

A la mañana siguiente, se originó las interesantes secuelas de los hechos. Pérez y yo entramos al comedor para desayunar, pero él se detuvo en seco y miró hacia la mesa. Y allí estaba la famosa lata de Cola Cao, pero esta vez al lado del plato de Toni: “el inventor de las cabras, el mayor conocedor de las cabras del globo”. Pérez se acercó y leyó la etiqueta. También yo le eché un vistazo No había duda: la nota junto a la lata iba dirigida a Toni. ¡Pero ahora escrita de puño y letra por la señorita Laura!

Me quedé unos instantes desconcertado. Pero reaccioné y corroboré lo inauditas que son algunas mujeres, en cuanto a la apreciación del afecto.

Pérez no dijo nada, solo se fue hacia su lugar y se sentó. Lo seguí e hice lo mismo. Pasados unos minutos, Toni se reunió con nosotros; miró la lata, leyó la etiqueta y empezó a desayunar, como si nada. No hizo ningún ademán de triunfo y fue en todo momento considerado con Pérez y conmigo.

Sin embargo, a que ninguno pronunciamos palabra, un hecho innegable pesaba en el ambiente: “a Toni lo había transformado de pronto la señorita Laura en el hombre sabio del grupo”.

Todo esto me llevó a pensar que para un profesional en la veterinaria es crucial conocer un poco sobre la idiosincrasia de su clientela habitual, sin importar que sean hombres o mujeres.

Al poco de la última visita que hicimos a granja “Rupestre” de la señorita Laura, ella ordenó cerrarla y trasladar las cabras a otra que había comprado ¿El nombre de la nueva granja? Lo pueden imaginar sin esfuerzo: “’Las cabras de Toni”.

Acabada su carrera de veterinaria, Toni fue a ejercerla a nuestro consultorio, y por esto la ganadera adquirió una granja junto a nuestro pueblo. No sabía eso, lo que sí sabía era que nuestro amigo y colega Toni era el único que desde ese día inspeccionaba las cabras de la señorita Laura. Decían lenguas comidillas que entre ambos había surgido algo más allá de lo profesional, aun la diferencia de edad: ella, 33 años, y él, 24. Algo indicaba que Cupido y su flecha, y las cabras, habían creado una nueva pareja sentimental.

Autor: Antonio Chávez López

Sobre el autor

Antonio Chávez

3 comentarios en “La lata de Cola Cao”

  1. Joer, triunfó el Toni! Y la excelencia de esta mujer repartiendo caca de cabra con todo el refinamiento y la puntería 😀 😀 Me ha gustado mucho, Antonio!!
    Se te ha ocurrido algo para el reto de “Irracional”?
    Besos.

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